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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Mantis gastronómica


Detrás de una gran mujer no necesariamente hay un gran hombre, y si lo hay, mejor convertirlo en picadillo de croquetas.

Ese es el pensamiento de Teresa Sinde, la protagonista de la última novela de la gallega Mercedes Castro, Mantis (Alfaguara). Afamada chef con restaurante y programa de televisión propios, Teresa comparte la dualidad de su vida entre su acreditado restaurante y su oculto y traumado universo cuando al final de la jornada cierra tras ella las puertas de su palacete acompañada del hombre de turno que ha caído en sus redes. Esta femme fatal mediática vive al borde de un abismo al que la han llevado su imposibilidad de amar y una carencia de emociones propiciadas por una madre lejana y desafecta. Desde el primer capítulo de la novela Mercedes Castro nos lleva de la mano hasta el borde de ese abismo y nos hace preguntarnos, como a su protagonista, cuál es el mejor medio para escapar de él, si tirarse al fondo, o pedir ayuda para salir de allí.

En su anterior novela Y punto (Alfaguara, 2008), la autora se decantaba por la novela negra para narrar la historia de Clara, una agente policial que se veía obligada a combinar su trabajo con las tareas domésticas y se las ingeniaba para salir adelante con coraje y desenvoltura poniéndose a la altura mental y social de sus compañeros del cuerpo de policía, un mundo masculino, sórdido, depredador y violento, donde lo que cuenta únicamente es el nivel de testosterona y emergía vencedora a pesar de todo.

Para Mantis, Castro cambia de registro y se pasa directamente terreno gótico aderezando el guiso con un sabroso aliño de gore. En cuanto a su protagonista, Teresa, está en las antípodas de la anterior. Ella es elegante, mundana, sofisticada, y aunque cocinera, nunca se arrima lo suficiente a los fogones como para ensuciarse, lo suyo es idear nuevas recetas para deslumbrar los paladares de su clientes. En cuanto a los hombres, no discute ni contemporiza con ellos, se los carga directamente de forma expeditiva.

La novela está escrita con una gran fluidez narrativa, casi sin comas. Punto y seguido. Las frases son cortas, restallantes como latigazos, como una especie de juego entre verbo y adjetivo. En todo momento domina la trama aunque no es lo que más la importa y conduce su intriga con mano maestra a través de de los terrenos pantanosos de la doble moral, el feminismo, la sangre y la alta cocina sin perder nunca el norte. Templada como un buen acero su palabra corta y disecciona, y lleva hasta sus últimos extremos el patetismo de sus personajes masculinos empeñados unos tras otros en alcanzar las más altas cotas de imbecilidad; sólo se salva uno, una especie de antihéroe con formas de paparazi que va le va a servir a la protagonista para cuadrar su rompecabezas vital.

Dotada de cargas de profundidad de un humor más que negro y de una ironía vitriólica Mantis se convierte en un saludable ejercicio de estilo con un personaje insólito en su ejecución y desarrollo y da al lector unos más que estimables momentos de buena lectura.




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