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El pizarrín

Javier Goñi

Diez hombres (y mujeres) justos (y justas)

Déjenme que les diga que si Yahveh lo tuvo complicado para encontrar diez hombres justos que le disuadieran de cerrar el espacio aéreo de Sodoma y Gomorra con la ceniza de su cólera volcánica, más fácil les ha resultado a diez hombres (y mujeres) justos (y justas) resolver en dos tandas de diez, estos días pasados, en Barcelona, cuáles han sido los mejores libros en Narrativa y Poesía en las cuatro lenguas del Estado (a partir de ahora España) correspondientes a 2009. Han sido los Premios de la Crítica, que han concedido este año, hace unos días, 14 hombres y 6 mujeres justos, y justas.

Sobre quiénes hayan ganado, en narrativa y en poesía, en lengua catalana, en lengua gallega, en lengua vasca y en lengua castellana, doy por hecho que estamos todos al cabo de la calle: quien no conoce a Francesc Serés o a Carles Miralles, conoce a Xabier Quiroga y a Luz Pozo Garza, y quien no conoce a Fermin Etxegoien y a Juanra Madariaga, conoce a Andrés Neuman y a Francisco Ferrer Lerín.

Por ejemplo, yo mismo: Serés es un escritor nacido en Aragón en la raya fronteriza donde se habla –y él, además, escribe- en catalán. Como el grandísimo novelista aragonés en catalán Jesús Moncada, el autor de Camino de Sirga, prematuramente desaparecido, y que Anagrama, de Barcelona, y Xórdica, de Zaragoza, nos lo pusieron a los lectores de este lado de los Monegros, ese desierto a mitad de camino, en buen castellano. Moncada, estupendo escritor. Serés lo es –perdón por la tibia cacofonía- también. Yo lo he leído en castellano, gracias al (entonces) interés de Diana Zaforteza, cuando puso en marcha –acompañada- la pequeña e interesante editorial Alpha Decay (y ahora, no acompañada como entonces, en el sello Ediciones Alfabia, igualmente pequeña e interesante editorial), y después lo he seguido leyendo –a Serés- en ese eficaz que no traicionero Caballo de Troya que les tiene metido –es un sello editorial, no un supositorio ni un misil de glicerina- al poderoso grupo de Random House Mondadori. Me contó Serés en Barcelona, el otro día, que Contes russos, Premio Narrativa 2009 en lengua catalana, lo sacará Mondadori en unos meses en castellano, Cuentos rusos –¡hala hop!, tan sólo un leve meneo de consonantes y vocales-. Ojo con Serés.


Los de este lado de los Monegros, y los del otro lado de la orilla, ya conocemos, algunos, a Andrés Neuman, un joven (32/33 años) hispano-argentino (uno es francés, al ordenar su propia biblioteca, y lo tiene en los mil y un estantes de narrativa española, que no se me encolerice nadie), que ha escrito un novelón, El viajero del siglo (Alfaguara), una inmersión musical, literaria, filosófica, artística por la Alemania –pre nación- de las primera décadas del siglo XIX. Una novela escrita con gran brillantez, con su salpimentación de cierta afectación y pedantería argentina de origen, a la que le sobran –es opinión- algunas páginas: eso es lo que a este lector le pasa a veces con las novelas –novelones- que le gustan mucho. Hay otras a las que no les sobran páginas. Se te caen literalmente de las manos. No la de Neuman. A por ella. Gran novela. Espléndida.

Uno es perito en poesías, lo justo, pero sí conocía a ese poeta raro que es el barcelonés Francisco Ferrer Lerín, un poeta que se prodiga poco, que era leyenda, que corría de boca en boca entre novísimos y otro tipo de poetas como así, personaje que aparecía en una novela de Félix de Azúa, Diario de un hombre humillado, y también era, para Enrique Vila-Matas, de la cuadrilla de los del “preferiría no hacerlo” y como tal se ocupó de él en su celebrado libro de notas a pie de página Bartleby y compañía. Pues bien, Ferrer Lerín, poeta prudente y discreto publicó –después de varios años de casi silencio pirenaico- en el otoño pasado en Tusquets, Fámulo, extraños y excelentes poemas, por los que planean –de vez en cuando- aguiluchos cenizos, cuervos y quebrantahuesos.

Quebrantahuesos, qué acertada imagen con alas para referirse o bien a los escritores, o bien a los críticos.

            …y la bestia inyectada en sangre,
            normalmente solitaria,
             planea lejos, se aleja
            entre el chasquido de plumas secas que cortan
            el aire.


Ferrer Lerín sabe mucho de aves rapaces, de grandes especies voladoras necrófagas. Vive en Jaca, la mirada puesta en las montañas dedicado al hermano buitre, a la hermana ave rapaz, que no les falte alimento, y quién sabe si llevado de su celo comparable al del fraile de Asis no coge en brazos al ave rapaz, una vez alimentada, y espera a que eche ese reparador eructo, que alivia a los bebés.

Por cierto, en cierta ocasión, a Enrique Vila-Matas, que lo obtuvo en 2002 por El mal de Montano, le preguntaron por los Premios de la Crítica, y Vila-Matas, dadaísta, joven cofrade de la hermandad OuLiPo de Queneau y de Perec, esos franceses traviesos, preguntó si se refería el periodista a ese premio que siempre ganaba Luis Mateo Díez: no es cierto, sólo  dos veces.

En otra ocasión, Vicente Molina Foix, que para mi gusto lo podría haber obtenido hace tres o cuatro años por El abrecartas, excelente novela publicada por Anagrama, afirmó –el entrecomillado lo extraigo de un artículo de Fernando Valls- que “el Premio de la Crítica tiene en España una gloriosa trayectoria de errores monumentales […] En el apartado de narrativa, que es el que mejor conozco, yo diría que el Premio ha empujado en los años recientes al lector hacia los libros más vacuos y ratoneros de nuestra producción”. Comillas de Molina Foix de abril de 1990.

Se equivoca Molina Foix. El Jarama, de Ferlosio, Gran Sol, de Aldecoa, Las ciegas hormigas, de Ramiro Pinilla, Las ratas, de Delibes, La ciudad y los perros, de Vargas Llosa (¡un peruano en 1964!), La casa verde ¡del mismo peruano, en 1966!, El jardín de las delicias, de Ayala, La saga/fuga de J.B., de Torrente, Los galgos verdugos, de Corpus Barga, … Caballero Bonald, Mendoza, Rosa Chacel, García Hortelano, Benet… y en los años ochenta, Merino, Luis Mateo Díez, Muñoz Molina, Luis Landero, Álvaro Pombo…, y después en los noventa, Marías, Marsé, Vázquez Montalbán, Sánchez Ostiz…, y en este siglo, Longares, Zúñiga, Pinilla, Alberto Méndez… ¿Vacuos y ratoneros?

Pues va a ser que no.

Fernando Valls, vicepresidente por Barcelona de la Asociación Española de Críticos Literarios, está ultimando un libro que recoge la historia -55 años- de los Premios de la Crítica, ese premio que otorgan diez hombres justos –diez casi nunca; justos, se supone-, que no tiene bolsa, ni patrocinio, y que no hay escritor que lo obtenga que no lo coloque en su cédula de identidad, ese premio que nació en el otoño de 1955 cuando dos hombres de letras barceloneses, Julio Manegat, novelista y crítico teatral, que ahí sigue tan campante, ochenta y tantos, y Tomás Salvador, escritor y policía que fue, hombre de bien –así se le recuerda, y mira que ser policía entonces tenía que estar forzosamente reñido con lo de hombre de bien; es un suponer-, decidieron crear un premio independiente de toda vanidad humana y alejado de toda tentación crematística.


Jurado del primer Premio de la Crítica, Zaragoza, abril 1956.

Se perfiló en una cafetería ya desaparecida, Capri, en una bocacalle cercana a la Plaza de Cataluña y se falló por vez primera a mitad de camino entre Madrid y Barcelona –ese pulso-, o sea en Zaragoza, un 8 de abril de 1956. Por ahí andan las fotos. Presidía el docto sanedrín de críticos de Madrid, Zaragoza y Barcelona el profesor Francisco Ynduráin. Obtuvo el premio, el primero, La catira, de Cela. Las fotos –las tomo, éstas, de un número de la revista Quimera de marzo de 2006, casi monográfico  dedicado a los 50 años de historia de los Premios- son de época desde luego, todos tan encorbatados y con los pañuelos en el bolsillo superior de la americana. Luego durante muchos años se alternaban los premios entre Zaragoza, Sitges y Valllensana, en una finca de Juan Ramón Masoliver, y posteriormente iniciaron esa itinerancia que les lleva a los jurados a distintas ciudades, allá donde son invitados, pues estos Premios de la Crítica no tienen más tarjeta de visita que el increíble palmarés.


Jurado del Premio de la Crítica 1958.

Habrá quien encuentre algún borrón más (y me consta que a más de uno no le gustó que lo obtuviera en los años ochenta José Jiménez Lozano, que es un excelente autor de diarios y estimable narrador, o Isaac Montero), pero desde luego el premio más exótico tal vez se concedió en Zaragoza, el 4 de abril de 1981, acaso estaba reciente la charlotada de Tejero, en Narrativa en castellano a Sólo cenizas hallarás (bolero), de Pedro Vergés, dominicano, creo, que lo publicó Destino y del que nada más se supo. Lo curioso es que fuera un latinoamericano el –excéntrico- ganador, cuando si algún fallo cabe poner a este premio en narrativa en castellano es que, pese a los dos Vargas Llosa de principios de los sesenta, a un Onetti y poco más, la literatura latinoamericana no ha sido demasiado premiada. No hace falta decir que los libros –los principales- de Roberto Bolaño pasaron sin premio.  Curiosamente en 1981, el año del bolero de Vergés, en poesía castellana lo obtuvo José Ángel Valente y en narrativa catalana Viatges i flors de la gran Mercè Rodoreda.


Jurado de 1966, en Vallensana (Barcelona), en medio la única mujer (entonces), Concha Castroviejo.

Pero los críticos se equivocan –como creen los escritores- unas veces bastante y otras veces siempre, y por eso, como dijo no sé qué escritor –la cita se me ha deteriorado en la memoria- no hay que fiarse nunca de un crítico, pues no se conoce plaza alguna en la que hayan erigido, alguna vez, un estatua dedicada a un crítico. Los críticos, ya se sabe.


Me ha hecho mucha gracia ver esta foto de los Premios de la Crítica de 1966 donde aparece, entre otros muchos críticos de edad, uno muy joven, LA, que entonces era crítico y durante muchos años lo fue, pero luego se derrumbó en escritor –el tópico, ya se sabe, un crítico es un escritor frustrado- y siendo novelista –nunca fue muy allá- por los años ochenta del siglo pasado publicó una novela en Plaza-Janés situada en Jerusalén –era de religión judía- y donde el protagonista vivía una intensísima pasión amorosa –cosa que es de envidiar, no hay duda, pero no hay que ser Dominguín levantándose del lecho tibio de Ava Gardner e ir a contárselo, a los amigotes- con una mujer con la que tenía, en un taxi israelí, orgasmos olfativos sin apenas roce, y ni a consecuencia de un imprevisto frenazo. Luego en el hotel, el protagonista, emocionado por estar en Tierra Santa, se miraba desnudo, y complacido, en el espejo de la habitación ante su amada. Pues bien, un tal JG publicó en Cambio16 una reseña de aquella pasión jerosolimitana y la tituló “Dorian Grey de cuerpo entero”. SLLera redactora de Cambio 16  y asesora de PL que esa temporada tenía en La 2 de TVE un programa de tertulias, al cual fue invitado a acudir el tal LA. El antiguo crítico, ocasional novelista y por entonces viviendo una intensa historia de amor con una prima que rebotaba por todo Madrid –distrito chismes literarios-, se marcó un buen discurso sobre la imposibilidad de los españoles para comprender los arcanos amorosos y despachó al pobre crítico –entonces ocho mil pesetas por reseña- de Cambio16 con el argumento ad hominem de que era incapaz de entender todo porque padecía de eyaculatio precox. Al pobre crítico, abochornado, sólo le llamó, para darle ánimo, su madre. Menos mal que no había más televisiones que ésa, y no existía You Tube. Para que luego digan, querido LA, que el pescado es caro.




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