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Errata

Evaristo Aguirre

Raro

Si fuéramos sinceros, crudamente sinceros, o si resultase posible entrar en nuestra mente y ver nuestros sentimientos, ideas o percepciones sin filtro, ¿cómo seríamos de raros? Podrían ser unas memorias el sitio perfecto para expresar esas peculiaridades, pero deberían ser las memorias de una persona que no hubiera destacado por nada en especial, carente de logros sociales, profesionales o personales, para que la crónica de esos hechos o del proceso seguido para alcanzarlos no distrajese de la expresión de esos sentimientos en crudo. Claro que un fulano cualquiera redactando su vida, explicándose sin nada relevante que aportar, sin intención literaria alguna, solo como una confesión que nadie le ha pedido (y que quizá a nadie le interese), puede parecer, ya de entrada, un psicópata de tomo y lomo (¿no es lo que hacen muchos de esos asesinos en serie de las películas americanas?).

Pues allá por 1899, lo hizo un tal Georges L…; mejor dicho, hizo que lo hiciera este Georges el escritor francés Octave Mirbeau (Trévières, Normandía, 1850-París, 1917) en la novela Memoria de Georges el amargado, cuyo título original es Las Memorias de mi amigo (¿por qué este cambio?), que ha publicado la editorial Impedimenta (con traducción de Lluís Maria Todó). Georges es un chupatintas, un tío aparentemente normal tirando a anodino; cuando muere, su mujer encuentra un puñado de cuartillas que no entiende de qué van y se las da a un tipo al que consideraba amigo de su difunto. El tipo no es que fuera amigo, conocía a Georges, con quien se cruzaba cada cierto tiempo, se saludaban y quedaban en verse pronto, lo que nunca ocurría; no obstante, lee lo que resultan ser las memorias del amigo.


Octave Mirbeau


Y aquí viene la exposición cruda de sentimientos y de ideas. No sé si Georges es un amargado, es más bien uno de los tantísimos seres humanos que no entienden de qué va esto de la vida, que no saben actuar, ni siquiera reaccionar; que se dejan llevar por una corriente que a la vez es estática; que logran, eso sí, reunir todas sus fuerzas vitales en su interior, en su cabeza. Pudo Georges pasarse toda su vida sentado frente a su mujer, después de cenar, callados, sin dirigirse la palabra (encima en aquel final del siglo XIX no había televisión), porque en su cabeza era capaz de vivir (sí, vivir, sin cursivas ni nada: vivir) romances y aventuras con las más bellas y fogosas mujeres, por ejemplo.

Así es el relato de su vida que hace Georges L…, un poco raro y triste, algo descorazonador, pero también molesto. El protagonista y narrador de estas memorias parece una persona tan integrada en la sociedad que ni siquiera se mueve o se queja, pero es, en realidad, un ser asocial, quizá sin escrúpulos, quizá sin valores. Si hubiera tenido algo más que agua en las venas, podría ser un nihilista, un precursor del pensamiento punk del No Future, pero no, Georges ha pasado por la vida sin dejar huella y parece que la vida no ha dejado huella en él. O sí, no hay que fiarse mucho de estos apáticos.

eaguirre@divertinajes.com




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