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Errata

Evaristo Aguirre

Y qué

Anoche, vi en televisión un reportaje sobre los bestseller en el que autores de esos que cuentan las ventas de sus libros por millones (P.D. James, Ken Follet, Mary Higgins Clak, Marc Lévy…), editores y agentes hablaban sobre las claves del éxito, sobre el secreto que hace que tanta gente en tantas partes del mundo sientan la necesidad de leer un determinado título. Si no limitamos el concepto de bestseller a eso de vender más que nadie, esta etiqueta, en la actualidad, se refiere a una clase de libros (novelas, claro; es más, novelones  de centenares de páginas si es posible) que responde a unos esquemas bastante claros de lectura asequible sin gran esfuerzo, de entretenimiento y evasión. Creo que se puede hablar de dos grandes grupos. El de toda la vida, es decir novela histórica, policiaca, de amor o de acción, en donde la trama es el eje fundamental; se le añade una documentación apabullante; cuando es posible, que esté muy pegado a la actualidad; se utilizan recursos de los llamados cinematográficos para la narración, recursos que más que procedentes del cine tienen su origen en la novela por entregas del siglo XIX, con capítulos que terminan con un enigma planteado que, previsiblemente, se solucionará, al menos en parte, en las siguientes páginas. Cuando estos libros explican (sí, en cursiva) un hecho del pasado o un acontecimiento reciente, siempre con unas gotitas de teoría de la conspiración, el lector cree que ha cumplido una misión doble, por un lado entretenerse y por otro informarse; así, hay quien te cuenta el Renacimiento italiano, pongamos por caso, con la suficiencia de un historiador después de haberse leído las aventuras de un cantero florentino en el Quatroccento, por ejemplo. Pasó con El código da Vinci, una novela que generó auténticos expertos (otra vez en cursiva) en los tejemanejes del papado, del Opus Dei, etc.

Hay otro gran grupo, el que se mete en el jardín de hablar de la vida después de la muerte, de la espiritualidad; de los vínculos extraordinarios, cuando no sobrenaturales, que existen entre las personas; del poder de cambiar el destino propio, de la fuerza de la voluntad. Tienen mucho de querer enseñar, de adoctrinar, siempre con un enfoque práctico en un tercio y moralizante en dos. Tienen una base de catequesis con un barniz de autoayuda.


Pues acabo de terminar uno de estos libros, Maldito karma, de David Safier (Bremen, 1966), publicado por Seix Barral hace unos seis meses (con traducción de Lidia Álvarez Grifoll). La novela ha vendido más de un millón de ejemplares en Alemania, de manera que podemos incluirla en el estante de los bestsellers. Y dentro de estos, en la segunda categoría arriba citada, la del buenrollismo y las explicaciones del sentido de la vida.

Un resumen: Una estrella de la televisión alemana tiene una desastrosa vida familiar, por su culpa, con un marido y una hija desatendidos; además, en el terreno profesional, el éxito está acompañado de un comportamiento canalla con compañeros y subalternos. Esta mujer se muere y… se reencarna. No les cuento más, solo que en esto de las reencarnaciones, determinadas por el karma, es decir por haber sido mejor o peor en la vida anterior, se sustenta la trama. No destripo nada si les adelanto que triunfa del buen rollo.

A favor: Maldito karma tiene sentido del humor y muestra algunas pizcas de acidez en este diálogo o aquella situación. Además, es ágil, la peripecia está por encima del discurso espiritual, o como se le quiera llamar.

En contra: Partiendo de la suposición de que al tal Safier no se le ha revelado novedad alguna sobre el asunto de las reencarnaciones, qué sentido tiene leerse esto; ¿no será mejor ir a algún texto original (seguramente ilegible) del budismo o similar donde se cuente esto de reencarnarse? Cuando cierras Maldito karma solo puedes hacerte esa pregunta retórica: ¿Y qué? O peor aún: ¿Y a mí qué?

eaguirre@divertinajes.com




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