Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

La novia extraviada

Déjenme que les diga que es lo que tienen las aglomeraciones: a mí se me extravió una novia en el Paseo de Coches del Retiro, donde las casetas de los libros, un día de aguacero. En un Madrid de aguacero. Una cosa tonta, aquello. Me dijo: “Sujétame la bolsa, haz el favor”. Y es que creía haber visto a una paisana suya, de Tendilla, provincia de Guadalajara. Tendilla, sale en Viaje a la Alcarria, de Cela, al parecer hay placa evocando el alto en el camino: no lo sé, nunca he vuelto, nunca fui, a Tendilla: se me extravió antes de comprometerme la novia, aquella, aquel año de aguacero.


Baroja

Tendilla, donde tenía don Pío un olivo, del que se surtían todo el año, los Baroja, de aceite. De naranjas, por otra parte, estaba bien servido, don Pío, que se las hacía llegar, de Valencia, un amigo de siempre, Eduardo Ranch Fuster, y de ambos conozco, tengo leído y subrayado un muy interesante Epistolario, que apareció en 1988, en Valencia, en Ediciones Vicente Llorens. De Baroja era el primer libro que compré la primera vez que fui a la Feria del Libro del Retiro; pero desde ese año 1973 ya ha llovido, tanto como el año del aguacero en el que se me extravió una novia, y yo creo recordar que el año del libro de Baroja la Feria estaba cerca del Estanque del Retiro, no en el Paseo de Coches. Pero no sé, la verdad; sí me acuerdo, desde luego, del libro de Baroja que adquirí, Paseos de un solitario (Biblioteca Nueva, 1955), un libro crepuscular, al que le tengo mucho cariño, y conmigo sigue.


Fuertes

Al año siguiente fue cuando se me extravió la novia, aquella novia de Tendilla, provincia de Guadalajara, y todo por querer saludar a una paisana, se alejó, y se me perdió de vista, entre el gentío, y el aguacero. Que le sujetara la bolsa, me dijo, antes de desaparecer. La bolsa, aquella, algunos catálogos, un libro de versos de Gloria Fuertes, que se lo había dedicado un instante antes, y este libro, Hungría en sus cuentos del siglo XX, Editorial Corvina, printed in Hungary 1972 Imprenta Franklin, Budapest, 140 pesetas, todavía el precio a lápiz, y su dedicatoria, personal, por eso no la desvelo…, bueno, un poco, “que no vuelva a haber viernes negros. ¿No es suficiente? Y como Gloria Fuertes, ‘que no nos falte una poesía’, cariño, rúbrica y firma: 10 de junio de 1974. Criatura, mi novia extraviada, aquella tarde de aguacero. Me dejó con la bolsa de plástico, ya digo: unos catálogos, Ciencia Nueva, Nuestra Cultura, el primer Anagrama: yo estaba –entonces- muy concienciado, un libro de poemas de su Gloria Fuertes, y esta antología de cuentos húngaros de detrás del Telón de Acero, que he conservado, la antología, no la bolsa, ni los catálogos, ni a Gloria Fuertes.

La conservé, sí, durante muchos años, la bolsa con todo su contenido y durante mucho tiempo –otras lluvias, otras novias, la vida seguía- volvía todos los años al Retiro, por estas fechas, con la bolsa, a ver si aparecía, mi novia extraviada. No me perdía ni una; año tras año, vi llover, gente correr –sí, sí, era una canción que a ella le gustaba cantar, antes de extraviarse-, y nada, ni rastro de ella. Nunca apareció. Los primeros años iba con mi bolsa, la que me dejó para que se la sujetara, tan sólo un instante; tenía la tonta ilusión de que a lo mejor, un año de aquellos, finales de mayo, primeros de junio, lloviera o hiciera calor, a lo mejor aparecía. Pero, no. Nunca más.


Sender

Hubo una vez en que me puse a la cola de Fernando Vizcaíno Casas, que arrasaba, prietas las filas, engominados cabellos de caballero mutilado (o no), señoras de moños enlacados con más deterioro para la capa de ozono que una fila de vacas flatulentas; iba donde Fernando Vizcaíno Casas, a ver si resucitaba al tercer año, el Caudillo, y que no, qué alivio, o reaparecía al tercer año mi novia extraviada, y que tampoco. La busqué en la caseta de Destino, pues hubo mucho alboroto aquel año que pasearon en peana al último exiliado, a Ramón J. Sender, muy mermado literariamente, pero era un exiliado, qué caramba.

Corrí donde Alianza Editorial, el año en que se trajeron a Julio Cortázar, un hombrón, a firmar unos puñados de cuentos, Octaedro, en Alianza Tres, la estupenda colección de Jaime Salinas, y vi de paso, haciendo tiempo a ver si reaparecía, ese año, mi novia extraviada, ella sabía cuánto me gustaba Alianza Editorial, cómo alguien le presentó a Cortázar a Gonzalo Torrente Ballester y en el barullo supuso el autor de Rayuela que el autor de La saga/fuga de J.B era un admirador suyo de edad y generosas dioptrías y Cortázar se interesó al firmarle el libro: qué nombre, que no había retenido y Torrente, que ya lo había visto todo –y no hay contradicción con lo de las dioptrías-, contestó: Gonzalo, no más, y Cortazar debió entender, y puso: para Gonzalo de Julio, sin más. Sic transit gloria swanson.


Grass

Y volví otro año, pues estaba Borges, con su fiel María Kodama, y firmaba Los conjurados, en Alianza Tres (1985), un libro de poemas, y te mentiría, novia extraviada, si te dijera que le acerqué el libro para que me lo firmara, por esa página 63, del poema en prosa, “Posesión del ayer”, ése que comienza con esa frase que igual sirve para tu extravío que para cualquier otra pérdida, incluso ésta: “Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío”. Y estuve un año en que el Rey, con gabardina, llovía, inauguró la Feria. Y cuando vino Günter Grass, Jaime Salinas había (re)fundado Alfaguara en lo alto de Torres Blancas, y Günter Grass era, ese año, lo más. A mí me garabateo su nombre en la página en blanco, la de cortesía, de la primera edición en España de El tambor de hojalata, y no fui –no me invitaron, mejor, así pude volver, novia extraviada, otro día, y alguno más, a ver si regresabas-, no fui, no, a Cuenca, que Salinas acaso con (buena) mano en RENFE fletó un tren para ir con Grass a Cuenca. A ver Cuenca.

El año del 15-J no me perdí tampoco ningún mitin entre caseta y caseta. Cerró aquella Feria de 1977, el 12 de junio, a tres días de las primeras elecciones democráticas. Libertad sin ira, libertad. En la de Fuerza Nueva preferí no preguntar –firmaban mucho Blas Piñar y Rafael García Serrano, y los de El Alcázar, periódico-. En otra, me encontré, sí, a Carrillo, la colilla en los labios, venga a firmar eurocomunismos. La literatura vendía lo justo. Aquel año 77 se llevaba más el libro político. Aun así, los tres libros más vendidos ese año 77 fueron La arboleda perdida, las memorias de Alberti, que había vuelto a España un 27 de abril y después Pasionaria, un 12 de mayo; Proyecto de una constitución española, de Ramón TamaMes (uno que hubo); y La guerra civil española, de Hugh Thomas. Para que veas. No sé si ese año o después fue El libro rojo del cole, que lo tuve en su momento, aunque se me ha extraviado, tantos años después, como te me extraviaste tú. Y luego vendría el año de los Mundiales de España, y en cada caseta un minitelevisor y la gente paseaba con su transistor.

Pero peor fue la Feria de 1979, que no fue en el Retiro (el Ayuntamiento llevaba ya un tiempo poniendo todas las trabas posibles para preservar el ecosistema y cobrar el metro cuadrado a no sé cuánto de vellón), sino en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo, ¿quién se acuerda ya de eso? Y fui, sí, allá, a ver si había suerte y te encontraba en recinto cerrado, aunque mi angustia era pensar si por una burla del destino te daba, ese año, por salir de tu extravío y reaparecer en el solitario Paseo de Coches. Venga jaleo con los municipales que no soltaban un metro más que así. Y se volvió, sí, al Retiro, pero con fórceps: no te creerás que en 1981, la Feria se retrasó tanto que abrió sus puertas con sol abrasador un 17 de junio y las cerró –con bermudas y “pai-pai”- un 30 de junio. Los críticos municipales se echaron las manos (o una, con la otra sujetaban el “pai-pai”) a la cabeza, si ya no había ni colegios por entonces. Pero tú tampoco reapareciste entre la  sudorosa multitud.


Saramago

Cuando te extraviaste firmaba mucho –los altavoces no hacían más que nombrarla- Lucrecia Zurdo, que al parecer tenía mucha buena mano con las recetas de cocina. No era Simone Ortega, desde luego, sino algo más local, más para andar por casa, entre fogones. Por los altavoces –esta Feria año tras año tiene algo de “Rosario en familia”, que también se hacía en el Retiro- iban diciendo los nombres de los que firmaban: picos y valles; los picos han ido variando, en una trinchera Saramago o Pérez Reverte, en la de enfrente, Vizcaino Casas, Jiménez Losantos, César Vidal y Pío Moa, y en la calle de en medio, a su aire, retándose con indomable orgullo –en otros tiempos- Antonio Gala y Alfonso Ussía (la leyenda de la Feria que es un bonsái que cuidaba y regaba, cada año, el propio Ussía, afirma que la lista de libros más vendidos, el hit-parade del día después, se suprimió para no reconocer que el más-más seguía siendo Ussía).


Pemán

Sobre el ritual de las firmas, tal vez Ussía recordará esa escena –estupenda- de El verdugo, la película de Berlanga. En la caseta 25 de una Feria del libro de principios de los sesenta. Está firmando un ilustre académico llamado Corcuera, autor de El garrote vil, al que le sucede un sinfín de cosas hasta que viene a importunarle Pepe Isbert, el verdugo, que pretende pasarle los trastos de matar a su pusilánime yerno, un estupendo Nino Manfredi, para que no les quiten la casa y busca la ayuda del sr. Corcuera para que le eche una mano en el Ministerio de Justicia. Pero antes de que aparezca la pareja, al ilustre académico ya le ha ocurrido lo suficiente como para que esté de los nervios, y toda esa escena –genial- parece como si definiera lo que es, sigue siendo, cada año por estas fechas, la Feria del Retiro. A Corcuera, dos señoras le confunden con Pemán, “ah, ¿no es Pemán? Pues, hija, qué más da que nos firme este señor”. A Corcuera una pareja de intelectuales al modo de la época le toman por el dependiente y se interesan por si tienen algo de Antonioni o de Bergman. A Corcuera se le acerca un pelma, al que no tiene el gusto de conocer, y se trae el libro de casa, a ver si cuela. A Corcuera, alguien delante de sus narices le birla un libro y el dependiente –atento- pregunta si se lo carga en su cuenta. Corcuera estalla y vuelca su ira en unos niños que querían propaganda. Pero se resigna, con aspavientos de actor antiguo de compañía de repertorio: “En fin, me debo a mis amigos, a mis lectores”.

Los niños de la Feria. También se perdían niños, un año se perdieron –te lo aseguro- los hermanos Gorospe y solicitaban machaconamente algún familiar que se acercara a información a hacerse cargo de aquel par. Hubo año en que estuve tentado –conocía a quien llevaba prensa de la Feria- de llamarte por los altavoces, a ver si acudías, pero no hay manera, chica, no apareces. Y ahora, la verdad, si lo hicieras, cómo íbamos a hacer para reconocernos, para reordenar los recuerdos y los olvidos. ¿Te iba a decir, hola, aquí tienes la bolsa, has saludado a tu paisana de Tendilla, provincia de Guadalajara?

En fin, lo dejamos. La Feria del Libro del Retiro. Otro año. En fin, lo dejamos.


(Lo dejamos, pero me hubiera gustado –de haber sido posible, él allí, yo aquí, o al revés, no sé, haberme encontrado, en esta Feria del Libro que comienza, con mi amable lector vía @, Emilio Zabaleta Sabanes, quien me señala, amablemente, que “ya es costumbre advertir que, por escribir sobre libros que no ha leído, el señor Goñi incurre en todo tipo de imprecisiones”, y me recuerda, amablemente (“ojalá que el sr. Goñi por una vez lea siquiera esta breve misiva y comprenda que no todos sus lectores somos tan descuidados como imagina”), que al contrario de lo que yo decía, respecto a Bioy Casares, en la entrega anterior de “El pizarrín”, el libro En viaje no es póstumo, sino que apareció, en España, en 1997, cuando es bien sabido que mi admirado Bioy Casares murió en marzo de 1999. El libro lo tengo leído y bien subrayado (lava camisas y calzoncillos en la pág. 70, los acumula sucios en la página 159, se le agotan los limpios en la página 181 y se prueba una faja para el lumbago que él mismo confiesa que no le favorece nada en la página 213). Citando de memoria este libro –menor- de Bioy Casares quería sugerir que a veces almas próximas y bienintencionadas fuerzan a escritores, al final de sus vidas, a sacar libros que poco aportan. En mi recuerdo subjetivo y discutible éste es el caso de En viaje; por eso, incorrectamente, lo consideré “póstumo”, cuando tenía que haber dicho que era un “libro prescindible”. Y mi novia extraviada, que nunca reapareció, recordará lo mucho que amé como lector –entonces- Diario de la guerra del cerdo, Alianza Editorial/Emecé y El héroe de las mujeres, Alfaguara/Bruguera.

En fin, amigo (¿argentino?) Emilio Zabaleta Sabanes, me siento muy solidario con Rocha Monroy Ramón, un columnista (¿argentino?) de Lostiempos.com, al que le reprende dos veces –que me haya molestado en buscar- por no leer; la segunda, por un blog sobre Borges y Kafka, del pasado 4 de mayo, y escribe usted: “Lástima que no haya mirado mejor, porque sí se habla de Moisés. Vea en páginas 114 y 773, y aprenda a leer antes de escribir zonceras”.

Lo dicho, este año lo primero que voy a hacer en la Feria es comprarme el libro de Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído, Anagrama. Por si acaso usted tiene razón.)




Archivo histórico