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Sara Orúe

El certificado


Ayer, cuando llegué a casa por la tarde al salir del trabajo ¿qué había en el buzón que me puso los vellos como escarpias?

—La cabeza cortada de tu caballo favorito
—¿Qué dices?
—Volví a ver la trilogía de El Padrino ayer, y lo de la cabeza de caballo me volvió a impresionar mazo.
—Una cabeza de caballo no cabe en mi buzón, piensa que puede haber en un buzón que te acojone
—Una cabeza cortada de paloma.
—¡Tío Ra!
—¿Tampoco cabe? Pues vaya buzón birrioso.
—Algo inanimado, ni vivo ni muerto, pero que da susto y palo.
—La publicidad de un restaurante chino a domicilio.
—¿Eso te asusta? Que raro eres. Vale, vale, ya te lo digo: Había un aviso de certificado.
—¿Eso te asusta? Que rara eres.
—Esa frase la acabo de decir yo.
—¿Sí? No la he oído, será que no te estaba escuchando.
—No sé por qué pierdo el tiempo hablando contigo
—¿Porque no tienes nadie mejor con quien hablar?
—Me sacas de quicio.
—No soy yo, es el certificado.
—Un aviso de certificado, que mal rollo me da.
—Te haces mala sangre para nada, será algo que has comprado por Internet.
—No he comprado nada por Internet.
—Querrás decir que TODO lo que has comprado por Internet ya te ha llegado.
—Joer, Tío Ra, no me pongas más nerviosa.
Sobri, te pones nerviosa por nada. Seguro que es una tontería.
—Sólo se me ocurren cosas feas.
—No creo que nadie envíe fotos de Belén Esteban por correo certificado.
—Cosas como multas.
—Eso también son fotos, y también son feas.
—O malas noticias.
—No creo que nadie te diga por correo certificado que ha visto la nueva campaña de PUNTO ROMA.
—¿Y?
—Y que lo de Norma Duval es de juzgado de guardia.
—Hablo de malas noticias reales como que estoy citada a un juicio.
—¡Ja! Sería bueno que te citaran a una cosa de la que careces.
—Tienes razón, por no tener no tengo ni muela del mismo.
—Lo que yo decía.
—O que tengo que estar en una mesa electoral.
—Tranquila no hay elecciones a la vista.
—Estar en una mesa electoral todo un domingo es aburridísimo per se, imagina en Cataluña, que no va a votar nadie.
Pa mear y no echar gota.
—Qué poco fino.
—Es lo que hay.

El caso es que no dejo pensar en qué será el maldito certificado, y estoy muy intranquila.


—Pero, ¿de verdad no pone de dónde viene?
—No lo sé, no lo he mirado.
—¿Estás tonta? Trae que yo lo miro.
—Tengo miedo.
—Quita, quita. Mira, ¿ves?, es de Hacienda, ¿ves como no pasa nada?
—¿DE HACIENDA? Me estoy mareando.
—Que no mujer, que Hacienda no quiere nada malo, ¿no se dice que Hacienda somos todos?
—Necesito agua, las sales, huir…
—Que no, que no será nada importante. Habrán perdido algún papel.
—Pero si yo hago mis declaraciones puntualmente, y no tengo dinero negro, ni financio partidos, ni acepto bolsos como regalo, ni tengo empresas que organizan actos, ni sé lo que es un testaferro, ni…
—No pasa nada. Ve a por él y sal de dudas.
—Tengo más miedo que antes.
—Voy contigo.
—¿Lo harás Tío Ra? ¿Me acompañas? ¿Sí, sí? ¿Vienes conmigo?
—Que sí, que vamos mañana.
—¡Bien! Ese es mi Tío Ra guapo, ains que te quiero.

Así que ya saben, mañana voy a por el dichoso certificado. Prometo contarles de qué se trata. Si tiene fe, recen por mí. Si no la tienen, crucen los dedos. ¡Que los dioses repartan suerte!




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