Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Zángano de colmena, inútil, cacaseno


Déjenme que les diga que nos hemos pasado todo el invierno, tomando partido por si Cónsules de Sodoma –o ¿Gomorra?– sí o por si Cónsules de Sodoma, no, y nos ha estallado la primavera y aquí está, una vez más, el auténtico JGB, y uno no quisiera escribir –esta tarde de domingo, primero de mayo, primero de mayo el domingo, primero de mayo fue ayer, sábado–, contra JGB, que contra él ya escribió JGB el célebre poema “Contra Jaime Gil de Biedma”, ese verso, zángano de colmena, inútil, casaseno, por ejemplo, y otros; y uno –más bien– quisiera escribir esta tarde de domingo, primero –primer domingo– de mayo, a favor de JGB.

Este primer domingo –primero de mayo– en el que Esperanza Aguirre Gil de Biedma –pariente– nos ha cerrado el centro de Madrid, con caballos en uniformes de gala y coches oficiales, porque se celebraba la kermés antinapoleónica, con guión de José Luis Garci y Arturo Pérez Reverte y Espe Aguirre Gil de Biedma –parientehaciendo de Manuela Malasaña–, me he encerrado en casa –ese verso y medio, poseer una casa y poca hacienda/ y memoria ninguna…–, a leer, esta primavera espléndida, a JGB, sus cartas, El argumento de la obra. Correspondencia, que para Lumen ha preparado Andreu Jaume, unas doscientas treinta, así a ojo de buen cubero, y se han colado un par de postales  e incluso –creo– un telegrama; y también a (re)leer sus Obras. Poesía y prosa, ese tomo que acaba de poner al alcance de sus lectores Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, con introducción de James Valender y edición de Nicanor Vélez. Sus versos –admirables– de Las personas del verbo, esas obras completas de un poeta inmenso y que cualquier lector cabal puede llevar con dignidad bajo el brazo, sin forzar el gesto. Ese diario –estremecedor– que es Retrato del artista en 1956. Y sus ensayos –siempre lúcidos–, el Cántico, de Jorge Guillén (conmueve en el epistolario el respeto con el que escribe a don Jorge), tan minuciosa y atentamente analizado.


Se ocupa, sí, de Guillén y de Cernuda, y también de Espronceda. Que lo hiciera con Auden o T. S. Eliot, sí, claro, no cabía esperar otra cosa. Pero ¿y Espronceda? He tenido, ahora, que leer estas cartas de JGB para entender el interés que mostró en su momento por el escritor romántico español. El ensayito sobre Espronceda me lo había saltado en su día –es de imaginar– cuando la ed. Crítica publicó sus textos –fue un crítico no profesional muy perspicaz– recogidos en El pie de la letra (1980, y ahora en este tomo de Galaxia Gutenberg). Y aquel texto, con variantes, era el prólogo que le había puesto ¡en 1966! a una edición de El diablo mundo/ El estudiante de Salamanca/Poesías que salió en uno de los primeros números de la siempre –para mi generación– inolvidable colección de bolsillo de Alianza Editorial. Era el número 29 –por algún margen de este texto deshilvanado es de suponer que aparecerá la cubierta– y ha dormido en mi biblioteca el sueño de los (in)justos desde mis tiempos de estudiante universitario de Letras. El día que en la Complutense tocaba Espronceda uno debía estar en el bar del Edificio B de Letras leyendo a Borges, entonces tocaba. Le pregunta JGB a Ferraté, Juan, en carta de 1962, si hace tiempo que no ha releído a Espronceda, y añade, JGB, “es un poeta sensacional”.


Juan Bonilla

Zangolotino, necio, cacaseno, aquel estudiante universitario de Letras, que ese día no fue a clase a descubrir a Espronceda, porque tocaba Borges. Y es que ya lo escribe Juan Bonilla en Cháchara (Ed. Renacimiento, 2010), un poemario que obtuvo el otro año el Premio Villa de Rota y que se publica con el empuje de la Fundación Alcalde Zoilo Ruiz-Mateos, que es nombre de fundación que acompaña muy bien a un merecido premio de poesía. Y me encuentro en Cháchara un apartado que lleva por mal –o buen, según; tachar a conveniencia– nombre el de “Imitraiciones” y, cómo no, una de estas imitraiciones de Bonilla es la que perpetra con el célebre poema de JGB –uno de los más conocidos de entre los suyos–, ése que tituló JGB “No volveré a ser joven” y Bonilla, en Rota, “No volverás a ser joven (ni falta que te hace). Imitraición de Gil de Biedma”.

Ese poema –espléndido– de JGB, cuyos cuatro primeros versos son:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
–como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Ese poema –divertido– de Bonilla, cuyos cuatro primeros versos son:

Que la vida no va en serio
lo empezamos a comprender muy pronto.
Como todos los jóvenes vinimos
fundamentalmente a hacer el tonto.

Y los cuatro últimos versos –espléndidos– de JGB son:

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Y los cuatro últimos versos –divertidos, o quizás no tanto; acaso amargos– de Bonilla, no son cuatro sino ocho, y  son éstos:

Pero ha pasado el tiempo
y no nos divertimos en la feria
del mundo. Sólo aprendimos esto:
que la vida no es seria.

De todo los que pudimos ser
en el espejo no nos queda nadie.
Eso es envejecer:
Cualquier futuro ya nos viene grande.


Por cierto, “No volveré a ser joven”, ese amargo “carpe diem”, no lo leyó JGB el 9 de diciembre de 1988, en esa mítica “Lectura de poemas” que realizó en Madrid, en la Residencia de Estudiantes. No le interesa a nadie, pero a mí sí: ese día, a última hora, por pereza, no subí hasta los juanramonianos Altos del Hipódromo, no me acerqué a la Resi, no le escuché en vivo en la que fue sin duda su ultima lectura en público. Estaba ya enfermo y poco más de un año después, en enero de 1990, murió a los 60 años. De sida. El audaz director de un periódico que había salido, unos pocos meses antes, a ponerse el mundo por montera mandó a Barcelona a uno de sus redactores a ver si recogía, “entre las ruinas de mi inteligencia”, la suya, la de JGB, los cascotes de sus amantes, de sus novios, de esos cuerpos que tanto le gustaban en la noche anterior y junto a los que se despertaba, al amanecer:

Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.

Así comienza ese poema –estremecedor–, “Albada”, hay que oírselo a él recitar. No estuve yo –¿y usted?, ¿y tú?– en aquel acto de la Resi del poeta ya seriamente enfermo, en diciembre de 1988. Pero se puede oír –estremece, yo lo he hecho esta tarde de domingo primero de mayo– en el libro-cd, La voz de Jaime Gil de Biedma, que editó en 2001 la Residencia de Estudiantes. Y esta tarde escucho su voz:

…Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
            que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
              en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
            desde el amanecer…

No sé si esta imagen aparece en la película –no la he visto–, pero sí la recuerdo perfectamente en la biografia  –también polémica– que le dedicó Miguel Dalmau, en Circe (2004): cómo el poeta se adentraba como hombre en esas noches (un par de versos: “sus vergonzosas noches de amor sin deseo / y de deseo sin amor”) y cómo al otro día, de muy mañana, pasaba por casa, se duchaba y se iba –sin más, con toda la noche encima– a trabajar, a su despacho de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, un edificio majestuoso en el número 109 de la Rambla de Barcelona: el otro día que estuve en Barcelona, en la planta de la calle había un restaurante y un bar de copas, catalán, de diseño. Con buen tiempo, arriba, en la terraza se toman mejor las copas; el otro día estaba cerrada, la terraza, no era todavía temporada. Compañía General de Tabacos de Filipinas, una razón social propia de un poeta como JGB.


Y según leo en el libro-cd –regreso al recital de la Resi, después de leer este impresionante– poema, “Albada”, JGB hizo una pausa: “Y ahora, con permiso de ustedes, me voy a tomar un trago de Bisolvón porque me está picando la garganta…”; lo hizo, darle al Bisolvón, y después volvió a su lectura comentada y leyó uno de los más hermosos poemas de amor que uno recuerde –lo cual no significa nada, ciertamente, pero enfatizo convencido mi afirmación, por si tuviera algo de razón–. Es el poema del libro Moralidades, “Canción de aniversario”, que esta tarde se lo oigo recitar a JGB mientras abro la página 185 de mi nueva edición de Galaxia Gutenberg.


Es una canción de aniversario, y en la memoria del poeta son seis años, aunque bien podrían ser –no sé– tres años largos, o casi cuatro, o según,  qué más da, y es ese poema que comienza así –escuchadle–:

Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;

Y ese final:

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
–mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común–, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Cuando se escribe un tan hermoso poema de amor como este de JGB lo menos que puede hacer el lector es tener a alguien a quien dedicárselo, ¿no?

Estos y casi todos los otros poemas de JGB están contenidos en Las personas del verbo, el libro publicado en 1975 en Barral Editores y después en 1982 en Seix Barral, que es el volumen que guardo dedicado. En total 179 páginas: toda su poesía, o casi. 212 páginas, incluido el prólogo de Carme Riera, en la edición de Lumen (1998): toda su poesía, o casi. 171 páginas, en la edición de ahora de Galaxia Gutenberg: toda su poesía, o casi.


 

 

Sólo le entrevisté una vez, en abril de 1982, en Madrid, en casa de su gran amigo Jaime Salinas, en la calle de Don Pedro, cerca de Bailén. Era un hombre bajo, corpulento, calvo –comenzó a serlo muy a principios de los años sesenta: hay alguna referencia en sus cartas recopiladas ahora en Lumen–, lo demás todo fue positivo. Amable, paciente. Creo recordar que fumaba. Un habano. Y fue contestando a mis preguntas, amable, pacientemente. Se recordaba joven, a los diecinueve años escribiendo versos que no se han conservado, aunque –entonces– recordaba mentalmente el primero. No me lo recitó. Se recordaba queriendo ser poeta para plantarle cara a la vida, escribiendo, “como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante”. Esos dos versos, ya los he citado, de “No volveré a ser joven”; ése era uno de sus dos poemas preferidos –me dijo–, el otro: “Contra Jaime Gil de Biedma”.

Sonreía con humildad franciscana –era el tópico hecho pregunta periodística– si se trataba sobre la lentitud o no, el por qué de su breve obra poética. Y volvía a sus inicios, cuando creía –erróneamente– que el escribir mucho suponía considerarse mejor poeta. Con el tiempo –me explicaba entonces– se aprende que de los grandes poetas sólo han quedado unos pocos puñados de poemas, y enumeraba a los trovadores provenzales, a Manrique, a Garcilaso, a San Juan de la Cruz. Creía que trabajar fuera de la poesía –su dedicación como abogado, como ejecutivo de la Compañía General de Tabacos de Filipinas– le sentaba bien a su obra. “Yo empecé a escribir buena poesía cuando me puse a trabajar. Si no hubiera trabajado, hubiera sido distinto y posiblemente peor. Ser poeta es actividad rigurosamente privada, como ser amante. Como poeta, las relaciones humanas son muy limitadas, no posees el conocimiento, la experiencia y el material necesario para escribir. Un poeta en cuanto poeta no es un ser social, es una no–persona.” Aquella entrevista se publicó en la revista El socialista, en mayo de 1982, y una recreación de la misma apareció por esas fechas en El Norte de Castilla, el viejo periódico de Valladolid, con el que estaba –cosa que yo entonces ignoraba– familiarmente relacionado, pues su madre, María Luisa Alba Delibes era hija del político y empresario de prensa Santiago Alba.

Aquel texto mío en El Norte de Castilla nos sirvió para intercambiar un par de cartas que conservo en alguna remota gaveta y que aparecerán a poco que las busque –confío–. Al fin y al cabo, el otro día en un catálogo de una librería de lance por Internet leí que se ponía a la venta una carta manuscrita de JGB con un precio de 1.500 euros, y dice así el reclamo: “Fechada en Barcelona, el 17 de julio de 1975. 2 cuartillas escritas a doble cara. Sobre amarillo de la Compañía General de Tabacos de Filipinas con el membrete tachado y en su lugar la dirección de Maestro Pérez Cabrero. Carta muy interesante dirigida a un ‘lector agradecido’ de Bilbao en la que Gil de Biedma comenta su obra, la desaparición de un ejemplar de Compañeros de viaje de la Biblioteca Nacional, la publicación de Colección particular, que en 1975, cuando publicará Las personas del verbo, sigue considerando ‘razonable y definitiva’, etc.”.

1.500 euros. Acabo esto y me pongo a buscar ese par de cartas que me envió JGB, no por nada, sino por el placer de saber que las tengo. Para siempre.




Archivo histórico