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El pizarrín

Javier Goñi

Algo pequeñito


Déjenme que les diga que a aquel célebre libro del economista Ernst Friedrich Schumacher Lo pequeño es hermoso le ha puesto música Daniel Diges –los coros son de Jimmy Jump- con su cancioncilla eurovisiva Algo pequeñito. Y es que, ahora, dejado el Paseo de Coches del Retiro como una campa de festival rockero estivalero, tras la Feria del Libro y del Aguacero que no cesa –cuántos pic-nics no se suspendieron sobre la prometedora hierba el último fin de semana de libros y aguaceros-, uno se palpa los bolsillos y saca, como recuerdo de la Feria, un puñado de libritos, algunos se parapetan sin complejos tras la palma de la mano. Algo pequeñito, tachín-tachín de Daniel Diges –coros de Jimmy Jump- o, si prefieren, Lo pequeño es hermoso, de Schumacher (ed. Blume).


Si alguien me lee hoy –mañana ya será mañana-, ahora, sabe que hoy es miércoles 16 de junio. Hoy es el bloomsday, y hoy en todo el mundo –aunque más en Dublín- los joyceadictos, y los bloomsadictos, y los ulyssesadictos –como lo fue Marilyn: véase foto de portada- celebran y conmemoran, bien libando abundantemente o bien comiendo no menos abundantemente (¿riñones en el desayuno?), el día aquel en el que transcurren todas las peripecias lingüísticas del Ulises de Joyce, ese viaje desaforado por el interior de un idioma –el inglés- que ese irlandés detestaba y que lo escribió para que se pasaran los críticos, exégetas y filólogos toda la eternidad analizándolo y escudriñándolo hasta el Día del Juicio final, mientras que aquí, y ahora, este miércoles 16 de junio, este mortal de a pie no hace más que mirar la foto de esta portada, de La Orden del Finnegans, facción española: Enrique Vila-Matas, Eduardo Lago, Jordi Soler, Antonio Soler, Malcolm Otero y José Antonio Garriga Vela, que acaba de publicar Ediciones Alfabia y que adquirí –por la portada- el último fin de semana de la Feria del Libro y del Aguacero.

Tiempo habrá para abrir el libro –créanme, y también que ya lo he hecho, estoy ya con el texto de Vila-Matas-, prefiero ahora mirar la portada, he abierto el libro y lo he dejado sobre la mesa, junto al teclado, abierto, boca abajo, como si fuera un tejadillo, y Marilyn en ningún momento ha levantado los ojos del libro, o ha movido los dedos –pintados- de los pies o ha cambiado de postura. Hermosísima Marilyn, ensimismadísima. Todo tuya, Joyce.


Y sí quisiera, si me lo permiten, vaciarles delante de ustedes mi canastillo de adquisiciones del lluvioso sábado último. Mostrarles, por ejemplo, un pequeño ensayo de Arnold Bennett, un escritor británico a caballo de los dos últimos siglos pasados y del que nada sabía –lo confieso- hasta que el día anterior a mi compra escuché una conversación fugaz entre dos personas a las que aprecio –intelectual y personalmente: ya sé “personas” y “personalmente”, pero no encuentro nada mejor, así que sigo- y que hablaron de repente de Arnold Bennett como novelista. De una novela, creo, The Old Wive´s Tale (1908). Yo sólo conozco –y me divierte mucho- a Alan Bennett, que lo tiene bien amarrado Herralde para Anagrama, pero éste es otro. Pues bien, créanme, en la primera caseta en la que me detuve, estaba requiriendo mi atención, y la obtuvo, un librito, un pequeño ensayo, Cómo vivir con veinticuatro horas al día, una lúcida reflexión con esa extravagancia tan deliciosamente británica sobre los dispendios diarios de tiempo que ha editado con mimo – lo pequeño es hermoso- Editorial Melusina.


Otro librito, inquietante y turbador, éste de Pierre Drieu La Rochelle, Confesión y otros escritos, no llega al centenar de páginas, unas páginas arrancadas del diario de un francés traidor, colaboracionista, nazi por europeísta (la Europa del Tercer Reich, jawohl mein führer) y otros textos. Un escritor incómodo, deleznable (hace años leí una biografía suya que publicó Aguilar, en Alianza hay algunas novelas suyas, Louis Malle hizo una película basada en una de ellas, Fuego fatuo). Pugnó por suicidarse, fracasó varias veces, hasta que lo logró. El libro lo edita la Universidad Diego Portales (www.udp.cl), de Santiago de Chile, la colección se llama “Vidas ajenas” y del prólogo y de la traducción se encarga Mauricio Electorat, un profesor se supone: las dos o tres últimas páginas del prólogo dan para una novela.


Si este par de libros citados caben tras la palma bien estirados los dedos de una mano, el de Jesús Marchamalo, Tocar los libros (Fórcola Ediciones), puede cogerse como en la viñeta de la portadilla del estupendo pintor Damián Flores con dos dedos. Más de una vez ha salido en este pizarrín Jesús Marchamalo, al parecer es amigo de uno, y lo es, pero más lo es –él- de los libros, y sobre texturas, olores, secretos y tantas cosas más de los libros escribe en este librito, que se coge, sí, con dos dedos, y se disfruta siempre.


¿No les ha hablado nadie –todavía: y puedo ponerlo en cursiva o en negrita, todavía o todavía- de una novela de Penelope Fitzgerald que ha publicado Impedimenta y que se titula, sin más, La librería? ¿Puede ser? Es la novela más deliciosa que he leído –estoy leyendo- esta primavera. Me la llevé el otro día a la Feria, con el marcapáginas asomando por las últimas páginas, para que aprobara mis adquisiciones Florence Green, la librera vocacional, que se empeña con tozudez en abrir una librería en un pueblo costero inglés, Hardborough, que tiene de todo, menos librería, y adquiere una destartalada mansión, Old House, que viene acompañada por su rapper correspondiente. Aclara Penelope Fitzgerald: “En Hardborough a los poltergeists se les llamaba rappers”. Y aclara la traductora, Ana Bustelo, rappers “literalmente ‘golpeadores’”. Para los lectores y amantes de los libros en las librerías y, además, de las apacibles novelas inglesas rurales, una auténtica delicia, una absoluta recomendación.


Y como en las ofertas de la teletienda, les recomiendo, sí, ¡sí!, La librería, y por el mismo precio –no en euros, sino en entusiasmos- les rescato otra joyita, espléndida, es del almacén de Anagrama, apareció en 2002, y es una hermosísima historia de amor trasatlántica entre una joven escritora y un solitario librero londinense. Aquel libro –espléndido- se llama 84, Charing Cross Road, apenas cien páginas escritas por Helene Hanff. Yo lo leí –en su momento- en una tarde de sábado, en un suspiro, mientras en el sillón de enfrente un bebé golosineaba un biberón ya tibio. Una tarde de sábado de noviembre de 2002. Por escenas como ésas –que duran un instante, se sabe- debió escribir Jorge Guillén su célebre y discutido verso de que el mundo está -¿está, estaba?, no sé- bien hecho. O estaba.

(Por cierto, no sé si, como creía Mallarmé, una tirada de dados jamás abolirá el azar, pero he buscado al comienzo de este pizarrín en Google el nombre de Schumacher para que pareciera que lo sabía de memoria, y no, Ernst Friedrich Schumacher, y he encontrado en Agapea.com una oferta por 30,80 euros, gastos de envío gratis, compuesta por el ensayo Lo pequeño es hermoso junto a –pásmense si lo desean, y si no, no me alboroten y sigan hasta el final--  84, Charing Cross Road, palabrita del niñojesús.)


Y si llevé la novela de Penelope Fitzgerald a la Feria, a que me aconsejara posibles compras, pequeñas grandes cosas, debo confesar que también me llevé, para el Retiro, una novelita que tenía en casa, y que en su momento se me extravió o no logré que me atrajera lo suficiente como para leerla. La publicó Minúscula, esa pequeña editorial radicada en Barcelona, que no forzosamente catalana, como por cierto Luis Solano con Libros del Asteroide es un editor que vive en Barcelona pero no es un editor catalán; aclaro. Minúscula en mi errática memoria de lector compulsivo fue una de las primeras pequeñas editoriales en las que reparé, cuando empecé a reparar en las pequeñas editoriales. Y todo por otro libro inolvidable, Verde agua de Marisa Madieri, la mujer de Claudio Magris, que escribió un pequeño texto –lo pequeño es hermoso- en el que mezclaba con una envidiable serenidad la memoria de su familia desplazada tras la segunda guerra mundial en un terreno cambiante entre la frontera italiana y la entonces yugoslava junto a su propia realidad en el momento de escribir: un cáncer que pudo con ella. Nos dejó ese hermosísimo testimonio de coraje que es Verde agua.

Estaba, sí, en la caseta de Minúscula el otro sábado, como también lo estaba el libro que yo llevaba de casa, Olas, del europeo y también desplazado en su momento Eduard von Keyserling, un escritor en lengua alemana, muy elogiado por Thomas Mann y otros, y que había nacido en 1855 en un castillo en Curlandia, que tiene ciertamente nombre de país visitado por Tintín o echado a perder por los hermanos Marx, y sin embargo era, entonces, una provincia del imperio ruso, hoy es Letonia y poblada por la nobleza alemana desde tiempos medievales. En fin, yo iba con mi Von Keyserling (murió en 1918 en Múnich, arruinado, ciego, ¡ay, estas sífilis de entonces!, y dictándoles sus libros a sus hermanas), a buscar otros dos. Pues Nocturna Ediciones acaba de publicar para la Feria dos libros suyos, Princesas y Un ardiente verano. Voy a empezar, creo, con Un ardiente verano. Ya les contaré.


Por cierto, supe de La librería, de Penelope Fitzgerald, por una crítica entusiasta, de las que tiran de la soga, de las que hacen navegar a favor del viento, de Robert Saladrigas, aparecida hace unas semanas en el suplemento de los miércoles de La Vanguardia; y supe de Von Keyserling, y me acordé que tenía Olas, por un artículo igualmente seductor de Manuel Hidalgo aparecido en su “bestiario” de los viernes en El Mundo. Como estas cosas, no que perro coma perro sino que perro palmee a perro, no es costumbre en el honrado gremio de periodistas, pues bueno sea decirlo. Gracias Saladrigas, Gracias Hidalgo. Y si no me creen, o les he convencido, busquen los dos artículos en la red y, y luego, háganme el favor de leer (me), quiero decir de leer(les).

Que yo me quedo con Julio José Ordovás, un joven escritor aragonés, que acaba de sacar –no lo vi en la Feria el otro día- En medio de todo (Ed. Eclipsados, Zaragoza),que tiene algo de libro de viajes hacia ninguna parte, de diario de a bordo de una vida que se deslía, de cuaderno de aforismos y de ausencias (éste: “no deja de sorprenderme lo mucho que duran los rollos de papel higiénico cuando vives sólo”) o de cómo hay que abrirse paso por la vida a machetazos entre libros y lecturas. La vida, de Ordovás, o la de sus lectores. A machetazos. Y con libros.




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