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El pizarrín

Javier Goñi

Y ahora, muchachos, co*** y españolía

Déjenme que les diga que un día del mes de junio, tal como éste del Mundial de Sudáfrica, a punto de empezar cualquiera de estos días, pero del año 1948 aquel, debutó ante Suiza Pahíño, y metió un gol. Tal vez se lo dedicó al general Gómez Zamalloa, que instantes antes de empezar aquel partido internacional les arengó bizarramente con una frase contundente, como marcan las ordenanzas: “Y ahora, muchachos, cojones y españolía”. Ay, La Roja. Sudáfrica. Este mes y, quién sabe, el próximo.


Pahíño

Parece ser que el tal Pahíño, jugador del Real Madrid, solía viajar por entonces con algún libro de provecho para matar los momentos tediosos de las concentraciones, cosa que, sin duda, entonces y siempre está mal visto. Sospechoso debía ser el tal Pahíño, pues en otra ocasión, enfrentado en el estadio de Chamartín en un derby de los de la época con un defensa central del Fútbol Club Barcelona, con el resultado de caída estrepitosa del defensa culé, el cronista del diario falangista Arriba le afeó la conducta –y la consiguiente dureza empleada- con este indiscutible argumento: “¡Qué se puede esperar de un individuo que lee a Tolstoi y Dostoyewski!”.

En fin, quién se acuerda de Pahíño, pero sí, cualquiera, de Jorge Valdano. Ignoro, la verdad, si don José Ortega y Gasset, prócer de la patria, se interesó, alguna vez, por el fútbol y no sé si escribió unas líneas sobre ese deporte rey que nos va a tener en vilo estos días –estos, y cuándo no-, pero tal vez hubiera torcido el gesto al ver cómo en su Revista de Occidente escribió  Valdano, intelectual, futbolista, míster y, ahora, altísimo y florentinisimo  cargo en el Real Madrid, un fino ensayo dedicado al balompié.

Con todo, los futbolistas parece que no leen mucho, y prefieren los dvd´s en sus portátiles, los juegos de ordenador y sus móviles con prestaciones todavía no comercializadas. Excepciones, haylas: Guardiola, dicen, y desde luego Miguel Pardeza, jugador que fue del Madrid y del Zaragoza, y ahora de nuevo, con despacho en el Madrid, y que se quemó las pestañas rastreando incansablemente artículos –por centenares- de César González-Ruano, a quien le dedicó tesis y tres o cuatro considerables volúmenes con atinados prólogos, editados por Mapfre, compañía de seguros que heredó –y toda la manzana- las mesas de mármol del café Teide, en el madrileño Paseo de Calvo Sotelo, hoy Recoletos, desde donde todas las mañanas Ruano pedía recado de escribir y mandaba sus artículos con un propio y que, de paso, a la vuelta, se pasara, el propio, por las ventanillas correspondientes de los diarios madrileños a ver qué había de lo suyo, siempre unos dineros que cobrar de parte de don César González-Ruano, escritor en periódicos. Hasta aquí, Pardeza.


Y si los futbolistas leen lo justo, tampoco es que haya generado, el balompié, excesiva literatura de la buena, aunque desde la Oda a Platko, aquel oso rubio húngaro, de Alberti, a la elegía al guardameta de Miguel Hernández, o la contraoda del poeta de la Real Sociedad, de Gabriel Celaya, algo hay, y algunas cosas de provecho. A mí me gusta mucho un viejo libro de Julián García Candau, Épica y lírica del fútbol (Alianza Editorial, 1996), donde está casi todo, desde las odas y elegías citadas, pasando por las del mismísimo Gerardo Diego –también él-, hasta la anécdota gallarda, viril y rojigualda del general Gómez Zamalloa, y también estos días –previos, de concentración- estoy disfrutando mucho con los artículos –aumentados- recogidos por Javier Marías en Salvajes y sentimentales. Letras de fútbol, que Alfaguara acaba de poner a correr por la banda. Marías es muy madridista –que no forzosamente del Mou-Mou: ¿han leído el domingo 6 de junio su artículo semanal en el colorín de El País?, pues eso-, yo no, pero cómo no disfrutar con el intercambio de cromos del Madrí y del Barça, que es, entre otras muchas cosas, su libro.

Como decía no sé si Clemente o Camacho –éstos son como Valdano, pero sin obra, y sin haber colaborado en Revista de Occidente-, cada españolito tiene en su corazoncito ínfulas de seleccionador español y si le dejaran haría, sobre el mostrador de un bar, su propia alineación y con los restos del convite –cabezas de gambas chupadas, huesos de aceitunas, palillos amarilleados en un extremo por el duro escarbar, y así- trazaría como estratega vocacional sus habilidades y/o sinsentidos. Uno no tiene esa vocación –tampoco la de exprimir cabezas de gambas, amarillear mondadientes, escupir pipos-, pero sí gusta, de vez en cuando, de recordar algunas lecturas que vengan a cuento, y con ellas, más o menos, establecer su propia alineación, aunque corra el peligro, calibrado, de acabar pareciendo esto una pachanga de solteros contra casados, diputados contra periodistas, presos contra funcionarios, gitanos contra civiles; y desde luego, me temo, cosas de veteranos. Pero alineación, apropiada o no, esto se verá, sale: ésta, por ejemplo.


Algunas cosas son rarezas bibliográficas, como este libro que recoge las crónicas deportivas de Josefina Carabias, quien, por ejemplo, el 10 de septiembre de 1949 –se supone que todavía tenía mando en vestuarios el  general Gómez Zamalloa: cómo era eso de “y ahora, muchachos, cojones y españolía”, muy bueno lo suyo, mi general, a sus órdenes, mi general-, tras un 3-2 del Atlético de Madrid al Málaga, y enviada a las gradas por su periódico Informaciones, ella que había vivido en París la ocupación nazi, se preguntaba por qué el fútbol les gustaba tanto a las mujeres. El libro de la gran Carabias, esa gran dama del periodismo español, se titula La mujer en el fútbol, Ed. Juventud, 1950. La gran Carabias, como el general Zamalloa, pertenecían –todavía- a una época en la que una mujer –de ser periodista- tenía que ir entrando con la campanilla de aviso de los leprosos medievales: “Mujer en el vestuario, mujer en el vestuario”. Y si no en el vestuario, en las gradas, con toda naturalidad. Que recuerdo un librito de divertidas aleluyas de fútbol del poeta Ángel Guache, y una de ellas decía: “Mil mujeres en la grada/ esperan su pierna amada”.


Hay un personaje delicioso de Wenceslao Fernández Flórez, carne de cañón de cafés, humo y copas nocturnas al que la vida le lleva un día a la Sierra madrileña y se desmaya, achacándolo al aire puro que mata, como es bien sabido. Este Fernández Flórez es también autor de unas crónicas de fútbol recogidas en De portería a portería (Impresiones de un hombre de buena fe), Ed. Prensa Española, 1949, y de una estupenda novela –hecha película con Fernando Fernán-Gómez de protagonista-, El sistema Pelegrín (Librería General, 1949), donde se dan muy ponderados consejos sobre el esférico y su práctica.


Y el cineasta y escritor Gonzalo Suárez es autor de un libro muy buscado por los aficionados a rastrear puestos de lance: Los once y uno (Ed. Rondas, 1964), la gesta épica de un equipo dirigido por Hipólito Hernández, tras el que se esconde, obviamente, aquel mito que fue don Helenio Herrera, quien se casó con la madre del joven –entonces- Gonzalo Suárez, periodista deportivo con el seudónimo de Martín Girard: en 2006 Seix Barral reunió sus crónicas y reportajes en La suela de mis zapatos. Pasos y andanzas de Martín Girard. Una gozada, el libro. Por cierto, Gonzalo Suárez rodó una película, El portero, con Carmelo Gómez haciendo de cancerbero, y basada en un estupendo relato de igual título del periodista y escritor Manuel Hidalgo. También Wim Wenders, hace muchos años, hizo una película basada en una de las primeras novelas que del alemán Peter Handke se tradujeron –al menos es la primera que recuerdo haber leído-, en Alfaguara, en los años setenta.

Uno de los libros raros –pero de muy grata lectura- de Camilo José Cela es Once cuentos de fútbol (Ed. Almarabú, 1986), unos apuntes carpetovetónicos envueltos, todos ellos, en papel de la Hoja del Lunes, aquellos periódicos que salían al día siguiente del fútbol, para compaginar información provincial –había una Hoja del Lunes por provincia- y descanso dominical de los periodistas. En la pequeña –y añorada- editorial de Julio Ollero, además del libro de Cela, salió al año siguiente, 1987, un desternillante lamento trágico-cómico de un bético de toda la vida, que se indigna bastante con el devenir de su equipo: El Betis: la marcha verde, de Antonio Hernández.

El escritor canario J. J. Armas Marcelo escarba en “el paladar de mi memoria” y descubre el fútbol, en Las Palmas, y la vida, en la misma temporada: Cuando éramos los mejores, Punto de Lectura, 2002. Ignacio Aldecoa, que escribió posiblemente una de las mejores novelas españolas sobre el boxeo, Young Sánchez (magnífica película de Mario Camus), es autor también de esa entrañable novela corta que es Vísperas del silencio (Taurus, 1955), en la que uno de esos seres grises que pueblan el universo de los relatos de Aldecoa, Mariano Yustas, se siente algo, se siente alguien (“los domingos por la tarde adquiría categoría de héroe”) jugando en un modesto equipo de fútbol. Como muy modesto es el equipo, el C. F. San Simeón, de otra excelente novela corta, ésta de Ignacio Martínez de Pisón: El fin de los buenos tiempos (Anagrama, 1994).


Y muy de extrarradio es también la protagonista de la novela de Manuel Longares, No puedo vivir sin ti (Planeta, 1995), una cenicienta “colchonera” –entiéndase  del Atlético de Madrid- que huye de su realidad ensoñándose con el runrún del Carrusel. También huye, y bien lejos, un entrenador español de segunda, que acaba dirigiendo la selección de un país africano –no está este año en Sudáfrica- que se está abriendo las venas en un desangre civil en la novela de Miguel Bayón, Mulanga (Planeta, 2002).


Y no debo olvidarme de las crónicas de Miguel Delibes, recogidas en El otro fútbol, Destino, 1982, o la novela de Carvalho sobre el asesinato de un delantero centro al atardecer de Manuel Vázquez Montalbán, varias veces reeditada en Planeta. O los dos volúmenes de cuentos sobre fútbol que seleccionó Jorge Valdano para Alfaguara (1995 y 1998), y ahí se colarían con todo mérito excelentes relatos de latinoamericanos, que desbordan este amago de selección nacional, La roja, pues cómo no nombrar a los uruguayos Mario Benedetti y Eduardo Galeano o a los argentinos Fontanarrosa y Osvaldo Soriano.

Habíamos dejado en otro estadio inferior de los infiernos a los poetas, pero que regresen ahora éstos, Píndaros revividos, a acabar de exaltar las gestas épicas de los futbolistas, los semidioses de nuestros tiempos tan convulsos y revueltos –la otra noche fui a una cena y todos se intercambiaban información sobre lo de Hungría; al otro día, por las radios, Rajoy ofrecía sus propias barbas para ponerlas a remojar, creí entenderle-. Que regresen. Sacudamos con brío el libro de García Candau y que caigan, planeando, todos ellos, los citados Alberti, Gerardo Diego, Celaya o Miguel Hernández, pero también José García Nieto haciéndole odas a Quincoces, uno que fue, o Manuel Alcántara a Pirri, otro que fue, o Pemán a Di Stefano (éste es: el otro día lo vi junto a la mesa en la que Mou-Mou firmaba para toda la vida con su Madrí).

En fin, una última perlilla de fantasía para cerrar mi caprichosa selección: el título de una (olvidable) piececilla de un (olvidado) comediógrafo vallisoletano, Luis Maté, muy popular, ligera y divertida en su momento (la pasaban a veces por la tele de blanco y negro): Los maridos engañan después del fútbol. Pues eso. Y que salga ya La Roja. Estos días, el que tenga afición, a disfrutar, y el que no, pues no. Y que me pongan, hagan el favor, son otros tiempos, cara a la pared al general Gómez Zamalloa. No le veo a Del Bosque diciendo eso de “y ahora, muchachos, cojones y españolía”. En todo caso a Camacho, que sudó lo suyo en Corea/Japón en 2002. Aquello fue sudar la camis(et)a. Azul, la de Camacho.





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