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El pizarrín

Javier Goñi

Ellos descienden de los barcos

Déjenme que les diga que ellos dicen –o dicen de ellos- que descienden de los barcos. Ellos, los argentinos, que dicen de ellos que van por la vida muy sobrados. En las últimas semanas ha bajado a tierra en mi particular muelle de lecturas pendientes o en proceso de hacerlo un buen puñado de estos argentinos que descienden desde siempre de los barcos y uno –sin nada mejor que hacer- se ha puesto a echarles un vistazo, a unos; con otros he entablado conversación –que eso es leer-; y he recordado, además, lecturas antiguas; unos y otros, argentinos todos. Ellos.


Silvina y Victoria

Los tiempos son otros, sí; ya no son los de las hermanas Ocampo, Victoria y Silvina, que tenían leche fresca durante la travesía, pues dice la leyenda que en los años veinte venía a Europa, aquella hacendada familia argentina, acompañada de una vaca de generosa ubre. De Victoria Ocampo, gran señora de las letras argentinas, se habla en el número de este mes de mayo de Revista de Occidente, que está prácticamente dedicada a recordar a la hija de Ortega, Soledad, y de quien era amiga, Victoria, de Soledad y de don José. Silvina, la hermana de Victoria, tuvo, en principio, en contra varios factores. Uno, ser hermana de Victoria, que era –ya está dicho ahí arriba, lo veo desde aquí- la gran señora de las letras argentinas (de entonces). Otro, haberse casado con ese gran seductor –mejor escritor- que fue Adolfo Bioy Casares, al que le gustaban mucho las mujeres –no es malo-, y era más atractivo y joven que ella –no pretendo ofender a nadie y menos plantear torpemente un debate sexista; pero lo anterior es rigurosamente cierto- y además mejor escritor. Silvina Ocampo, con todo, fue una acertada narradora de cuentos, delicada y fantasiosa, y que se quedaba en casa frecuentemente mientras Bioy Casares, que nunca fue un seudónimo de Jorge Luis Borges, aunque sí muy amigos (juntos se estrenaron en las letras argentinas con un folleto escrito a cuatro manos sobre algunas de las excelencias de algún producto lácteo, acaso yogur, no creo que fuese dulce de leche, que acrecentaba la fortuna familiar de Bioy Casares), viajaba por Europa, Bioy. Cuando vino a Madrid, a que le dieran el Cervantes, me consta que fue cordial con los periodistas y cordial y galante con las periodistas. Hombre de exquisita elegancia un tanto british –eran tan british los buenos argentinos de entonces, luego hablamos de las Malvinas-, de espigada figura, le recuerdo atendiendo en el hall de un céntrico hotel madrileño –que diría un gacetillero de antaño- a un periodista pongamos que de la revista El Urogallo y además no le quitaba ojo a la fotógrafa de la publicación, y no miraba, no, al objetivo, sino que su objetivo era otro, u otros. Simpático, estupendo tipo, Bioy, aunque como lector –admirador suyo de varias cualidades que le adornaban, no sólo la literaria- se me cayó algo por culpa de un albacea literario que, una vez desaparecido Bioy, dejó que leyéramos, en Tusquets, una suerte de cuaderno de viaje europeo, donde el elegante Bioy anota –no sé la página, el apunte me hizo un siete en mi alma lectora- que se lava en el lavabo de un hotelito francés su ropa interior. Esto, o no se anota, o no se publica.


Videla y sus secuaces

Pero no quería alargarme con lo de las hermanas Ocampo, ni tampoco con lo de Bioy y su colada, pero es que…, venga, vamos, avanza, hombre, déjalo atrás…, pero es que, es que…¡a Borges no se le hubiera ocurrido!, bueno, Borges siempre viajaba acompañado y sonreía siempre a media luz como sonríen los que no ven. Tampoco quería alargarme, en fin, con lo de Bioy, pero es que…., el mismo albacea literario consintió que Destino publicara en 2006 un inmenso dietario minucioso de Bioy en el que prácticamente la única cosa que anotaba Bioy es que día sí, día también, antes de Perón, con Perón, sin Perón, con los militares, con los primeros, con los siguientes, con los últimos (ay, aquel almuerzo con Videla de Sábato, sí, Sábato, Borges, sí, Borges, del que dijo, creo, que era un perfecto caballero el señor general, y Bioy, sí Bioy), siempre iba Borges a comer a casa de Bioy. El volumen voluminoso se llama Borges y lo sacó Destino no hace muchos años, por ahí andará, es de suponer.


Marechal

¿Perón?, sí, Perón. Aquí ya la cosa se complica. Porque igual que Borges fue antiperonista, peronista lo fue el gran Leopoldo Marechal, el autor de esa inmensa novela bonaerense que es Adán Buenosayres (conozco dos ediciones españolas, una clásica en Edhasa y otra anotada en Castalia). Sobre la novela y sobre Marechal encuentro, casualmente, un texto muy interesante en un blog (www.eljineteinsomne) de Jorge Lafforgue, un profesor argentino, que ha prologado, entre otros, a Rodolfo Walsh, que es de quien quiero hablar luego… Pero todavía estamos –estábamos- con Perón, ese personaje que tuvimos embalsamado en el chalé de Isabelita en Puerta de Hierro, ¿o la que estaba embalsamada –creo que sí- era Evita Perón, que tiene parque en Madrid, y fue Perón el que regresó vivo y embalsamado a su país a reinar apenas y dar paso, en seguida, a los Videla y todo aquel horror de los años setenta, con Mundial de Argentina incluido?


En aquellos primeros años setenta, otro gran escritor argentino –el país ha dado tantos- Manuel Mujica Lainez –estamos en el año del centenario de su nacimiento-, el autor de Bomarzo, publicó en junio de 1972, en Editorial Sudamericana, una deliciosa novela, protagonizada por un perro, Cecil, que es de forma indirecta una “autobiografía novelesca” del propio Mujica, retirado a la serranía de Córdoba, lejos de un Buenos Aires, que empezaba a oler mal. Ahora, en estos días, RBA, que mantiene abierta una colección de rescates de novelas recientes descatalogadas, una colección sorprendente por caprichosa, y caprichosa porque sí, por qué sí este título y no otro, aunque todos tengan interés, nos pone delante una nueva edición de Cecil, acaso un título menor del autor de Bomarzo, pero una deliciosa novela, que yo leí en Lisboa un verano del 82 en un azaroso viaje para el que yo sólo me pude agenciar el Cecil de Sudamericana, pero esto no hace al caso.

Mujica era un escritor delicado, inmortal, perdido en los jardines laberínticos de Bomarzo de la Italia renacentista de sus amores, o de los tiempos egipcios o de la Decadencia española (Mujica estaba emparentado con el fundador de Buenos Aires). Un escritor algo más alejado de su contemporaneidad que muchos de sus contemporáneos, pero no puedo olvidarme de su imagen, diez años después, en la primavera de 1982, recién estallada la guerra de las Malvinas; la imagen de un Mujica Lainez, que ha venido a Madrid a promocionar su reciente novela –entonces-, El escarabajo (Plaza&Janés) y atiende al periodista, mientras –una mano en el muslo de su joven acompañante- comenta, “pobres muchachos, pobres muchachos”, algún desastre argentino, acaso el hundimiento del Belgrano, un barco lleno de reclutas enviados a morir por una pandilla de militares, por algunos de los que corría por sus venas más que sangre de la que verter por la patria alcohol de mucha graduación, que aquellos eran generales y almirantes, los de las Juntas.


Me acuerdo de esa salmodia de Mujica, “pobres muchachos, pobres muchachos”, mientras me dedica su novela El escarabajo, ahora que acabo de leer Los pichiciegos (Periférica), de Rodolfo Enrique Fogwill, conocido por los buenos lectores por –tan solo- Fogwill, quien me entero por la solapa de esta excelente edición de Periférica, un acierto editorial más de Julián Rodríguez que edita desde Cáceres –el mundo editorial como el de la Liga, ¡Barça, Barça, Barça!, es cosa de dos, pero hay también vida (editorial), Liga no sé, en la periferia-; me entero, digo, que Los pichiciegos se publicó en 1983 en Argentina. Es decir, Fogwill escribió esta impresionante novela sobre un grupo de desertores argentinos que conviven y sobreviven junto a las trincheras argentinas (de papel: aquello fue un disparate, que acabó felizmente con la dictadura militar) y británicas de la Thatcher que alardeaba de estar bien dotada de munición, casi en el instante de producirse aquellos hechos y en unos momentos difíciles, casi como en una Argentina anno zero.


Los pichiciegos es un relato increíble, con una fuerza dramática y coloquial impresionante, que de haber sido los soldados argentinos, norteamericanos hubiéramos leído la novela –o vista la película- hace mucho tiempo. Pero esta novela y las cosas que hemos conocido, en estos años, del propio Fogwill (en Mondadori, en la misma Periférica; también acaban de aparecer sus Cuentos completos, en Alfaguara, pero no los he visto), como las de César Aira y de Ricardo Piglia, que pueden considerarle los tres autores más importante de la literatura argentina actual, curiosamente han tardado en llegar mucho más que lo que su calidad e importancia exigía.

La explanada de mi particular muelle de lecturas pendientes o en proyecto está llena de argentinos, recién desembarcados, que van y vienen, como hormigas alborotadas y todas –las hormigas- y todos –los argentinos- parecen chocar o entrelazar. Pues sí antes hablábamos de la Ocampo, presente en este número de mayo de Revista de Occidente, en el mismo sumario aparece un relato largo de Fogwill. Y si me refería al tándem Bioy-Borges, Biorges, habrá que recordar que esta pareja, que tanto almorzaban juntos  tantas cosas hicieron a cuatro manos, crearon en 1945 y la dirigieron varios años una colección de novelas policiacas muy popular en Argentina, Séptimo Círculo (en España, en los años setenta, salieron en coedición entre Alianza Editorial, de aquí, y Emecé, de allá, unos cuantos títulos, básicamente de autores anglosajones, con el título de Selecciones del Séptimo Círculo).

Pues bien, en un relato policial argentino, “Asesinato a distancia”, una mujer, Herminia, de cabellera rojiza y que camina por la playa en shorts y con una raqueta en alto se burla de un conocido que se encuentra caminando y que va con un libro bajo el brazo, ella confiesa que le aburre soberanamente leer y que su inteligencia no asimila más que las revistas ilustradas y –aquí vamos- el Séptimo Círculo, la popular colección policial argentina. El relato en cuestión forma parte, con otros dos, de un libro Variaciones en rojo, que su autor había publicado, a mediados de los años cincuenta, precisamente en el Séptimo Círculo. De su autor, Rodolfo Walsh –éste descendió creo de barcos que provenían del hambre irlandés-, apenas sabíamos que Espasa editó en 2003, con relativo éxito –aventuro-, Variaciones en rojo y al año siguiente, en una colección policiaca de bolsillo, la misma editorial sacó otro puñado de relatos policiales.


Rodolfo Walsh (Choele-Choel, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) fue periodista, escritor, traductor y –como dice la solapa de dos libros recientes suyos- guerrillero. Como periodista se especializó en la investigación política con dos libros que son dos excelentes ejemplos del nuevo periodismo, tan divulgado en Estados Unidos cuando Walsh ya lo practicaba, a su manera, en su país. Los dos trabajos son Operación Masacre, la pormenorizada narración, contada a sangre fría, del fusilamiento clandestino de un grupo de opositores en Buenos Aires de 1956, y recientemente ¿Quién mató a Rosendo?, donde el nido de víboras donde tuvo que meter la mano periodística fueron los sindicatos mafiosos peronistas. Vuelve a salir Perón. Hombre fuertemente involucrado ideológicamente, militante montonero –aquella guerrilla urbana violenta, peronista y de izquierdas-, el 24 de marzo de 1977 envió, urbi et orbi, o introduciéndola en un buzón, Carta abierta de un escritor a la Junta militar. Al día siguiente fue secuestrado o ametrallado en la calle. Fue asesinado. Es uno más de los desaparecidos de la dictadura argentina. Como Haroldo Conti, otro escritor argentino secuestrado y desaparecido en Buenos Aires, en mayo de 1976, y autor de una novela Sudeste, que el año pasado recuperó la editorial Bartleby. En fin, los dos estupendos reportajes de Walsh los ha publicado  451 Editores.

En los últimos años de lucha política y clandestina Rodolfo Walsh había vuelto a escribir cuentos. Uno de ellos llevaba por título “Juan se iba por el río”, fue su último cuento. Su mujer Lilia Ferreyra lo resumía así: “Es la historia del argentino derrotado del siglo XIX; del último argentino antes de las grandes inmigraciones. Del hombre del pueblo que había sido llevado de guerra en guerra, de tropa en tropa; que sobrevive a su tiempo y ya viejo, recorre la memoria de su vida y de la época en que vivió”.


Ese cuento, que desapareció como su autor, fruto de la violencia de aquel tiempo, no aparece, claro está, en la edición de Cuentos completos, que con detallado prólogo de Viviana Paletta, acaba de publicar Veintisieteletras, una pequeña editorial que en 2007 editó una joya literaria, de la que hasta ahora no había tenido oportunidad de hablar.

Me refiero a una novela corta, 93 páginas, titulada El profundo Sur, de Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928), un autor del que desconozco todo –salvo esta joyita, sin exagerar-, proveniente de una familia de inmigrantes y que participó –qué haríamos sin las solapas, más próximas que Wikipedia- en los avatares del movimiento obrero argentino. Desde 1995 vive en la ciudad de Córdoba –cerca es de suponer de la serranía donde Cecil ladraba a su amo, Manuel Mujica Lainez- donde el escritor –leo, copio- coordina un ciclo de cine los viernes. Pues bien, esta espléndida novela corta, está contada desde cuatro puntos de vista, trata sutilmente de la violencia urbana, cuando a Buenos Aires, “el hogar de los sueños”, escribe Rivera, llega en los años primeros del siglo XX el eco sangriento de las revoluciones en Europa.  Una maravilla.

En el puerto, tal vez, están ya embarcando con su vaca lechera las hermanas Ocampo, o de los barcos, descendiendo (nuevos) argentinos. Puede ser.




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