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La biblioteca ideal

Daniel Tubau

La nueva teología, deconstruyendo al Autor

danieltubau@gmail.com 

 


La semana pasada hablé del Corán, de los Diez Mandamientos y de todos los libros que Dios, Alah o Yavhé han inspirado a los profetas. Los libros sagrados, los libros revelados.

Como es sabido, la revelación divina plantea ciertos problemas que han inquietado a los teólogos a lo largo de los siglos. El primero es que nos vemos obligados no ya a creer en las palabras reveladas por Dios, sino en las de algún intermediario, como Mahoma, Moisés o San Marcos. Moisés asegura que el dedo del Autor escribió las Tablas de la Ley, pero Moisés estaba solo cuando aquello sucedió. En el caso de Mahoma, no sólo tenemos al profeta como intermediario, sino también al arcángel Gabriel, que a su vez aseguraba que Alah le dictaba sus palabras.

La anterior es una grave dificultad relacionada con la autoría de los libros sagrados, pero hay otra quizá más grave. Por decirlo con sencillez: ¿por qué Dios demuestra ser tan inculto en sus libros?

No me refiero a que se puedan encontrar faltas de ortografía en sus textos revelados, que también, o contradicciones constantes, sino a graves errores en su explicación del universo, la tierra o la biología. El Dios del Génesis dice que la Tierra fue creada en seis días, algo que no puede ser aceptado por ningún geólogo competente. También nos cuenta que ha creado en el Paraíso al primer hombre y a la primera mujer, pero páginas después, cuando Caín mata a su hermano y parte al destierro, encuentra una ciudad entera habitada por otros seres humanos. Cualquier editor un poco atento habría corregido estos despistes.


San Agustín escribe inspirado por el Autor

Hay tantas inexactitudes en los textos revelados, tantas incongruencias, tantos absurdos, que Agustín de Hipona dijo aquello de que los textos bíblicos interpretados a la letra le mataban. Eso le hizo buscar y encontrar una solución: los textos revelados no deben leerse literalmente, sino que hay que interpretarlos, descifrarlos, decodificarlos, deconstruirlos. Todo texto sagrado es alegórico y puede significar, bueno, ya saben, cualquier cosa. 

Hoy en día seguimos empleando la interpretación alegórica, que tiene la virtud de adaptarse a las circunstancias y necesidades del momento. Si leemos que “Dios creó el mundo en seis días” (Génesis 1, 31), hay que entender que se trata de una metáfora adaptada al conocimiento de la época y que seis días significa seis períodos astronómicos indeterminados. Del mismo modo, ¿cómo iba a explicar el Autor del Génesis que Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una explosión atómica, como parece demostrar que la mujer de Lot se convirtiera en estatua de sal, si los lectores de aquella época ni siquiera conocían la pólvora? Dios, para hacerse entender, se vio obligado a traducir "explosión atómica" por "lluvia de azufre y fuego" (Génesis 19, 24).

Como es sabido, los cabalistas fueron más lejos y no se limitaron a la lectura alegórica, sino que reordenaron las letras del libro siguiendo diversos métodos. De ello hablaré en otros capítulos de esta biblioteca ideal, pero ahora quiero mencionar a un autor, no judío sino protestante, que ha llevado a cabo una relectura y deconstrucción de la Biblia que supera todo lo intentado hasta ahora.


“La Nueva Teología” en "El camino... II"

Me estoy refiriendo a Ludwig Hertzen, teólogo austriaco, y su libro La nueva teología. Confieso que no he podido leer todavía La nueva teología, no ya a causa de su extensión (¡más de 3.000 páginas!), sino porque hasta ahora sólo se ha publicado en alemán por la editorial Bruckner de Colonia. Pero sí que he leído una recensión bastante completa en el segundo volumen de la colección El camino de los mitos, que intentaré resumir aquí.


Eva, el eterno femenino

En su decodificación de los textos bíblicos, Hertzen no aplica los métodos de transcripción de los cabalistas, ni emplea ordenadores para rastrear patrones combinatorios, sino que se limita a buscar similitudes fonéticas en cualquier idioma existente. Así, lee ADÁN como ADN, puesto que a partir de él se inicia la especie humana, pero también, si se lee al revés y en español, es NADA, pues como es obvio, antes de él no había nada, nada dotado de inteligencia y de alma. En  este caso, la interpretación de Hertzen confirma lo que la etimología tradicional ya nos había revelado: Adán, en sánscrito Adyma, significa el primero, el origen.En otros casos, la interpretación de Hertzen es ingeniosa y enrevesada: en “Eva” lee everlasting, eterna, como lo es el eterno femenino, como lo es la vida a través de sus transformaciones incesantes. De Noé, dice que hay que entender Neo, pues con el se inicia una nueva humanidad: Noé no es otra cosa que la intervención de Dios en los mecanismos de la evolución mediante la selección forzada de unos cuantos especímenes humanos (la familia de Noé) y de varias decenas de parejas de animales. En cuanto a Job, es el trabajo, porque eso significa “job” en inglés. Hertzen dice que  se trata de un juego de palabras del Autor, pues Job es conocido por su resignación, por su no hacer nada ante la adversidad.


Job en medio de su ociosidad

Como habrá visto el lector, lo más llamativo del método de Hertzen es que descifra y utiliza textos milenarios no en su idioma original (como hacen los cabalistas) sino en su traducción al francés, al italiano, al alemán o a cualquier lengua antigua o moderna. Sorprenderse por este método, dice Hertzen, es menospreciar el poder de Dios: en el momento de inspirar los textos sagrados, el Autor conocía no sólo las lenguas que existían y que habían existido, sino también las que nacerían milenios después, incluidas las nuestras y las que hablarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Hay que admitir que éste es un poderoso argumento, o al menos que no tiene nada que envidiar a la interpretación alegórica de San Agustín.

Dios, como un personaje creado por un guionista avezado, casi nunca quiere decir lo que dice: siempre hay un subtexto bajo lo aparente. Los libros, como bien saben Jacques Derrida y los deconstructivistas, tampoco son nunca lo que parecen, sino que contienen otros libros y, sin excepción, significan otra cosa que lo que el autor creía que significaban. Se confirma así aquella frase de la mística islámica, cuando Dios, el Autor, dice: “Yo era un tesoro escondido, quise conocerme y creé el mundo”. Nosotros, los seres humanos somos letras, frases y párrafos de ese libro, pero, al mismo tiempo, somos quienes lo deconstruimos para que el Autor entienda lo que ha querido decir, o al menos para que conozca los infinitos libros que se contienen en cada uno de sus libros revelados.

 

Visita la página web del autor: www.danieltubau.com/




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