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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Peligro de extinción


Con Mamut, la industria del cine parece casi haber conseguido anular el talento de uno de los directores europeos más interesantes: Lukas Moodysson. Autor de películas pequeñas, lúcidas y perturbadoras, el realizador sueco filma aquí un más bien convencional drama familiar «con mensaje» que no aporta gran cosa al género de concienciación social arropado por estrellas y escenarios variopintos.

Mamut es la historia de la separación temporal de un matrimonio acomodado, el drama de Gloria ―la mujer filipina que cuida de la hija de la pareja― y un vistazo algo turístico a las injusticias de un mundo donde la opulencia y la miseria conviven más cerca de lo que pensamos. Tiene una puesta en escena de ribetes televisivos y, sobre todo, un guión mediocre lleno de metáforas y simbolismos, que apartan cualquier ráfaga de sutileza, mirada irónica o mala uva.

Así, tras su aire de denuncia leve de un mundo globalizado y de radiografía de la incomunicación y la avaricia humana, se esconde un trabajo conservador que diluye su metralla en la crítica social de póster y surca sin demasiada fuerza los senderos fílmicos ya transitados por González-Iñárritu, Cuarón o Merielles.

Lo mejor del filme es el intento desesperado de Moodysson por acercase de forma original a la soledad y a la desazón existencial del matrimonio protagonista, una batalla en la que la intensidad de Michelle Williams le gana la partida a un Gael García Bernal algo perdido en su personaje.

Hay muchas localizaciones en Mamut, pero poco celuloide de verdad; hay mucha moraleja, pero poca poesía y una sobredosis de clichés. La inmigración, las relaciones paterno-filiales y la explotación de unos países por otros son algunos de los temas que toca ―sin profundizar nunca en ellos― un filme decepcionante, rodado con oficio, pero sin el menor entusiasmo y tentado por la retórica.

Una coproducción prescindible que esperamos que sirva para pagarle a Moodysson el billete de vuelta a su personal universo abandonando la grandilocuencia y el activismo de postal al que nos tiene acostumbrados un sector del cine reciente.




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