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Errata

Evaristo Aguirre

Carlos Monsiváis (1938-2010)


En 2000, el ensayista mexicano que murió la semana pasada, Carlos Monsiváis, ganó el Premio Anagrama con un libro titulado Aires de familia que, a pesar de un subtítulo –Cultura y sociedad en América Latina– que parecía el de un arduo y aburrido manual universitario, era (es) un delicioso y profundo y esclarecedor intento de profundizar en las relaciones –estrechas y fundamentales– que la llamada alta cultura y la conocida como popular tienen y mantienen a lo largo del continente americano. Cualquiera que sienta alguna inclinación por aquellos países, cualquiera que disfrute de sus manifestaciones culturales ha sentido, ha vivido que es imposible entender muchas cosas sin tener un ojo en la historia, la política, las artes plásticas o la literatura y el otro en la música, el cine y, claro, la televisión. Cuando se piensa en la cultura, en la civilización latinoamericana, vienen, en tropel, nombres a la cabeza, nombres que mezclan, por ejemplo, rock y folclore, lucha libre y poesía, murales y telenovelas, fútbol y novela. No es que no existan las jerarquías, no es que todo sea lo mismo y tenga la misma importancia, no, es que todo está presente en todo. No es esta, tal cual, la tesis del ensayo de Carlos Monsiváis, pero es una idea que tengo y que, apoyada, en algunos momentos también rebatida, y explicada, encontré en este libro.


Monsiváis fue uno de esos agitadores sociales, políticos, culturales tan necesarios y tan escasos. De buena catadura académica, el ambiente alternativo le respetó y, llegada la muerte, como suele pasar, el establishment, a quien tanto aguijoneó, le rindió honores. No pasa nada, hay algunos a quienes por mucho que lleven a hombros su féretro y por buen lugar en el panteón que se les dé, nunca perderán el marchamo de libres. Monsiváis fue un pensador (y un actuador, si se puede decir así, pues no se limitó a la teoría) libre, y eso es mucho.

Hace algo más de diez años, Monsiváis y el periodista mexicano Julio Scherer García recogieron los documentos de un general que participó en la masacre de Tlatelolco de octubre de 1968, cuando el gobierno reprimió a sangre y fuego un movimiento estudiantil de protesta: Partes de guerra. Tlatelolco 1968 (Nuevo Siglo-Aguilar, 1999). Aquellos sucesos son un momento fundamental de la historia de México, una referencia siempre viva. Me acuerdo, ahora, también de un estremecedor libro de Elena Poniatowska, una gran amiga de Monsiváis, La noche de Tlatelolco (Ediciones Era, 1971), que es una recopilación de testimonios orales de aquellos días, ordenados según ocurrieron los hechos: la reivindicación, los deseos y las ilusiones, el miedo, la violencia, la muerte, la represión, el silencio, la tortura… Y me acuerdo de un libro de este Julio Scherer, Los presidentes (Grijalbo, 1986), un retrato escalofriante del poder, a veces del poder absoluto, de la corrupción, de las conspiraciones, de la impunidad, a través de cuatro presidentes mexicanos, Díaz Ordaz, Echevarría, López Portillo y De la Madrid. Y todos estos recuerdos, por recordar a Monsiváis

eaguirre@divertinajes.com




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