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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Ciudad de vida y muerte


El último filme del realizador chino Lu Yang es uno de los más duros y vigorosos alegatos antibelicistas que nos ha dado el cine reciente. Rodada en un contrastado blanco y negro, Ciudad de vida y muerte narra el sitio japonés de la ciudad china de Nanking centrándose en las secuelas humanas de la guerra y en el destino de los vencidos. Así, tras las secuencias de acción del comienzo asistimos a un desarrollo aún más estremecedor: una serie de cuadros en los que jóvenes soldados ejecutan a prisioneros, violan a mujeres, arrasan hospitales y juegan a ser diosecillos en una urbe convertida en una columna de horror, humo y lágrimas.

El blanco y negro de la estremecedora ópera social de Yan nos evita la visión de la sangre, pero no amortigua la impresión de dolor y desolación que deja una película donde se alterna la matanza colectiva con el drama de unos pocos personajes que creen poder salir con vida por encontrarse bajo la protección de un anciano nazi. Es tal vez en las secuencias intimistas donde Yan se maneja peor, porque a pesar de su esmerada puesta en escena, la cinta acaba cayendo en el tremendismo, la metáfora y el melodrama. La cámara serpentea por las callejuelas, las ruinas y los interiores de un lugar convertido en un campo de exterminio donde nunca sabemos quién va a ser el siguiente en caer acribillado.

El realizador juega con cierta inteligencia con los contrastes y las sombras mostrándonos cómo esas maquinas de matar se comportan como niños asustados o bestias sin cerebro cuando deben enfrentarse al sexo, a los signos de otra cultura o las consecuencias de sus actos.

Eludiendo la trampa de embellecer el horror, pero acompañada de una música, de escenarios y tonalidades visuales que nos recuerdan imágenes del cine de Kurosawa, Bergman o Pasolini, Ciudad de vida y muerte tiene pocos protagonistas ya que el eje absoluto del filme es la agonía de una ciudad. El desprecio a la vida, el miedo a la muerte y la alegoría sobre los conflictos que aún sacuden el mundo contemporáneo son las grandes bazas de un filme rodado con nervio y que nos muestra –sin escatimar detalle– los efectos de la lucha entre las naciones y la estupidez intrínseca del imperialismo.




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