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El pizarrín

Javier Goñi

Un, dos, tres, al escondite español

Déjenme que les diga que Unamuno advertía que había que tener cuidado con Azaña, porque era un escritor sin lectores, y un escritor sin lectores por tenerlos –aseguraba- era capaz de hacer una revolución. A Baroja, que era melindroso y prudente, le parecía, según frase que recoge Moreno Villa, que los del 98 habían quedado muy mal en esa guerra, les cogió mayores, a lo que se ve. Otro, joven, y con muchas dioptrías, por eso, y por tener familia, acaso guerreó poco, aunque veía en ella –la guerra- algo indudablemente hermoso. Un deporte de hombres, dejó escrito –entonces, se recupera la carta ahora- el gran autor de La saga/fuga de J. B. ¿Hay que decirlo, pues se dice?: una de las mejores novelas publicadas en España desde hace 40 años. Es opinión. Mía.

Andrés Trapiello en un prólogo –otoño de 2002- se confesaba, por las pocas universidades que lleva a sus espaldas, varón (santo, no me atrevería a calificarlo, que igual que tiene sus partidarios, este rincón es de los de los afectos, tiene sus desafectos, y tanto los primeros como éstos otros bien merecidos) de poco aparato; varón de poco aparato se definía pues le había puesto, para el gusto universitario, pocas notas a pie de página a ese libro –éste-, que nos va acompañando –a hunos y a hotros- desde hace más de quince años.


La cosa empezó en marzo de 1994 cuando Planeta publicó Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), un personal y muy documentado ensayo, a camino entre la historia y la literatura, una suerte de cesto de cerezas a modo de bestiario de unos y otros –ambos unamunianamente castigados con las banderillas negras de esas haches ignominiosas, las haches de los hunos y de los hotros-, de un tiempo que existió, cuando los jóvenes intelectuales de huno y de hotro bando jugaron trágicamente al pim-pam-pum con el contrario. Un tiempo maravillosamente adelantado por César Arconada –un buen escritor comunista- quien decía aquello de que –entonces- sólo se podía ser fascista o comunista. Lo que no cabía ser es liberal. No darle cuartelillo o –mejor- morcilla a la tercera España, y cómo se la dieron. ¿Hay que decirlo, pues se dice?: uno de los mayores aciertos de este libro de Trapiello es ver cómo esa posible tercera España fue laminada por hunos y por hotros. Arconada, con las cosas claras. Torrente Ballester, píndaro con camisa azul que tú bordaste ayer y dándose de bruces con el espíritu deportivo y viril de la guerra. María Zambrano con pistola en el 36. ¿Le quedaba bien la pistola a María Zambrano en los jardines de la Resi aunque no la tuviera que desenfundar ante un solícito Ortega y Gasset, prócer de la patria, con calle en Madrid, dónde hay que firmar, si hay que firmar se firma? Si incluso Eugenio d´Ors, con uniforme de Falange hecho a mano y a su modo estético le hace prometer o jurar por los Ángeles Custodios a un melindroso y prudente Baroja en la Salamanca del Caudillo y el vasco, escéptico, se pliega: pues lo que sea costumbre, jurar o prometer.

¿Las mujeres –María Zambrano- desenfundan las pistolas? (Pregunta estúpida de paisano: cómo se desenfunda.) Ay, María Zambrano, que te recuerdo, una tarde de noviembre de 1984, en una casa de las traseras del Prado, cabe Los Jerónimos, dejándose que se fuera la tarde –sin recurrir a la electricidad-, fumando un cigarrillo tras otro que colocabas con coquetería de mujer muy mayor en una boquilla de nácar, y yo te entrevistaba, María Zambrano, para Diario16, y hablábamos de los Claros del bosque (Seix Barral) y tú del pan del exilio, ese pan que, al cruzar la raya fronteriza, una niña te ofreció, os ofreció, españoles republicanos en derrota, ese pan que tal vez le faltó a Antonio Machado, el bueno, y a su madre, cruzando la frontera y, extraviada, musitando: “cuándo llegaremos a Sevilla”. Don Antonio Machado, su madre, la familia de su hermano José. Acaso la Tercera España. Y también Juan Ramón Jiménez y Zenobia, que lograron salir hacia EE UU, vía Cuba, gracias a Azaña, ese escritor sin lectores –en la malicia de Unamuno, que se las traía, y tuvo su final, y qué final, en Salamanca-. Azaña. Acaso la Tercera España. Subrayo en Trapiello lo de la pistola de María Zambrano y te recuerdo –me permitiste tutearte- con tu boquilla de nácar, la luz de la tarde yéndose para no volver hasta el día siguiente y dedicándome esos Claros del bosque: “…con simpatía y cierta inexpresable, hoy día, esperanza, cordialmente María Zambrano, Madrid, noviembre 1984”.


Pedro Luis Gálvez con sus dos hijos.

Ay Arconada despiojando liberales, ay Torrente encontrando ardor deportivo con más fervor que Píndaro, ay María Zambrano contoneándose con pistola por los jardines de la Residencia de Estudiantes.  ¿Y no es ése –se pregunta Juan Ramón Jiménez- León Felipe alardeando de llevar un abrigo de pieles que perteneció a un aristócrata a quien apiolaron porque así estaban las cosas? ¿Le sirvió de algo a Pedro Luis de Gálvez –que espero que salga junto a estas líneas con dos criaturas- aquel soneto dedicado al Caudillo cuando ya era reo de garrote vil: ese soneto: “… venga en buena hora el yugo del Caudillo, / partan las cinco flechas, en un vuelo, / contra la corva hoz y su martillo…”? No, no le sirvió de nada, le dieron garrote vil. De Gálvez, no mal sonetista, escribe Trapiello, al final de su libro, en el apartado “Las personas del drama”: en las novelas de Agatha Christie, “dramatis personae”. De Gálvez, digo, escribe Trapiello: “Poeta. Un bandido. Con talento; de bandido y de escritor. Uno de esos personajes pintorescos e imprescindibles en una novela, pero capaces de amargarle la vida al que se cruza con él.” Al que se cruza con él. Debo haber leído en algún sitio, no aquí, en Trapiello, que estando Gómez de la Serna en la terraza de un café en los primeros días del Desastre vio pasar con un pistolón a Gálvez, no mal sonetista, y Ramón se dijo para sí que era el momento de poner pies en polvorosa –llegó hasta Buenos Aires- si por las calles ya iban los Gálvez con pistola.


Y así. Estábamos con que Trapiello publicó en Planeta en 1994 la primera versión de Las armas y las letras. La amplió en 2002 en Península y ahora, en estos días, muy revisada y con más documentos, saca una nueva – hermosísima y cuidadosísima- edición en Destino.Que no pretende ser la definitiva: las cunetas de los archivos y de los encuentros fortuitos –una foto sobre la belle epoque con olor a pólvora de un desprejuiciado Alberti, unas líneas aclaratorias de Neville sobre Lorca, la exaltación pindárica de Torrente Ballester, fruslerías, en fin- están todavía por desbrozar. Así que Trapiello, ni corto ni perezoso, nos emplaza a por lo menos dentro de quince años más, para ver qué encuentra. Cómo andaremos.

Como sé que se muestran mutuo afecto, no les extrañará a uno y a otro el que alterne la lectura de ambos libros; y es que el pasado Día del Libro me dediqué el tomo 6 de la Historia de la literatura española, que dirige el profesor José-Carlos Mainer –es el maestro de literatura contemporánea que más seguidores tiene sin haber tenido que pisar nosotros sus lectores un aula universitaria zaragozana. El propio Mainer ha escrito –él sólo: este proyecto de manuales de literatura que saca en el siglo XXI la editorial Crítica es decidida y arriesgadamente anacrónico: cada época lo escribe una sólo persona, como si fueran un alborgo un valbuenaprat cualquiera o también un maxaubo un ángedelrío-, el propio Mainer ha escrito el tomo 6: Modernismo y nacionalismo, 1900-1939, que es, desde la erudición universitaria y la estupenda pluma del profesor Mainer, la adecuada antesala para (re)leer el ensayo -¡también unipersonal!- de Trapiello. Es un recurso fácil e incluso estúpido subrayar eso de que aquellos polvos trajeron estos lodos. Pero qué duda cabe que el ensayo universitario de Mainer y el ensayo literario –extremadamente documentado- de Trapiello pueden y deben leerse juntos, todo seguido. Unas aguas y otras, fétidas o no, se vierten indistintamente a un lado y al otro.


No sé si el profesor Mainer cobra royalties cada vez que utilizamos la expresión La Edad de Plata, pero cómo no citar su obra original si dirigimos la mirada hacia atrás y nos situamos en ese mal contado medio siglo de oro de vida cultural que iba desde el 98 al 36, de un Desastre a otro, ese un, dos, tres, al escondite español –o laberinto- que no rima ni nada parecido –al contrario de: un, dos, tres, al escondite inglés-. Con orgullo puedo decir que conservo –ahí está la portada- la primera edición del más conocido de los libros de Mainer, La Edad de Plata (1902-1931). Ensayo de interpretación de un proceso cultural, publicado en marzo de 1975 en Barcelona en Los Libros de laFrontera, sello editorial entonces de José Batlló, poeta y editor, del que habla, por cierto, Esther Tusquets en sus recientes memorias en Bruguera, Confesiones de una vieja dama indigna.

En el prólogo a esa primera edición (muchos años después, corregida, aumentada y canonizada, publicaría una nueva, y supongo definitiva, en Cátedra: yo tengo subrayada la de 1975) decía con una modestia que –en mi opinión- no se corresponde con lo que supuso este libro en su momento que aquello era “un intento de interpretación global de una etapa de la cultura española, pensada para divulgar unas ideas muy básicas entre una audiencia de estudiantes de segundo y tercer curso o de simples lectores rasos de las obras que aquí se comentan”. Las comillas las tengo subrayadas desde entonces y leídas, la otra tarde, me resultan por lo bajo del listón puesto casi hasta ofensivas para nosotros, lectores de entonces, que veníamos de donde veníamos y crecíamos donde crecíamos. A mí me descubrió un mundo. El periodo cultural español que más me interesa. A mí…, a mí, y qué: a quién le importa lo que a mí me interesa.

Por razones que de ninguna manera son ideológicas –muy al contrario; y dale, que a quién le interesa esto- siempre he sentido cierta fascinación literaria por los dos extremos, por los azules –un Foxá: Madrid, de corte a cheka, me parece una gran novela de corte valleinclanesca; los Sánchez-Mazas que publicó Trapiello en Trieste, y regaron su dizque martirologio; Ridruejo, desde luego; Torrente Ballester, siempre y (casi todo); las memorias (auto)exculpatorias de Laín Entralgo, en fin los laínes, que decía con ingeniosa malababa Umbral- y por los rojos: más que los Rejano, Serrano Plaja, Herrera Petere, etc., bastante justamente olvidados, por los del exilio, la mayoría, por cierto, pertenecientes a esa tercera España, que reivindica Trapiello en esta tercera (por una le ha superado a su admirado Quijote) salida de su ensayo Las armas y las letras, de título de estirpe cervantina fácilmente reconocible.


Por cierto, a mediados de los años ochenta a los rojos tibios que éramos algunos lectores nos riñó el profesor de Literatura Española de la Universidad de UCLA (EE UU: es importante esta precisión: sólo en un sistema universitario como el norteamericano puede uno gozar de espacios muertos y años sabáticos como para preparar tales mamotretos), Julio Rodríguez Puértolas al publicar en dos tomos (el primero dedicado a la historia, el segundo, una antología de textos de 1279 páginas, que menudo escrutinio: con aquella gente simpatía las mínimas) Literatura Fascista Española, en Akal (1986-1987), en una colección que se llamaba (me doy cuenta esta tarde de mayo de 2010, tanto tiempo después) “España sin espejo”. La gracia editorial es que la colección donde apareció la primera edición de Trapiello, en Planeta, se llamaba “Espejo de España”, un proyecto –personalísimo; leyendo sus memorias de editor, decepcionantes, las memorias, no su labor de editor, aparecidas en Ediciones B, se ve que todo lo que hacía era personalísimo- de Rafael Borrás, donde publicaron, además de algún rojo, algún cenetista y gente así de mal vivir, más ministros de Franco y golpistas o que estaban en el ajo del 23-F, que en ningún otro sitio. Este párrafo no tiene más sentido que el que me haya hecho gracia, esta tarde, confrontar ambas ediciones, la de Trapiello y Puértolas: la anécdota está al margen de la calidad y de los saberes de ambos autores.


Valencia, 1937. Cernuda, Altolaguirre y unas amigas.

Pero hora es ya de acabar este pulso entre rojos y azules y recordar tan sólo un nombre, recuperado en estos últimos años, y que sin duda a Andrés Trapiello le agradará personalmente. Pues tal vez uno de los nombres que mejor personaliza esa otra España, la tercera, que acaso no existe, pues cuando está de mano de la desrazón que las cosas hay que airearlas y orearlas a la manera deportivo-viril de los garrotazos, sólo caben dos contendientes. Cuándo se ha visto un duelo a tres. En fin, la España que no pudo ser, y debió ser, sería esta tercera, una España estupendamente (re)tratada en el libro de Trapiello. Y dentro de ésta, un nombre, un periodista, Manuel Chaves Nogales, el director de Ahora, el diario de Azaña, que vio claro a dónde iba el encono del 36 (son impresionantes y esperanzadoramente equidistantes, si es que los duelistas o los amigos del garrote acaso fuesen lectores, los cuentos reunidos en A sangre y fuego, publicados en 1937, rescatados del olvido no hace mucho tiempo en Espasa, unos cuentos que llevaban por subtítulo el de Héroes, bestias y mártires de España: sobran, pues, más palabras). Chaves, perseguido por los nazis, huyó a Inglaterra, ese país rodeado por agua, donde se refugian los liberales españoles, y allí murió en 1944.


De Chaves Nogales los lectores de Alianza Editorial recordamos una extraordinaria biografía, Juan Belmonte, matador de toros, que por azares editoriales se había colado en el catálogo desde los primeros números (le pregunté una vez a Jaime Salinas, entonces editor de Alianza, por ese título de Chaves Nogales y me lo justificó además de por qué es un extraordinario libro de nuevo periodismo, escrito en España en los años treinta, porque creía que procedía de viejos catálogos de Revista de Occidente). No hace tanto, cuando Chaves Nogales era tan sólo una línea en el cementerio de las reparaciones hispanas, dineros autonómicos andaluces sacaron dos tomazos con toda o casi la obra de Chaves Nogales: ahí estaban los impresionantes cuentos de la tercera España, en los que nadie reparó (los descubrimos muchos, lo confieso, en la edición de Espasa) y sus demás libros. Yo los sopesé en una librería: el excesivo peso y el excesivo precio me disuadieron. Menos mal que un joven editor catalán, Luis Solano, de Libros del Asteroide, con catálogo nada dedicado a autores españoles (si no me equivoco, además de Chaves Nogales, un Pla; un momento, un momento: se me habían olvidado Antoni Marí y el boliviano Edmundo Paz Soldán), se ha puesto a la tarea de rescatar algunos libros de Chaves Nogales, el citado Juan Belmonte y otra muestra de periodismo de muchos quilates de la época, El maestro Juan Martínez que estaba allí, las andanzas de una pareja de artistas flamencos españoles que recorre a uña de caballo, pasando mil penalidades, la Rusia bolchevique de losprimeros meses. Al parecer, sobrevivieron y Chaves se los encontró en París en los años treinta y les grabó aquella aventura. Es un libro tan novelesco y fantasioso (además de fantástico) que cuesta creer que no sea ficción sino crónica periodística. Y en fin, por último, en Libros del Asteroide acaba de aparecer La agonía de Francia, la crónica de cómo los franceses en 1940 escondieron en sus mansardas su chovinismo y tuvieron que aceptar ver cómo desfilaban los nazis por los Campos Elíseos. El republicano español tuvo que huir, pero periodista hasta el final aún tuvo tiempo de escribir este libro de crónicas de la Francia de Baladier, la de monsieur Bonnet, la que recibe a Lequerica, la Francia de la Liberté, Qui est-ce? C´est la police… Esto pertenece a Vida bilingüe de un refugiado español en Francia, de Alberti, y Alberti no sale muy bien parado en Las armas y las letras, de Andrés Trapiello. Así que lo dejamos.




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