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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

James Salter o la vida como experimento literario


Este neoyorquino, poseedor de una de las mejores (y más ocultas para sus compatriotas) prosas de la literatura americana, fue un escritor de vocación tardía, cuya agitada y aventurera vida en lo personal y en lo social le llevó de un lado al otro del mundo y cuyas experiencias volcó en unos pocos libros, sólo cuatro novelas en cincuenta años:  Pilotos de caza (1957), Juego y distracción (1967), Años luz (1975), En solitario (1979); dos libros de relatos magistrales: Anochecer (1988) y La última noche (2005); varios guiones cinematográficos , y unas memorias, Quemar los días (1997), que por fin acaban de ser publicadas en España por Salamandra.

En estas “reminiscencias”, como le gusta llamarlas al autor, Salter no trata de narrarnos exhaustivamente su vida, sino únicamente aquellos hechos y personas que tuvieron importancia para él encadenando unos tras otros sin un orden cronológico preciso, siguiendo tan sólo la caprichosa estructura que su memoria le dicta: así un recuerdo propicia otro en un espacio y en un tiempo completamente diferentes. Estos saltos espacio-temporales le permiten dibujar escenarios y personajes con un poderoso sentido de la narración impregnándolo todo con el sentimiento y claridad del que siempre ha hecho gala en su escritura. Una escritura que tiene su antecedente en Hemingway y Fitzgerald con los que comparte una fuerte similitud en su masculina forma de vivir y entender la vida y narrar después sus vivencias, aunque en su caso desde un punto de vista mucho más moderno, y por qué no decirlo, con un estilo mucho más depurado.

“Eso que llaman mi estilo ─confiesa Salter─ no es más que la insistencia, por lo general inconsciente, en unas diez mil palabras que acaban configurando una suerte de huella digital que determinan la naturaleza de lo que hago.” Luego añade: “La escritura es la consecuencia del deseo de contar”. Bueno, pues pocos como él, por no decir el único de su generación que ha logrado llegar a una cima de tal virtuosismo: Salter sabe lo que hace y lo ha hecho mejor que ninguno. Mejor que Norman Mailer y mejor que William Styron, con los que compartió generación y modos de vida; y eso es así porque su prosa posee el sello inconfundible de la sencillez y el genio.

“Si por un momento uno imagina la vida como una casa grande (…) los capítulos que vienen a continuación son, en cierto modo, como mirar por las ventanas de esa casa. A algunos ocupantes alcanzaremos a verlos fugazmente. Las visitas van y vienen (…) Como en cualquier casa, no puede verse todo lo que hay dentro.” De esta forma admirable Salter explica en el prólogo de estas memorias, cuál es la forma en que van a funcionar sus recuerdos o, lo que es lo mismo, el material al que queda reducida una vida cuando ésta es convertida en literatura. Como un aviador ─y él lo fue─ que vuela sobre las nubes de una fuerte tormenta y la oye crepitar bajo su fuselaje mientras disfruta de la calma de las alturas, Salter planea sobre su vida con una elegancia sin estridencias ni turbulencias que estorben su visión de las cosas en un panorámica incompleta y selectiva que abarca desde su niñez en Manhattan , su paso por West Point , sus experiencias en un avión de combate en Corea o sus aventuras en el mundo bullicioso de París, Roma o Nueva York.

Certero en sus retratos de gente famosa y prodigioso en sus observaciones sobre sus grandes pasiones: el volar, Europa, las mujeres y la literatura, Salter convierte sus memorias en un libro inolvidable y de referencia, sutil, sensual, inteligente lleno de un poderoso aliento lírico.




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