Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

La biblioteca ideal

Daniel Tubau

Los libros de Dios

danieltubau@gmail.com 

 

Muchos dioses han demostrado una verdadera afición hacia los libros, aunque no todos. Es difícil hablar de libros revelados en la antigua Grecia, excepto los misteriosos textos órficos, que tienen el inconveniente de que muchos investigadores todavía dudan si existieron alguna vez.

Sí, atento lector, es cierto que las grandes obras de la narrativa griega estaban inspiradas por las musas:

          Decidme ahora, Musas, dueñas de olímpicas moradas, 
      pues vosotras sois diosas, estáis presentes y lo sabéis todo,
      mientras que nosotros sólo oímos la fama y no sabemos nada,
      quiénes eran los príncipes y los caudillos de los dánaos.

O bien:

          Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, 
      tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
      conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.


Homero

Cualquiera diría que el poeta se dispone a repetir las palabras de las musas, pero los griegos tenían la costumbre de atribuir la Ilíada y la Odisea al cantor ciego Homero: las musas le inspiraron sus palabras, pero no se las dictaron. Esas dos obras eran casi divinas, pero no sagradas, porque no contenían palabras literales de los dioses.

También es cierto que Platón, en el Ión, defiende la teoría de que los poetas son tan sólo una especie de trasmisores de mensajes enviados por los dioses, una “cadena de inspirados”. El pobre Ión es presentado como más bien estúpido, incapaz de pensar por sí mismo acerca de cualquier poesía que no sea de Homero, e incapaz también de recitar los versos sin ayuda divina. Sin embargo, tampoco aquí se puede afirmar que las palabras mismas de los rapsodas sean divinas.

En definitiva, no existe ningún libro en la cultura griega que se considere palabra literal de Dios y por el que se pueda o se deba matar.


Sibila de Cumas

En Roma sí que podemos citar los libros sibilinos, que contenían las profecías de la Sibila de Cumas, que le habían sido dictadas por Apolo. Pero de los libros sibilinos y de los Oráculos sibilinos, que no son lo mismo, hablaré en otro artículo de esta biblioteca ideal.


Oseas

Los inventores o descubridores de la religión bibliófila más exitosa fueron los judíos, que atribuían a sus profetas la capacidad de escribir inspirados por Dios. Resultaba un poco difícil explicar por qué Dios se expresaba de manera tan diferente, desde el estilo elevado de Isaías y la riqueza de vocabulario y expresión de Oseas, a los vaivenes de Moisés en los cinco libros que se le atribuyen (el Pentateuco). Pero pronto se encontró una explicación: Dios habla a cada profeta en el lenguaje de su época. De este modo, el Autor del universo se convirtió también en autor de libros. Ahora bien, Dios es el autor principal, pero los profetas son los autores secundarios, cada uno con su propio estilo.


En algunos casos, como los Diez Mandamientos, Dios no sólo inspiró, sino que escribió un libro, o al menos una o dos páginas, tal como se puede ver en el Moisés de la imaginería tradicional que sostiene las Tablas de la Ley.

Los cristianos, que fueron judíos en sus orígenes, se quedaron con los libros de los judíos, a los que llamaron Antiguo Testamento, y añadieron otros libros sagrados, aunque tampoco se atrevieron a afirmar que fuesen dictados literalmente por Dios. Los cristianos escribieron decenas de libros, no sólo los del Nuevo Testamento, sino también todos los apócrifos y las decenas de volúmenes de los Padres griegos y latinos. Esta afición resulta llamativa porque el profeta y Dios de los cristianos, Jesucristo, no tenía veleidades de autor literario y tan sólo escribía palabras en la arena, que luego borraba, como en el célebre caso de la mujer adúltera:


«Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?". 
Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo.  
Como ellos persistían en su pregunta, se enderezó y les dijo: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella”. 
E inclinándose de nuevo, se puso otra vez a escribir en el suelo. 
Pero ellos, después de oír aquello, se fueron uno por uno, comenzando por los más viejos, hasta los postreros, y quedó Él solo, con la mujer que  estaba en medio.»


Jesucristo escribiendo

Se supone que lo que escribió Jesucristo eran referencias a pasajes de los textos sagrados, en este caso del Deuteronomio, en los que se contradecía la orden de apedrear a las mujeres adúlteras, aunque muchos investigadores aseguran que toda esta historia es apócrifa, pues no aparece en las primeras versiones del Evangelio según San Juan.

El escaso interés de Jesucristo en dejar escrita su doctrina quizá se deba a que él mismo era el Verbo hecho carne (Juan 1.14). Si no temiéramos resultar irreverentes, podríamos decir que Jesucristo, el Hijo, era las obras completas del Padre encuadernadas en piel, recordando la expresión que algún célebre escritor empleó para referirse a su hijo.

En cuanto a los musulmanes, la tercera de las llamadas “religiones del Libro”, decidieron aceptar los libros de los judíos y los cristianos, pero añadieron otro volumen que, esta vez sí de manera absolutamente explícita, había sido dictado por Dios a su profeta Mahoma, palabra por palabra.


El arcángel Gabriel y Mahoma

El milagro era todavía más asombroso que el de los autores bíblicos, porque la tradición asegura que Mahoma no sabía leer ni escribir, así que de ningún modo intervino en la escritura de ese texto dictado por Aláh, a través, eso sí, del ángel Yibril (Gabriel). Pero tampoco hay que olvidar que la versión del Corán que se emplea hoy en día no se compiló en vida de Mahoma, sino de Utman, por un grupo de sabios a los que, hay que suponer, Dios volvió a inspirar para que descartaran las suras incorrectas.

He dicho que Aláh escribió o al menos dictó el Corán, pero, algunas tendencias de la mística islámica afirman que el Corán es coeterno a Dios, o incluso anterior al propio Aláh, quien crea el mundo al leer el Libro.


La obsesión de las religiones del Libro por el origen divino de sus textos sagrados ha hecho que muchos, como Michel Drosnin, autor de El código secreto de la Biblia, se dediquen a buscar significados ocultos con potentes programas de ordenador. Otros, como el teólogo protestante Ludwig von Hertz en La Nueva Teología, han intentado descifrar no sólo los libros sagrados del judaísmo-cristianismo-islamismo, sino de cualquier religión, con un método asombroso del que hablaremos en el próximo capítulo de este libro hecho de libros que es la biblioteca ideal.

 

Visita la página web del autor: www.danieltubau.com/




Archivo histórico