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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Siete años en Kittur


Aravind Adiga (Madras, 1974), ganador del premio Man Booker en Inglaterra y finalista a libro de año en muchas revistas literarias especializadas de los USA en 2008 con aquella deliciosa y sardónica novela titulada Tigre Blanco, vuelve a la carga con una nueva obra titulada El faro de los libros (Miscelánea).

Dejando esta vez el inmenso escenario de la anterior, la populosa Delhi, nos traslada más al sur, a la costa del mar Arábigo, exactamente a la pequeña ciudad de Kittur donde alza sus ficticios decorados (la verdadera Kittur Karnataka está situada a unos cientos de kilómetros al este en el interior del país), y durante siete años, que van desde 1984, año del asesinato de Indira Ghandi, al 1991, año del asesinato de su hijo Rajiv, nos pasea y va mostrando todo un abanico de historias que suceden en sus barrios entre los habitantes que los pueblan.

Amalgama de culturas y creencias de diversos matices donde se hablan un montón de lenguas y dialectos ─como sucede en el resto de la India─ en Kittur conviven hindús (de todas las castas), cristianos (más de lo normal en estas tierras, pero la cercanía de Goa y la colonización portuguesa lo explican), musulmanes (suníes y chiitas), y otras religiones en tantos por cientos cada vez menores, en una mixtura cultural que propicia encuentros y desencuentros, luchas y rivalidades, drama y comedia.


A este microcosmos que funciona con las desconocidas leyes de un hormiguero Aravind Adiga acerca su crítico e irónico ojo, inventándose una geografía urbana delirante donde mueve a sus criaturas al paso que va desmantelando, como lo hacía en su anterior novela, esa visión deformada sobre el exotismo y misticismo de la India que tenemos en Occidente debida principalmente al desconocimiento de su verdadera idiosincrasia por parte de sus colonizadores y de muchos viajeros que la han visitado a través de los tiempos y nos han intoxicado con su parcial y torticera visión de la realidad.

En esa corte de los milagros hindú, que parece sacada de una novela picaresca española del siglo de oro, y donde sus integrantes se esfuerzan en sobrevivir venciendo las dificultades diarias que se ven obligados a sufrir, se hace válido el amargo mensaje que resaltaban aquellas desesperanzadas novelas nuestras : el de que la bondad nunca es recompensada. Es por eso que, poco a poco, y a pesar de su aire festivo y mordaz, que a veces arranca la carcajada del lector, Adiga va instalando también en su ánimo la impotencia y el desaliento de la mayoría de estos seres olvidados que soportan sobre sus espaldas la terrible realidad de una vida misérrima sin ningún atisbo de futuro.

Hay risas, como digo, e ironía y hasta a veces cruel sarcasmo, en la novela, pero también es cierto que al contrario que en Tigre Blanco el autor muestra esta vez una enorme compasión hacia sus compatriotas que retrata con conocimiento absoluto logrando un dagerrotipo exacto y contrastado de ellos sean estos héroes o villanos, víctimas o verdugos, o simplemente extras que pasaban por allí, atrapados todos en las ratoneras que el sistema de castas, o las distintas religiones, o las reglas sociales, o la justicia ( más bien injusticia) han construido a través de los siglos para mantenerlos sojuzgados.

Esta caricatura agridulce, sarcástica, muchas veces hiriente y las más, tolerante, conforma uno de los retratos más lúcidos y político/religioso/socialmente incorrectos que sobre la India se han escrito en estos últimos años.




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