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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El comunista malgré lui


He aquí la historia de una desmesura tragicómica, al modo de los melodramas clásicos que el cine de los años cuarenta y cincuenta nos enseñó a amar ─y aquí se acaban las similitudes─; escrita con mucha soltura eso sí ─lo que es ya un mérito en una narración donde la acumulación de hechos podría convertirla en un zafarrancho sin sentido─; y aderezada con un humor tan sórdido como la vida de sus protagonistas.

Víctor Gálvez es un millonario productor de cine con problemas de conciencia que decide rescatar su propia “memoria” juvenil escribiendo un guión sobre sus andanzas en la España franquista como participante de un minúsculo grupo revolucionario que se dedicó a asaltar bancos para financiar el advenimiento de una revolución proletaria. Hijo de un comisario franquista y represor ─no podía ser menos─ y más cosas que uno se va imaginando antes de que se las cuenten, logró su enorme fortuna gracias a un golpe de suerte al delatar a sus compañeros de correrías políticas y delictivas y quedarse con el botín de sus atracos.

Tras pasar unos años en la cárcel se reincorpora a la vida normal y se convierte en productor de cine sólo para deslumbrar a la mujer que quiere. Logra casarse con ella, claro, pero le sale ligeramente adúltera. Dos hijas adorables hasta la pubertad le han alegrado la vida, pero ahora se han convertido en dos súper pijas que apenas le hablan y le desprecian mientras saquean su cuenta bancaria; su padre, ya jubilado, le sigue puteando vía materna, y ahí también hay un secreto.

Hay amigos resentidos, periodistas envidiosos, psiquiatras enamoradas, etc., etc. Y todos parecen tener una cosa en común: su deseo de joder la vida al pobre Víctor. Con una vida así, la verdad, yo también me inventaría otra, pero no una que me lleve a la catástrofe como el protagonista; aunque la verdad y bien pensado se lo tiene merecido por cínico y amoral.

Ramón de España, empeñado desde hace tiempo y con desigual fortuna en presentar la realidad sociopolítica de nuestro país a través del tamiz de la crítica bien humorada, a ratos esperpéntica, de su obra, parece querer con El millonario comunista (Duomo) ir más allá y echar un poco más de sal en las heridas de estos personajes arquetipos de otros reales, fácilmente reconocibles, que cruzan sus vidas en una historia llena de rencillas e imposturas, de infortunios y odios subterráneos, de secretos y falsedades, que a veces roza el folletín radiofónico, sobre la podredumbre de la sociedad española actual. Esta irónica desmesura, a pesar de todo, consigue enganchar al lector viajero ─ fue mi caso─ y llevarle a un final anunciado donde el autor, en un sano ejercicio de libertad democrática, corta cabezas a la diestra y a la siniestra.




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