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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

La hija

Estas líneas esbozadas, son dedicadas a un amigo, que supo serlo y que supo estar atento a las voces que reclamaban su auxilio...


Una mañana me despierto y me doy cuenta de que lo que sucede a mi alrededor es real... Duele y es real. La posibilidad de que fuese un sueño no deseado, se ha desvanecido y la mujer que está a mi lado en la cama, me lo confirma con sus lágrimas en silencio, mientras piensa que yo pienso que está dormida. Llora. Yo no lloro y me duele más aún. Nada tiene sentido. Nada tiene sentido ya para mí. Ni pragmático ni místico. Yo no soy capaz de encontrarlo a estas alturas... y me duele mi hija, me duele su mirada a la que yo no sé dar respuestas. Toda mi fuerza se deshace ante esa inmensa herida, que todos hemos intentado sanar a base de fe y amor... pero hasta el significado de esas palabras se me resbala algunas mañanas entre los dedos. Algunas mañanas como la de hoy, donde me veo desde fuera como si fuese un cuerpo que se mueve animado como un simple mecanismo cargado aún de electricidad. Veo la escena de este despertar desde fuera, un poco lateralizada... Un hombre y una mujer que se mueven lentamente para no arrojar directamente al otro, toda el peso de su dolor. Toda la rabia, impotencia, tristeza, culpa, desazón.... Palabras, que en unos pocos minutos, la conciencia transformará en sus opuestos, para que el hombre y la mujer aunados puedan seguir adelante hasta encontrar el alivio para su hija. Así, la rabia se convertirá en fuerza, la impotencia en nuevas ideas, la tristeza en ánimo, la culpa en responsabilidad, la desazón en esperanza... Y sólo con la esperanza reflejada en el espejo del dormitorio, sólo entonces, podrán abrir la puerta, podrán hablar, caminar, decidir. Tan sólo esperanzados podrán ir una mañana más al encuentro con su hija, al encuentro con esa mujer tan inmensamente fuerte, esa mujer que para ellos siempre será la niña que acaba de nacer, esa niña reflejo de ellos dos pero a la vez ella misma, única y propia... Esa niña, que como todos los hijos, es un regalo y un misterio, algo que se tiene y que se escapa entre segundos de certezas. Algo que de tan próximo, tan cercano, se desdibuja ante la mirada que se ha aproximado demasiado.
Toco el hombro cálido de mi mujer. Ella se estremece al darse cuenta de que me he dado cuenta de que está despierta. Se mueve sutilmente. Yo sé que está secándose los ojos del llanto, despacio, muy despacio... con el dorso de la mano.
  

 

Veo en tus ojos
antes tan bellos...
La niebla
que el dolor coloca
entre el iris y las pestañas
Veo en tus ojos, hija mía
 tan conocidos y a la vez
tan extraños...
... el temor que viaja
en tenues olas
y después cede
ante el valor que eliges,
ante el valor que me enseñas
Ante el valor con el que vuelas y ¡no rozas
apenas el suelo!

 

 

Pequeños Deberes-  Acuérdate de que siempre tienes la capacidad de crear una esperanza, una ilusión, una razón... para aquel que necesita a veces de tu mano para seguir adelante.

 

 

Imagen de- "Las noches vacías"




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