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Errata

Evaristo Aguirre

Es la historia


H. Slater, en la guerra española

“Pero eso es remover el pasado…”, decía un amigo el otro día hablando del embrollo de ese juez que inició una causa (discúlpenseme las inexactitudes jurídicas) contra los crímenes de la dictadura franquista y al que andan queriendo empapelar. Claro, eso es lo que hay que hacer sin parar, mover y remover el pasado; volver a pensar en las causas y en las consecuencias de lo que ocurrió. Eso se llama historia, y es algo más, mucho más, que una de las asignaturas de nuestra escolarización. Lo que sería inaceptable es que a los hijos o los nietos de determinado verdugo franquista se les negara, no sé, la posibilidad de acceder a un empleo público, por ejemplo… (qué graciaaaaa, ahora que lo pienso, eso hicieron las autoridades del régimen del 18 de julio con los hijos de rojos: pero ahora no queremos remover eso, no…), pero poner luz sobre abusos, sobre crímenes, eso es, nada más y nada menos, historia. Es cansado, en estos últimos tiempos, ver y oír a todos esos jeremías que se lamentan de que se hable de lo que pasó antes, durante y después de la Guerra Civil. Eso sí, ante un juicio de valor (negativo) sobre el golpe de Estado de Franco y sus compis, los que no quieren remover el pasado saltan con que la Segunda República fue un horror y que aquello era insostenible; el pasado solo se puede remover en un sentido, parece, que si no se corta, como una mayonesa.

¿Alguien dirá que no hay que remover el pasado cuando se trate de hablar del proceso de descolonización de América Latina, de las independencias de las que ahora se empiezan a cumplir los bicentenarios? ¿Será remover el pasado poner las cosas en su sitio frente al uso demagógico de hechos y personajes que hace, por norma general, el presidente de la República de Venezuela, por ejemplo? Pues ni llamar traición a la actitud de Franco & Cº, ni explicar la figura de Simón Bolívar es remover el pasado; todo eso, y más, es construir el relato de la historia, que no es único, ni uniforme ni, y esto especialmente, cómodo y agradable y complaciente.

Antes, mucho antes que algunos escritorzuelos actuales (de la estirpe de los Moas y Vidales) se pusieran a darle vueltas a las cosas y a destacar todos los aquelarres del rojerío español (e internacional) de los años treinta, de entre aquellos propios rojos surgieron los primeros testimonios de lo que pasó. Fueron antiguos comunistas o compañeros de viaje los que sacaron a la luz el totalitarismo estalinista en el frente o la sevicia y la felonía de algunos intelectuales de la izquierda.

Humphrey Slater (1906-1958), pintor y escritor británico, se afilió al Partido Comunista en los años treinta y perteneció a las Brigadas Internacionales que viajaron a España a ayudar al gobierno legítimo del país. En el campo de batalla se encaró a las contradicciones del comunismo y vio lo que otros tardarían décadas en ver. Era un subversivo para la derecha y un enemigo para la izquierda comunista, que le expulsó del Partido. En 1958, desapareció en España. Había escrito media docena de libros, uno de los cuales, Los herejes, publicado en 1946, ha sido traducido por primera vez al español hace unos meses (Galaxia Gutenberg, con traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté).

En Los herejes hay dos novelas. La primera es la historia de tres niños (dos de ellos hermanos) en el sur de Francia, entre los años 1197 y 1212, cuando los Cátaros, cuyas ideas eran consideradas una herejía por el establishment católico, fueron perseguidos y masacrados. La segunda transcurre en la España de 1936, 1937… La herejía ahora, en el bando republicano, la determinan los comunistas, los asesores soviéticos; tampoco son especialmente tolerantes con la desviación ideológica otras facciones. Hay un militar español, leal al gobierno de la República; hay tres jóvenes ingleses (dos de ellos hermanos), que se llaman igual que aquellos niños de la Francia medieval, que viven la guerra de maneras diferentes, aunque siempre movidos por ideas en las que creen con fuerza. La novela de Slater es estupenda. No sé si se puede considerar que remueve el pasado (hacía apenas diez años que el autor había vivido lo que inspiró la narración), pero desde luego es un ladrillito más para esa construcción que se llama historia, para que esa construcción tenga las menores grietas posibles por las que se cuelan mentiras y tergiversaciones. Slater no es un rojo poniendo a parir a los fascistas (eso sería remover el pasado, qué horror…); Slater es un tipo recto que no transigió con lo que estaba mal aunque se destruyeran sus ideales.

Una cosita: Me da la sensación, de que aquella película de Ken Loach, de 1995, sobre los enfrentamientos entre comunistas y troskistas y anarquistas llamada Tierra y libertad le debe mucho a esta novela…

eaguirre@divertinajes.com




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