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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

El amor al límite


El tercer largometraje del realizador británico John Marbury, es una estilizada recreación de los años de juventud del poeta galés Dylan Thomas. Como en su primer filme, El amor es el demonio, Marbury huye de la biografía al uso a favor de un ejercicio de estilo y una apuesta eminentemente estética –y también algo esteticista– que debe un ápice al cine de su compatriota Derek Jarman. En el límite del amor, narrada de forma abrupta, mezclando texturas, músicas, colores y los poemas del propio Thomas, nos acerca de un modo un tanto oblicuo a las vidas azarosas de cuatro seres que se aman y se odian en una Inglaterra atemorizada por la Segunda Guerra Mundial, es una meticulosa si bien algo descompensada ópera visual sobre la dificultad de conjugar el amor y la vida, el talento y la dignidad, el arte de escribir y el oficio de vivir.

Marbury logra una atmosfera enrarecida y subyugante, aun a costa de entorpecer la narración y de desarrollar de un modo algo simplista la atormentada psicología de los personajes, unidos y separados por los recuerdos, la pasión, la guerra y el progresivo desencanto existencial. La película trata de dar entidad audiovisual al universo crispado y personalísimo de uno de los poetas en lengua inglesa más importantes del siglo pasado, pero fracasa parcialmente en el relato de su vida, sus amores, encuentros y desencuentros, debido, en parte, a un reparto descompensado en el que solo Siena Miller como la mujer de Thomas logra construir un personaje sólido frente al hieratismo de Cillian Murphy y el histrionismo de Keira Knightley y Matthew Rhys.

Es Marbury un artista tentado por el exceso y el efectismo que aquí, no obstante, consigue quizá su filme más sólido, ya que las imágenes de archivo y la mezcla de formatos no sientan mal del todo a un relato desgarrador sobre la pérdida de la inocencia, los celos y la lucha por la supervivencia en un mundo amenazado por el militarismo y la ignorancia. El límite del amor está llena de lirismo, arropada por una música exquisita y decorados cuidados al detalle, pero curiosamente las secuencias más intensas son aquellas en las que el director deja de lado el manierismo y permite a los personajes evolucionar en interiores buscando desesperadamente el equilibrio vital y la madurez emocional.




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