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Las críticas cítricas

Maruja Limón

Bodódromo


«Señorías, ¡reitero mi propuesta de la semana pasada!»

(Es que me veo, me veo yo en la tribuna de oradores…)

«La medida permitiría ahorrar dinero público, y mejoraría la imagen de una institución, la Monarquía, aquejada de artrosis histérica…»

―Será «histórica». Además, ¿tú no eras republicana?
―Es histérica, porque los hay que corren detrás de los cachorros de la realeza como si de cantantes pop se tratara. Vaya, que no veo yo mucha diferencia entre Letizia Ortiz y Paulina Rubio

«¡Construyamos un celebródromo! ¡E inaugurémoslo con la anunciada boda de Alberto de Mónaco y la chica esa que tiene una espalda para tres cuellos y nueve cabezas!»

―¿Lo ves, Maruja? No sirves para la política, eres demasiado faltona.

Puede ser. Pero tras ver a toda la prole coronada, descendientes la mayoría de personajes que cometieron tropelías infames, arrejuntados los más jóvenes con personas que no han hecho nada que les haga merecedores de un futuro mejor (profesores de gimnasia, azotacalles sin oficio ni beneficio, ¡incluso una periodista metida a prinZesa!)… verles a todos, digo, paseando diademas y condecoraciones a costa del sufrido y muy exprimido contribuyente es un espectáculo deplorable.


Y por si la cursilada sueca (pero, ¿dónde se mete Lisbeth Salander, que nunca aparece cuando de verdad se la necesita?) no fuera razón suficiente para sulfurarse, va el bobalicón monegasco y anuncia que se casa.

―¡Te digo que si se casa por la Iglesia… por la Iglesia católica, quiero decir… presento una demanda por daños y prejuicios!
―Se dice «daños y prejuicios».
―Se dice como yo te diga. Pero a mí me parece que hay que tener muchos prejuicios a favor de estos desgarramantas coronados para casar a Albertito en una ceremonia católica como Dios manda. Él, que las ha corrido de todos los colores, y que ahora matrimonia sólo para no pasar a la histeria…
―-La historia…
―… como el príncipe solterón.

Claro, que peor que «la casta»…

―Pero, ¿no decías que las ha corrido de todos los colores?
―Ya me explicarás, Santiago, qué extraña conexión neural se ha producido en tu siempre exuberante cabeza para que yo diga «la casta» y tú pienses en quien me parece que estás pensando…

«La casta» es como llamo yo a la clase real. Y peor que sus integrantes son los plumillas que han decidido hacer del comentario servil una nueva categoría periodística. Verán…


Recoge ¡Hola! una secuencia fotográfica en la que el Príncipe Felipe abriga a Letizia, que como se ha quedado en los huesos, sin capa de grasa que la proteja, estaba la pobre muerta de frío. Vale que digan que ese gesto, habitual en cualquier cónyuge atento e incluso en cualquier persona amable, es una acción galante digna de un caballero. Pero, atención a esta frase:

«La princesa giró la cabeza para agradecer al príncipe el gentil gesto que acababa de tener con ella.»

¡Letizia superstar! ¡Tres hurras por ella! ¡Giró la cabeza! ¡Como la niña de El exorcista! De verdad que estamos tontos, no sé si por culpa del calentamiento global o de la cretinez congénita. Estoy como los bancos: no doy crédito.


Eso sí: entre la languidez de la prinZesa de Asturias, que tan flaco (nunca mejor dicho) favor hace a las mujeronas de su tierra, que cada día se parece más al espíritu de la golosina, delgada como una idea de Zapatero puesta de perfil, y el desparpajo taurino de su cuñada, la José Tomás de la pasarela monárquica… pues no sé con qué quedarme.  Confieso que me pierdo: no sé si la infanta Elena es la Escarlata O’Hara del siglo XXI, y se hizo un traje con un capote a falta de cortina que llevarse al cuerpo, o si es tan moderna que resulta clásica. O al revés.

En fin, voy acabando, que la representante sindical de las bragas Princesa me pide un día de asueto para planificar su cargada agenda de compromisos sociales.

Declara Miriam Díaz Aroca que ha vuelto con su marido, un tipo con nombre de conexión a Internet inalámbrica e ineficaz: Wichi. Y declara también: «Interpreto sueños, fui socorrista, “amateur” de la pintura impresionista y, desde hace dos años, bailarina de baile deportivo.»
Aprendiz de todo, maestro de nada, hubiera dicho mi abuela. Un carretón, vaya.




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