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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De “Perdidos” al cielo


Yo no formé parte de los primeros fans de la serie cuando se estrenó en España. Estaba por entonces en otras islas menos amenazadoras aunque para mí también representaron cambios estructurales en mi vida. Horarios y tecnologías impidieron además, y de una forma bastante sospechosa, el que yo pasase a engrosar sus primeras legiones de fans en el mundo. Cosas del guión, ya sabéis.

Así pasaron dos temporadas, y cuando yo volví de nuevo a mi antiguo y continental mundo, ese fue el momento en que decidí, animado por las recomendaciones de muchos amigos que la seguían con fervor casi místico, comprar esas dos temporadas ya emitidas. Su pase por mi lector de deuvedés en sesiones maratonianas de varios capítulos, me decidió a continuar el visionado de sus temporadas consecutivas vía teuve, convertido ya en fan irredento de una serie en la que, a pesar de sus altibajos de calidad e interés lo cual es comprensible en un tan largo recorrido ─121capítulos ─ , admiré siempre y sobre todo el potencial creativo de unos guionistas capaces de las piruetas narrativas más inverosímiles en una trama tan bien urdida y absorbente que su final, necesariamente abierto, ha sido, y será durante mucho tiempo (esto no ha hecho más que empezar), cuestión de absoluta controversia entre los que se han sentido estafados por romper las reglas de su propio juego y dejar tantas incógnitas sin resolver, y los que lo admiran sin reservas pensando que tal vez eso es únicamente lo que había y no hay porque darle más vueltas. Y unos y otros tienen toda la razón. Así que pido un buen sombrerazo para sus artífices que hasta en el final han creado polémica y que por el camino han logrado subvertir muchas de las técnicas narrativas que parecían inalterables en este tipo de productos televisivos.


Toda esa amalgama de acción, muertes trágicas, pasiones, lucha entre el bien y el mal, con guiños a la ciencia-ficción, al misticismo, a la filosofía new age, y otras muchas corrientes pseudo-filosóficas con que los guionistas han aliñado la serie con artera habilidad para atrapar al mayor número de adeptos, ha concluido después de seis años. Y con el listón en todo lo alto después de esa prolongada despedida que ha sido toda la sexta temporada en la que, en montaje paralelo de dos ¿realidades?, algunas tramas se han ido cerrando, se han explicado ciertos enigmas, nos hemos podido despedir de algunos protagonistas y nos han ido preparando para ese final en el que Jack cumple su destino, salvar la isla, y morir en el mismo lugar donde despertó tras el accidente aéreo con Vincet, el perro, a su lado como cerrando un círculo. Esto para mí, es la forma exacta de terminar la historia. La otra, con todo el montaje de parejas reencontradas, en un happy end entre religioso y místico, con una resplandeciente y celestial luz final me parece un pasteleo que podía haberse evitado.

Como decía, muchas cosas importantes han dejado de ser explicadas, cosas que nos mantuvieron en vilo, como la iniciativa Dharma, el misterio de los otros, la famosa estatua de la playa y un largo etc. que no viene a cuento reseñar. Imagino la frustración y la rebelión de aquellos que necesitan explicación para todo, pero los autores están en su derecho de hacer las cosas como las han hecho. Es cierto que tal vez nos crearon demasiadas expectativas y como en nuestras peticiones a los Reyes Magos, de todos los juguetes pedidos, nos tenemos conformar con un par de ellos, pero es indudable que habrá un antes y un después de Perdidos y que la serie s ha abierto una escotilla en la ficción televisiva por la que se colarán productos que intentarán estar a su altura. ¿Lo conseguirán? Eso, cómo todos los otros misterios sin explicar pertenece ya al arcano de la isla.




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