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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Alicia (Burton) ya no vive allí

Yo fui uno de los muchos niños de mi generación ─mediados los cincuenta del pasado siglo─ que nunca leyó Alicia en el País de las maravillas, ya que por entonces el surreal cuento del matemático Carroll era considerado como una “obrita” para niñas, y pueden imaginar los comentarios de mis compañeros de internado si a alguno de nosotros se nos hubiera ocurrido aparecer con un ejemplar entre las manos por el patio de recreo (eran tiempos de Verne, Salgari, London).


Tampoco me llevaron a ver, o tal vez yo no quise y eso que era fan irredento de las pelis de “dibus”, la versión en dibujos animados que realizó Disney, eligiendo en su lugar las Cuatro plumas que anunciaba aventura y acción a raudales, aunque, eso sí, recuerdo perfectamente el vestíbulo de uno de los cines Roxy de la madrileña calle Fuencarral, donde la proyectaban, convertido en ese país de sueños animados a base de decorados de cartón piedra que inundaban la fachada y parte de la acera.

Tuvieron que pasar unos cuantos años para que, ya en plena adolescencia, una profesora el instituto pusiera en mis manos esa obra extraordinaria e imperecedera que me deslumbró y, en cierta manera, marcó mis gustos por el fantástico y lo surreal para toda la vida. Posiblemente si lo hubiera leído antes me hubiera aburrido, la educación nacional religiosa no casaba muy bien con los delirios surrealistas del libro, que tienen más de pesadilla que de fantasía y también es cierto que a esa temprana edad tampoco estaba preparado para disfrutar de sus trastornados diálogos y personajes, ni para entender su subliminal y feminista mensaje.


Toda esta larga introducción viene a cuento para explicar la expectación con que aguardaba la adaptación de este clásico realizada por Tim Burton, cuya obra he seguido con fervor de fan adolescente desde sus primeras películas. Pensaba que el material del que se nutría el universo poético burtoniano en sus primeras obras tenía bastante que ver con el mundo subterráneo de Alicia y con sus alucinados y alucinantes moradores; así que si existía un creador capaz de poner en imágenes esos mundos ocultos tras el azogue del espejo éste era sin duda alguna Burton ─aunque reconozco que últimamente no ha hecho más que autocopiarse tenebrosa y autocomplacientemente ─.

Visto el resultado, adelanto que estoy un cincuenta por ciento maravillado y otro cincuenta por ciento decepcionado. En esta su versión, Burton ha manejado su potente imaginería visual de una forma absolutamente magistral, hipnótica por momentos (lástima que su posterior reconversión al sistema 3D la haya oscurecido más de lo necesario), pero su caligrafía de lo “bizarro” no aporta nada nuevo a pesar de haber hecho crecer a Alicia hasta el final de la adolescencia para dotarla de ciertas dudas existenciales y matrimoniales, y de haber convertido el prístino y lúdico universo carroliano en un mundo siniestro y un tanto violento donde una mussoliniana reina Roja campa a sus anchas (esta visión pesadillesca y adulta del mundo del espejo ya fue retratada con bastante mejor pulso y resultados en 1985 por Gavin Millar en Dreamchild, una película que recomiendo absolutamente).

Pese a ello, Burton, a lo largo de toda la proyección, logra atraparte en su revisitación del cuento, aunque la conclusión final para ese espectador adulto que soy yo, es que esta Alicia (de apellido Burton) vive en otro wonderland.




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