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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Antalya - Konya - Uçhisar

 OTROS DESTINOS

 


Casco antiguo (Antalya)

Si hubiéramos seguido las instrucciones de la recepcionista para llegar al Museo Arqueológico, aún estaríamos dando vueltas; claro que con nuestra intuición tampoco nos fue mucho mejor. Después de un montón de tiempo y kilómetros por la ciudad, caímos en la zona vieja.

Aparcamos.

¡Ahí es donde deberíamos haber dormido! El casco viejo, muy pequeño, está en pleno proceso de restauración y prácticamente todas las casas son hoteles, pensiones o restaurantes. Es tan atractivo que tomamos una botella de agua en el parque Kaaralioglu, anexo al casco antiguo, mientras decidíamos si quedarnos o no una noche más para dormir allí y contemplar la puesta de sol, que sin duda debe ser espectacular (en el parque hay montones de bancos mirando a la bahía). La noche anterior ya habíamos visto el rojo vivo del atardecer sobre los edificios de las afueras de Antalya.


Minarete Truncado (Antalya)

Al fin, decidimos seguir camino, pero antes de irnos al coche, preguntamos en un kiosko por la Puerta de Adriano. El señor interpelado, en lugar de limitarse a identificar la foto que le señalábamos en nuestra guía, intentaba leer el texto que la acompañaba sin entender ni palabra; cuando ya estábamos a punto de discutir con él para que nos devolviera el libro y nos liberara de su pesadez, apareció un niño en bicicleta al que ordenó acompañarnos. El futbolista Dani Güiza fue nuestro nexo común y tema de conversación hasta la Puerta en cuestión; por delante de la cual habíamos pasado en coche sin percatarnos. Le dimos una propina al simpático e improvisado guía y se fue encantado en su bici.


Puerta de Adriano (Antalya)

Ya orientadas en la liosa ciudad de Antalya, nos dirigimos sin pérdida al Museo Arqueológico (entrada: 15 YL), fantástico tanto por el contenido como por la forma de presentación y conservación (las estatuas tienen un sensor que hace que se iluminen cuando alguien se acerca, por ejemplo).


Tres Gracias (Museo Arqueológico - Antalya)

Entre otras, exhibe piezas extraordinarias de la vecina Perge: las figuras y los frisos del teatro son fabulosos.


Restos del Teatro de Perge (Museo Arqueológico - Antalya)

La sala de los sarcófagos y reliquias tampoco tiene desperdicio.

Comimos, fatal, en la tienda-cafetería del Museo, y compramos un par de cuadernos para colorear, uno de Éfeso y otro de Capadocia.

Atraídas por la imagen del teatro con galería cubierta de Aspendos, para allá que nos fuimos.


Escenario del teatro de Aspendos

El calor era insoportable. Por el camino, joyerías enormes y anuncios en ruso.En la taquilla de Aspendos (entrada: 15 YL) había poca gente, pero todos haciéndose la Carta Muzeuz (permite a su titular, necesariamente turco, visitar los museos durante un año por un total de 20 YL), así que tuvimos que esperar un buen rato, que aprovechamos para untarnos de protector solar y rehidratarnos.

El teatro, construido en tiempos de Marcus Aurelius (161-181 D.C.) por los hermanos Curtius, está muy bien conservado, y él mismo es la entrada al recinto de ruinas. Reconozco que apenas me moví del túnel de entrada y del escenario. Aunque ya no tiene ninguna de la muchas estatuas que lo adornaron, conserva la majestuosidad del tamaño (capacidad para 15.000 espectadores), los camerinos y la galería superior cubierta. Había un propio vestido de centurión que se hacía fotos con los visitantes.


Side

En Side, las ruinas se nos echaron encima sin que hubiéramos preparado ni la cámara. El pueblo actual está construido sobre el romano de manera que la calle de entrada permanece flanqueada por restos de tiendas romanas, el tren turístico (en realidad autobús de línea) pasa bajo el arco del Ninfeo, y al lado de la playa, entre restaurantes, se levantan los Templos de Apolo y Atenea.

Ruinas aparte, abarrotado de rusos, Side es un gran bazar en el que destacan las joyerías y las tiendas de ropa.


Templo de Apolo (Side)

Dudamos entre darnos un baño, que sería el último en el Mediterráneo turco, y seguir camino; al final decidimos tomarnos un döner kebap y una cerveza, y continuar hacia Konya.


Carretera a Konya

La primera parte del camino, hasta Akseki, avanzamos entre montes escarpados cubiertos de pinos. La carretera estaba llena de puestos de fruta y maíz hervido. En Seydisehir se estaba haciendo de noche y buscamos un hotel para quedarnos, pero al no encontrarlo seguimos seguras de encontrar alguno en la carretera. El paisaje cambió radicalmente, y nos vimos rodeadas de campos de cereales, había mucha actividad pero ni un pueblo, ni un puesto, ningún hotel.

Llegamos a Konya de noche. Entramos sin rumbo en la ciudad buscando dónde dormir y después de decénas de kilómetros, aprovechando que al lado de uno de los semáforos en los que paramos había una comisaría, pedimos ayuda. Después de casi diez minutos en la comisaría, E. volvió al coche a decirme que había cinco personas de uniforme discutiendo entre ellas y llamando por teléfono a diferentes números para localizarnos un alojamiento, pero que no parecía que se aclarraran mucho y que no hacían más que preguntarle si “first category or second category”. Al cabo de otros cinco minutos, salió acompañada por un guardia que nos pidió las llaves y se sentó al volante. Decidido, saltándose los semáforos como el resto de sus compatriotas, nos llevó hasta la calle que une el Parque de Aladino con el Museo Mevlâna, evidentemente una arteria principal, plagada de hoteles. Le dimos las gracias, y le aseguramos que allí ya nos apañaríamos nosotras, pero seguía insistiendo, “¿first category or second category?”, y ante nuestra indecisión nos llevó al que sin duda consideraba el mejor establecimiento de la ciudad, justo frente al gran Museo.


Museo Mevlâna (Konya)

Dejamos el coche en un garaje vecino (concertado con el hotel) y nos fuimos hasta el Parque, la calle estaba llena de vendedores ambulantes de maíz, avellanas, rosquillas… y en las tiendas, todavía abiertas, se amontonaban las cajas de delicias turcas.En el Parque, elevado como un mirador, había un par de animadas terrazas; nos sentamos en una de ellas y tomamos agua y té, no vendían alcohol. A nuestro alrededor, numerosas familias y parejas tomaban té y helados disfrutando de la agradable noche veraniega. 

De regreso al hotel, nos cambiamos con la ventana bien abierta, hasta que descubrimos una cámara de seguridad que desde la rotonda enfocaba directamente a nuestra habitación.

A la mañana siguiente, después de reponer fuerzas en el mejor bufé de todo el viaje, sacamos algunas fotos desde la terraza y nos fuimos a visitar la ciudad.

De todas las dependencias del Museo Mevlâna, nos quedamos con la tumba del fundador del Monasterio, el expositor de la caja en la que está guardada la barba de Alá (la gente se acerca con devoción al par de agujeros que ventilan la urna y aspira por la nariz), y la recreación de las cocinas.

Había mucha gente, sobre todo refrescándose en la fuente del patio, porque era un día grande para los musulmanes, y el Museo Metvlana es uno de los destinos importantes de sus peregrinaciones.


Museo Mevlâna (Konya)


Konya

Volvimos por la calle de los hoteles hasta el Parque y desde allí hicimos la ruta que indicaba nuestra guía para ver la mezquita de Aladino (nos la enseñó un señor, según él, economista jubilado, que quería invitarnos a tomar un té para charlar un rato en inglés), el Seminario del Alminar Esbelto y la fachada del Museo Karatay.

Compramos más protector solar y algunas otras cosas que necesitábamos en una farmacia, y fruta en el megasupermercado. Antes de entrar al aparcamiento, pasamos por el hotel a preguntar por el mapa de carreteras que nos habíamos dejado en el alfeizar de la ventana de la habitación, y compramos un paquete de avellanas recién cogidas.

Salimos de Konya a mediodía, con 2.986,5 km en el cuentakilómetros y el mapa sobre el salpicadero. Fuimos del tirón, por una recta inmensa, hasta cerca de Aksaray, comimos de mala manera y bajamos el correo en una gasolinera con ínfulas, y retomamos la recta. Yo me dormí y cuando me quise dar cuenta ya estábamos en Nevsehir, era media tarde y habíamos dejado atrás las ciudades subterráneas y el Valle de Ihlara.

Ni cortas ni perezosas, dimos la vuelta y emprendimos camino por la carretera que deberíamos haber cogido hacía 70 kilómetros. A la salida de Nevsehir nos llamaron la atención las casas excavadas en la roca (veríamos luego muchas por toda la región).


Kaymakli

En el aparcamiento de Kaymakli nos encontramos de nuevo con autocares de turistas, coincidimos con un grupo de españoles. Mostramos nuestra carta (entrada: 15 YL) y nos adentramos en los túneles excavados en la tierra (a medio camino entre las bodegas de León y los túneles de Vietnam), caminando con cierta soltura entre habitaciones, cocinas y lugares para pisar la uva. Yo, de todas maneras, sentí alivio al salir a la luz. Desde el aparcamiento hasta la entrada, hacían pasillo puestos que vendían todo tipo de recuerdos, especialmente las típicas muñecas de Capadocia.


Derinkuyu (Iglesia - Plaza)

Derinkuyu fue el único sitio en el que se arremolinaron niños en torno a nosotras pidiendo caramelos e intentando vendernos una muñeca; los puestos desperdigados cerca del acceso a la ciudad subterránea (entrada: 15 YL), además de las inevitables muñecas, ofrecen horrorosas tallas de madera y piezas de barro. Coincidimos con un grupo de franceses. La iglesia y la plaza del pueblo excavadas en las profundidades son realmente llamativas. Al volver al coche le dimos un par de yeniliras a un niño que nos había venido pidiendo en la distancia, y un guardia que estaba adormilado, y sólo se enteró del asunto cuando le dimos el dinero al chiquillo, se enfadó con él y con nosotras.

Ya metidas en harina, nos acercamos al Valle de Ihlara. La vista merece la pena, pero lo suyo es descender y caminar por el valle descubriendo las muchas iglesias que esconden sus paredes.


Valle de Ihlara

Por el pueblo paseaban las jóvenes del lugar ataviadas con pantalones de fiesta y pañuelos brillantes, los hombres jugaban a la puerta del bar y una señora subía por la carretera montada en un burro. El sol se estaba poniendo. En un momento determinado, en campo abierto, la luna llena nos plantó cara, saliendo de detrás de una pequeña colina, al tiempo que, por el retrovisor, veíamos cómo el sol, furiosamente enrojecido, se dejaba caer rozando el horizonte.

Habíamos llegado a Capadocia un día antes de lo previsto, y no teníamos habitación reservada para esa noche, pero sí para las tres siguientes, en Göreme. Dejamos atrás Nevsehir y avanzamos hacia Göreme, pero entramos en Uçhisar, donde quería ver las casas trogloditas dibujadas en el libro de pintar que había comprado en Antalya, y cansadísimas, decidimos intentar dormir allí. Al azar, seguimos una de las calles del pueblo y tras dejar varias pensiones atrás, nos detuvimos en Les terrasses d'Uçhisar; luego nos dimos cuenta de que era el mismo sitio que nos había recomendado una amiga en Madrid.

Nos dieron una habitación que daba a la terraza donde estaban cenando los huéspedes y donde nosotras mismas cenaríamos un combinado más de carne, tomate, cebolla, pimiento y arroz, aderezado con los animados comentarios de la dicharachera dueña, francesa.

Anunciaron que a la mañana siguiente el patrón haría una excursión de un par de horas por uno de los valles y que podía apuntarse quien quisiera, sin cargo alguno. Estuvimos en dudas hasta la mañana siguiente, pero al final decidimos seguir por nuestra cuenta. Muy simpáticos, pero no había agua caliente y el desayuno (presentado en cantidades mínimas) había que bajar a buscarlo a recepción por una empinada escalera.

La mayoría de las fotos las hizo Eva Orúe; el resto, yo misma. 

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Antalya - Konya - Uçhisar
Capadocia

OTROS DESTINOS

(Entre paréntesis)


Estoy preparando una salida (o dos) para el mes de mayo y, con la que está cayendo (o por caer), creo que lo mejor será disfrutar en las distancias cortas, por eso me viene estupendamente la guía de Casas rurales con encanto que acaba de publicar El País-Aguilar.

Cuando empecé a ojearla, tenía la esperanza de que entre las 169 casas, presentadas con todo detalle, alguna cumpliría mis expectativas; ahora, tengo la esperanza de lograr suficiente tiempo libre como para poder visitar todas las que me atraen.




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