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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Yo soy el amor


Tras su desafortunado debut en el largo con Melisa P., el realizador italiano Luca Guadagnino nos obsequia con un barroco melodrama que bebe, con desiguales resultados, de toda una tradición de la cultura y el cine de su país.

Yo soy el amor es la historia de Emma Recchi (un verdadero tour de force interpretativo de Tilda Swinton), una inmigrante rusa convertida en miembro de una familia de la alta burguesía milanesa y en la primera parte del filme, Guadagnino nos describe con elegancia, pero también con ironía, un mundillo de viejos y nuevos ricos atravesado por tradiciones caducas y pequeños secretos que se convertirán en grandes pasiones.

Estamos ante una película desmelenada, poblada de imágenes bellas y de otras que rozan la cursilería, sostenida por un guión mediocre, pero con una puesta en escena llena de pasión y virtuosismo que sabe que la fuerza de la historia reside en el trabajo ―casi titánico― de su actriz protagonista. No profundiza demasiado en las miserias materiales y morales de los Recchi sino que desarrolla, de un modo algo oblicuo, un amor interclasista entre una mujer rodeada de lujo e hipocresía y un joven cocinero, amigo de su hijo.

Acompañado de saltos espacio-temporales, algunos recursos audiovisuales molestos y una banda sonora operística, Yo soy el amor es un filme que puede no llegar, pero ante el que es difícil permanecer indiferente. Conforme avanza, Guadagnino abandona el clasicismo de la primera parte y se decanta por una narrativa vertiginosa para expresar mejor la metamorfosis de Emma Recchi y una pasión que, aunque no está bien desarrollada, se plasma en imágenes llenas de ritmo y sensualidad.

Combinando la sátira de costumbres y la tragedia en toda regla, Io sono l´amore nos descubre a un director creativo todavía tentado por la altisonancia. Y sin la ayuda de Swinton es posible que su película hubiera caído finalmente en el ridículo pues los diálogos son planos, no faltan los tópicos, y la puesta en escena combina la elegancia y el surrealismo, la contención y la desmesura sin el suficiente criterio.

Con todo, es una apuesta atractiva y plásticamente original que, sin embargo, no se atreve a desarrollar uno de los temas que planea sobre todo el relato: el fantasma del incesto.




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