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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Despertares en...

Sensación
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,               
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas               
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma...
 (Fragmento del poema de Arthur Rimbaud)


La máquina del tiempo no existe. Al fin lo sé. También sé, sí, lo sé, os reiréis de esa ingenua observación. El tiempo siempre ha sido una invención del hombre, diréis, para poder contabilizar sus experiencias, sus ensoñaciones, sus ciclos, sus intentos, sus pequeños logros que por muy inmensos que sean siempre son pequeños.
La máquina del tiempo sin embargo, mi propia máquina del tiempo, parece que se ha detenido hasta que haya alguna señal de que no es así.
Alicia está silenciosa, las ventanas siguen cerradas, las contraventanas siguen impidiendo que los intensos rayos de sol entren en la estancia templada, tibia más bien; una estancia que podría ser pero que no es. Una estancia que podría confortar pero que por alguna razón que se nos escapa a todos, no termina de reconfortar el espíritu de nadie. Vaya, diréis, sí vaya, diré yo también... esa es la estancia donde he de pasar la mayor parte de mis momentos que además ya no se pueden contabilizar ya que la máquina del tiempo, mi máquina del tiempo, parece no existir, parece haberse detenido hasta nueva orden.
Alicia se acerca a mí despacio y me acaricia. Su mano es un poco fría pero su caricia es tan reconfortante que me entran ganas de dejarme caer al suelo y llorar. Llorar horas, días, siglos. Llorar desconsoladamente siendo consolada, llorar buscando el alivio, llorar limpiando el alma. Mi alma, todas las almas. El alma tras el llanto se aligera, parece que se aligera y miro a Alicia, sus ojos no han dejado de observarme en ningún momento y siguen allí enfrente de mi mirada, disponibles, llenos de algo muy, muy cálido que me envuelve en una capa de cariño, de fuerza, de sentirme a salvo, pese a todo. Pese a todo y con todo. A salvo.
Alicia levanta mi rostro alzándolo desde la barbilla hacia la altura de sus ojos magnéticos y limpios ahora de la neblina que en otras ocasiones los envuelve. A salvo. Quiero estar a salvo. Ayúdame Alicia, ayúdame.
Alicia: Despierta, despierta de esa ensoñación de final. No hay final. Al menos aún no. No tengas miedo. Despierta de la autocompasión apocalíptica que ahora envuelve tu cuerpo asustado. Despierta. Despierta. Sacúdete la nostalgia. Lo que hay ahora ante ti, para ti, eso es lo que importa. Es lo que es. Lo demás, tanto lo que supones como bueno, así como lo que intuyes como malo, es una ensoñación. Una mera ensoñación. Así que despierta. Levántate y date cuenta de que tu tiempo aún está por transcurrir, aún está por venir, aún está por suceder, aún está por alcanzar las metas, las experiencias, las dichas... Despierta. Despierta y encamínate hacia la máquina de tu tiempo y enciéndela. Así de simple. Te levantas, caminas unos pasos, te espabilas, sueltas tu pelo, enseñas los dientes, los colmillos... y le das al botón de inicio o de reinicio... es lo mismo. Simplemente comienzas una vez más y sigues viva. Vives. Vive. Mira a tu alrededor, elige historias y cuéntalas, mútalas, cámbialas o refléjalas tal cual. Hay tanta y tanta gente que necesita que su historia sea escuchada, narrada, reflejada, transmutada, honrada... Hay tanta gente que necesita saber que no están solos, aislados, ignorados... Hay tantos rostros, manos, voces... Hay tantas miradas que necesitan ser vistas. Así que levántate y ve. ¡Ahora!

 

 

Pequeños Deberes: Si tienes una historia que necesita ser encontrada... Escríbela, escribe, escríbeme y déjala emerger...

 

 

...¡Despierta, despierta de esa ensoñación de final. No hay final. Al menos aún no. No tengas miedo. Despierta de la autocompasión apocalíptica que ahora envuelve tu cuerpo. Despierta. Sacúdete la nostalgia!... 




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