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El pizarrín

Javier Goñi

Torrente vayaustedasaber

Déjenme que les diga que se enorgullecía de haber visto las dos caras de la luna, aunque los amigos de cuando la guerra, los laínes, le llamaban, por su galaica manera de ser y estar, Torrente Vayaustedasaber. Gonzalo Torrente Ballester, GTB: hubiera cumplido el 13 de junio cien años.


Aunque por mi casa andaba, El señor llega (Arión, 1957) el primer tomo de Los gozos y las sombras, la estupenda trilogía realista que le daría fama, tantos años después, y acaso algo de dinero, con la adaptación televisiva, con Eusebio Poncela, Carlos Larrañaga y Charo López –ay, Charo López, entonces, qué tangos le cantaba don Gonzalo, y no tenía mala voz; vista, buena, la que tenía-, que todavía la veo a veces, a deshoras, en el canal de cine español de Digital+, el primer libro que leí de GTB, fue uno, a mis tiernos doce años, de obligada inserción en nuestras inocentes cabezas, como texto para Enseñanzas de Educación Política en 2º Curso de Bachillerato General, que se llamaba Aprendiz de Hombre, Eds. Doncel, 1964 (sexta  edición, mi ejemplar) y el © de la Delegación Nacional de Juventudes.

Este libro, esta antología para desasnar bachilleres –a base de adoctrinarnos-, el primero que leí de GTB, sin saber que –muchos años después- iba a ser mi GTB, un gran escritor al que aprecié mucho literaria y personalmente, es un Torrente Vayaustedasaber en estado puro. Volveré.


Con motivo del centenario del nacimiento de don Gonzalo –el domingo 13 de junio- se ha montado una exposición que está itinerando por las diversas tierras en las que vivió y también un documental, que producido por la Fundación Gonzalo Torrente Ballester y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales han escrito y dirigido su hijo –periodista de La Cuatro- Luis Felipe Torrente y Daniel Suberviola. El documental se titula GTBxGTB y recoge bastantes fragmentos de entrevistas televisivas, del archivo de RTVE: GTB hablando con Pablo Lizcano, con Dragó, con Balbín, con Terenci Moix (éste escuchándole sentado en el suelo),  con Soler Serrrano (aquellos célebres a fondo en riguroso blanco y negro, que están comercializados en DVD: verdaderas joyitas algunos de ellos), el epílogo de Begoña Aranguren (éste en Canal+, y a emitir, por contrato y decisión propia, cuando uno ha fallecido), y así.


El documental se inicia con GTB exponiendo que poseía unas características ferrolanas que le distinguían de los otros gallegos: la fantasía y la razón, por la primera, se hizo escritor, por la segunda, profesor. Fue profesor de instituto toda la vida, en Madrid, en Galicia, en Salamanca, y desempeñó otros muchos cometidos. Entre otros ganapanes más o menos ideologizados –que no es mi voluntad ni mi dedicación entrar en ideologías ajenas- está este libro Aprendiz de hombre, una antología de textos comentados y escogidos –es de suponer- por GTB, dirigido a bachilleres, a los que el autor, en una nota previa, fechada en Madrid, el 25 de julio de 1960 –Apóstol Santiago, patrón de España-, nos invitaba a ser responsables, a hacernos hombres. Hombre, el sumario es muy completo, las láminas muy hermosas –desde ¡Picasso! a Goya pasando por El Bosco, El Greco y Velázquez-, y los textos algunos muy interesantes. Clásicos, Cela, Chesterton, Shakespeare, pero también, curiosamente, Aldecoa, y acababa la antología con el celebérrimo If de Kipling, los si condicionales para ser un hombre, un poema, por cierto, que era el favorito de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de Falange, y cuyo testamento, poco antes de ser fusilado, a los 33 años, soltero, abogado, el 20 de noviembre de 1936, lo incluye GTB en su antología para aprendices de hombres –nosotros, aquellos niños- como ejemplo de “Dignidad ante la muerte”.

Es ciertamente una notable pieza literaria –otra pluma que la del Caudillo, nada que ver, cómo comparar- que llevaba esta recomendación de mi admirado y querido GTB: “Leed en las páginas que siguen el testamento de José Antonio Primo de Rivera. Fue escrito, como sabéis, la noche antes de su muerte, y os servirá para aprender cómo debe morir un hombre, y, sobre todo, cómo el valor puede revestirse de sencillez y hasta de elegancia. José Antonio supo morir y, con su muerte, legó un ejemplo a los españoles. No hizo frases, ni desplantes, ni escenas teatrales. Murió como un cristiano y como un caballero. Murió como un hombre”. Las cursivas me las he permitido.


Con Borges

Ni frases. Ni desplantes. Ni escenas teatrales. Como un hombre.  En fin, Torrente Vayaustedasaber.

Y es que en esos primeros años sesenta, GTB publicó su célebre trilogía realista, sin ningún éxito, y los ejemplares, a cuentagotas. El señor llega, que lo tengo yo de la biblioteca de mi padre, anda todavía, de vez en cuando, en los baratillos a un precio normal. La edición  azul de Editora Nacional de 1943 de su primera novela –muy salvable- Javier Mariño la adquirí en la Cuesta de Moyano, de Madrid, a principios de los años setenta del siglo pasado –eso sí-, por 50 pesetas. Años después se lo enseñé a don Gonzalo y me dijo: pues ahora valdrá lo suyo.

Lo que quiero decir es que, entonces, principios de los años sesenta, cuando los bachilleres leíamos –obligados- este Aprendiz de hombre, con el If de Kipling y el testamento joseantoniano –el Ausente, presente-, GTB publicaba una novela con su cosa de ensayo y de prosa poética –algunos laínes, no Laín, escribían muy bien- como Don Juan, que fue –también- un libro al que entonces nadie hizo caso y que en la larga trayectoria literaria de GTB siempre fue una espina clavada allí donde se sangra. El propio don Gonzalo en el GTBxGTB considera que es “una de las obras poéticas más importantes de la lengua castellana de nuestro tiempo”.

A mediados de los años sesenta, harto de no encontrar ese reconocimiento literario que se le negaba, se fue a Estados Unidos, de profesor visitante, donde contraería el vicio de los magnetofones y a partir de entonces empezaría a grabar sus artículos y novelas, pues si de vista andaba regular, de perspicacia, sabiduría y talento andaba sobrado. GTB tuvo que insistir e insistir para que dejaran de considerarle como un modesto profesor o escritor de periódicos o crítico teatral o conferenciante u hombre de radio que, además, pretendía ser novelista. Lo dije hace unas semanas, aquí, y lo vuelvo a decir, con la misma convicción y modestia: La saga/fuga de J.B es una de las mejores novelas publicadas en España en los últimos cuarenta años.


GTB escribió mucho y de todo, y algunas cosas muy en plan Torrente Vayaustedasaber, cosas como, por ejemplo, Antecedentes históricos de la subversión universal (1939), o una selección de las prosas (¿?) de José Antonio (1942); probó suerte en el teatro, El viaje del joven Tobías, Ediciones Jerarquía, Burgos, 1938: he leído por ahí que les hizo a sus amigos, los laínes, una lectura y se le durmieron, desconsiderados. Pero su estancia en Estados Unidos le sentó muy bien. Regresó otro, el mejor GTB, el que ya se había llevado Los gozos y las sombras  y el Don Juan. Y vino para escribir La saga/fuga y Fragmentos de Apocalipsis y La isla de los jacintos cortados y su excelente ensayo sobre el Quijote y, por supuesto, sus artículos, esa última página, papel amarillo, primero, normal después, del suplemento literario del viejo Informaciones de la calle de San Roque y de la calle Madera, dos entradas a la vez, detrás de Callao. Fueron, inolvidables, Los cuadernos de la Romana, que se publicaron en libro.


Al hacerle académico en 1975 –si la memoria no me falla, la primera entrevista que le hice fue un año después o así, con motivo del ingreso en la Real Academia Española: me citó en un café que ya no existe, en una perpendicular de la Gran Vía, en la acera de la Casa del Libro, era un domingo por la mañana, y se acercó a besarle una niñ(o)a que era su niet(o)a, hija(o) de la actriz Verónica Luján y de Gonzalo Torrente Malvido, un buen escritor que tal vez vivió más que escribió-; al hacerle académico en 1975, sus compañeros de Informaciones le banquetearon y se hizo esta curiosidad bibliográfica, este cuadernillo cuadriculado, con unas palabras muy sensatas y juiciosas de GTB sobre la literatura y el oficio de escribir, y que se acompañaba –otra curiosidad- con una caricatura –ésta que por aquí asoma- de unos de los dibujantes –el otro era Forges- del periódico, José Antonio Loriga, padre del escritor Ray Loriga: el pequeño Ray, que no era Ray de niño, jugaba al fútbol entre las famosas máquinas impresoras que sacaban el diario a la hora de comer y que es tradición que hacían temblar –en medio de Madrid, detrás de Callao- todo el edificio, como si fuera un barco –los más veteranos abrían un poco las piernas como viejos bucaneros para mantener el equilibrio-, o que se elevara en el aire como la ciudad gallega de La saga/fuga de Torrente o el castillo sobre el Pirineo en la pintura (surrealista) de Magritte.

GTB fue un hombre de gran cordialidad, que atendía como si fuéramos colegas a los periodistas y ahora, al hacer balance, puedo recordarle, a media tarde, en un hotel en la Castellana habiendo acabado de hablar de una novela publicada en Plaza&Janés y tomándonos un whisky –me decía que era vaso dilatador-, vigilado a cierta distancia por su mujer Fernanda Sánchez Guisando.

Le recuerdo subiendo calmadamente las escaleras del metro –entonces, y así volvemos en el recuerdo, ironías del callejero y de la mala suerte con la historia que tiene este país nuestro, al Torrente Vayaustedasaber- José Antonio, él agarrado a mi brazo, y deteniéndonos cada ocho o diez escalones, y don Gonzalo me decía: ¿ves?, así podemos verlas subir, y bajar: piernas, escotes, las mujeres de don Gonzalo, y qué podía ver con sus gafas abundantemente graduadas este hombre: supongo que todo; fantasía y razón, como buen ferrolano, no le faltaron nunca.

Le recuerdo citándome en un hotel muy alto, ¿el Claridgeo así qué?, en la Plaza de Conde de Casal, a un paso de la estación de Auto-Res, de donde descendía pacientemente del autobús que le traía desde Salamanca: y esa vez, nos fuimos juntos del ¿Claridge? –con Google ya no se puede teatralizar la duda, sí, es el Claridge, lo acabo de comprobar- al Palace, pues a partir de esa mañana le pagaban la estancia –alguna institución- en el hotel de la Carrera de San Jerónimo, y ahí nos instalamos a desayunar los dos –yo invitado por él-, mientras yo le entrevistaba y él me contaba cosas y cosas, empeñado como estuvo siempre en que yo era pariente de un periodista apellidado Goñi que había dirigido, en su juventud, en la de don Gonzalo, un diario en Santiago. Y empeñado también en saber si conocía de nombre –estábamos enfrente del Congreso- a un diputado y escritor de su tierra, de cuando él era el joven Tobías, no, el joven Torrente, sí, que se apellidaba Cánovas Cervantes y al que todo el mundo le conocía por NiNi, pues no era ni una cosa ni otra, ni Cánovas como diputado ni Cervantes como escritor, aunque aspiraba a ambas cosas.

Inolvidable y querido don Gonzalo. Cien años, ya. Los primeros.





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