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El pizarrín

Javier Goñi

¿Gulusmea usted kazajos?

Déjenme que les diga que en mi biblioteca difícilmente gulusmeo kazajos, autores en lengua kazaja, se entiende, pues no gasto, autores kazajos; Jacques Bonnet, sí, dos, dos kazajos y un frisón, yo no. ¡Estos franceses! Déjenme que les diga que he pasado una tarde espléndida, totalmente primaveral, leyendo un libro verdaderamente aditivo, para biblioheridos, eso sí, para los que estamos parapetados, como en una trinchera de la Gran Guerra, tras una fila de varios miles de libros, que leemos, algunos, bastantes, no sé; otros los gulusmeamos –hala, hala, a consultar el Manuel Seco/Olimpia Andrés/Gabino Ramos, acepción segunda, o cuarta, gulusmear, existe, verbo intransitivo, hala, hala-, los más sabemos que están ahí, nos acompañan. Somos porque están. Los libros.

Nuestra biblioteca está gulusmeada, quién nos la desgulusmeará; el desgulusmeador que nos la desgulusme buen desgulusmeador será. Qué frase ésta tan sonrojada: el corrector automático de esta máquina se ha sonrojado hasta las raíces del cabello.


Y, sin embargo, el traductor, David Stacey, utiliza en la página 52 el término gulusmeadomondieu!, cómo estará en el original; cabe cualquier cosa de un francés, ¡un francés escribiendo de libros, mondieu, mondieu!-, aplicado a lo que se hace con los libros de uno en la biblioteca de uno, o sea, hojearlos, gulusmearlos y sopesarlos; y lo hace al traducir este libro de Jacques Bonnet, Bibliotecas llenas de fantasmas, Anagrama, bribón, Herralde, cómo no te vamos a deber una copa, bribón, si nos das este libro a la antigua usanza, cuando parecemos, algunos, galos rodeados de romanos, a la manera de las legiones, parapetados éstos por escudos que semejan piezas de dominó, o tabletas de nuevo cuño tecnológico. Sólo un francés –están locos estos galos, querido Asterix, no ahora los romanos- puede escribir un libro como éste tan a favor, con la que cae.

A favor de qué. Del libro como posesión. De las bibliotecas (propias) como paraíso terrenal. Y estamos hablando de miles de ejemplares. Demos un paso adelante, tú y yo, sin complejos. Aquí están. Nuestros libros. Nuestra biblioteca.

Son los nuestros. Y de eso trata el libro –espléndido, ojo, para iniciados, para masones que nos reconocemos con un solo gesto, el suficiente- de Bonnet. Y atraviesa con dificultad el fontanero, llamado por una urgencia, el que te revisa –y te tranquiliza- la caldera, y dígame usted, ¿y los ha leído todos?, los libros, se lo dicen, a Jacques Bonnet, a ti y a mí. ¿O no? Ay, amigo, los libros no sólo se leen –algunos conviene-, también se gulusmean.


En mi biblioteca –varios miles- no hay autores kazajos, en la de Jacques Bonnet, sí, cómo no iba a haber en una biblioteca (privada) francesa autores kazajos, y los que les echen. La grandeur es la grandeur, y lo demás ganas de aparentar. Pero sus problemas, los de Bonnet, los tenemos –más o menos- todos. Cómo ordenarlos, Georges Perec tenía su método, y cada uno el suyo. Pero vienen las pejigueras. El orden alfabético, dentro del mismo género, dentro de la misma nacionalidad, parece lo adecuado, pero… Déjenme que les diga que el azar les llevó, en mis estantes de narrativa española contemporánea, a echarse un pulso, medio centenar de títulos, o más, cada uno, o casi, a AT y a MSO, que no se llevan, me consta, y ahí han estado, durante años, y el estante reforzado –medio centenar, o así, o casi, ya digo, bufándose mutuamente, tanteándose como carneros pirenaicos o de la montaña leonesa- y con riesgo de avalancha, o alud. Una posibilidad hubiera podido ser colocarr en medio los de –qué digo- AS, por ejemplo, o ET, ya puestos. Pero no ocurrió. Una reciente ampliación forzosa del recinto de la aldea gala me ha permitido –sin salir de casa- ponerlos en otros lejanos confines, en baldas separadas, distantes, la armonía impera en todo el imperio bibliográfico. Yo sé dónde estás AT, dónde estás MSO. Saber dónde tienes tus libros lo valora mucho el francés, Jacques Bonnet.


Una biblioteca –aunque no tengas kazajos ni frisones, como Bonnet- tiene algo de torre de babel horizontal. Crece a lo largo, si se puede, pues en vertical la cosa se complica. Un lector compulsivo, dice Bonnet, es un conquistador. Hay algo en nosotros, lectores compulsivos –hay en esta confesión algo de reunión de AA: me llamo JG, soy lector compulsivo-, de donjuanes de espolones recortados, al modo de la interpretación de don Gregorio Marañón –estamos de aniversario- sobre el donjuán, nada de homosexualidad reprimida, algo más sutil, pues si no por qué esa necesidad de empezar –una y otra vez- un libro, el gusto de la posesión, de hacerse con él. Por el camino, sí, acaso nos decepcione, nos canse, nos irrite. Pero nunca saciaremos esa sed por conocer, por empezar un libro, una y otra vez.

Los libros, y la memoria. Los libros, y ellas (táchese lo que no proceda, o lo que más se adecúe con las circunstancias de cada uno). Bonnet recuerda que devoró El Cuarteto de Alejandría en mayo del 68, y uno –permítaseme- leyó por primera vez –y para siempre- La Regentaen el ultimísimo tardofranquismo en unos días de algarabía universitaria complutense cuando iba a caer –ya, por fin- el eterno Caudillo. Uno militaba de a pie –con torpe ortodoncia, nada, una fruslería, un diente encabalgado, poca cosa- en el Partido del Trabajo, una entidad sin ánimo de lucro que había, por edad en la Joven Guardia Roja, otra cosilla de entonces. Las órdenes eran muy claras: había que estar presente en la algarabía. Y allí que me fui un día soleado de diciembre, con mi ortodoncia –ni uno era orador ni tenía que aliviarme la tartamudez metiéndome una piedra en la boca como el clásico-, a cumplir militancia, que el hacerlo, entonces, era cosa de comunión diaria (yo entré en el PT, en la JGR, por amor a una mujer, me gustaba mucho aquella compañera de clase, FyL, sección LH, curso 1974/75, Complutense, Madrid; entonces).

Al bajar del autobús que me traía desde Moncloa tomé quizá una de las decisiones más rotundas de mi vida. Me quité el aparato de ortodoncia, lo envolví en un pañuelo, me lo metí en un bolsillo, y me fui a casa. Me encerré tres días, descolgué el teléfono y me leí La Regenta. Me echaron por tibieza ideológica. La Regenta, entonces, El cuarteto de Alejandría, Jacques Bonnet, mayo del 68. Los libros.

Los libros, ah, los libros, en mi corto paso por el PT, JGR, no digo que disfrutará pero leer, leí: Qué hacer, de Marta Honecker, qué peñazo, y Así  se templó el acero, del sovietazo Nicolai Ostrovski. Libros, libros.

Libros que has dedicado, que te han dedicado. Jacques Bonnet se pregunta de dónde vienen, de dónde proceden. Las mujeres –o lo que corresponda, utilizo lo de “las mujeres” como método expositivo-, que te los han regalado –algunos-, o te los han dedicado, esperando ellas quizás con cierta ingenuidad que los asocies para siempre –libros, mujeres-. Y no siempre ocurre. No sería capaz de ponerle rostro a Isabel –perdona, estés donde estés, y con quien estés-, 17 años, este lector compulsivo 20, pero sí el momento exacto –lo estoy visualizando- en que me regaló –junio de 1972- en la Feria del Libro de Valladolid, en un lateral del Campo Grande, pulmón verde y polvo del ciudad, este libro, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, siete cuentos de Gabriel García Márquez, primera edición, y valdrá un dinero, supongo, en Barral Editores, y la dedicatoria: “No me recuerdes por esto sino por algo más importante porque me…”, y continuaba.


Libros que se han perdido en sucesivas mudanzas sentimentales, cambios (apresurados o no) de domicilio. Uno, forzado, y me fui con lo puesto, Poderes terrenales, Argos-Vergara, de Anthony Burgess, julio de 1982, un novelón que me acompañó –solidariamente- durante unas semanas en mi exilio personal y no dudo –ahora- que merecido. Otros increíbles –la vida-, un traslado azaroso de la calle López de Hoyos 78 a López de Hoyos 80, y una recua de cajas abiertas de Mudanzas Canillas, en plena calle, del 78 al 80, como una ristra de procesionarias, esa plaga del pino mediterráneo, coloquialmente conocidas, las procesionarias, como thaumetopoea pityocampa. Ver tus libros en la calle, qué sensación de desamparo, qué violencia, qué rubor.

Mudanzas, mudanzas, mudanzas. Y ellos siempre –como a Bonnet- te han acompañado. Con ellos hacemos nuestra travesía vital, el trecho que hemos recorrido, el que nos queda por recorrer –los libros que todavía no me has regalado, tú-. Uno, acaso, no puede enorgullecerse de los libros que ha escrito –ay, ¿ay?-, pero tal vez sí de los –muchos, ¿muchos?- que ha leído y sobre todo -¿sí?, ¡sí!- de los que tiene, de los que le acompañan. Me gusta de Bibliotecas llenas de fantasmas el capítulo donde se refiere a las ramificaciones infinitas de las lecturas, a esa tela de araña que forman los libros con nuestras vidas atrapadas. Y Jacques Bonnet tiene las suyas y este lector compulsivo las propias. Jesuitas, tiempo de castigo, domingos por la tarde, tediosas horas de estudio, y un austral, uno de Stevenson, contenía un relato Olaya –creo, lo dejo todo al capricho de la memoria-, y al final, deslumbrante, el paraíso terrenal, Colegio San José, ése jotas, un tesoro, sí, el “índice de autores de la colección Austral hasta el número…”, y autor a autor, desde Aventofail Abuchafar, El filósofo autodidacto, hasta Stefan Zweig, Nuevos momentos estelares de la humanidad.

Tiempos de cerezas aquellos de los jesuitas -no toca hablar de tocamientos indeseados, no es el momento, no es el recuerdo-, pero sí de lecturas aconsejadas, encauzadas, jesuitas castellanos de finales de los sesenta, algunos seducidos felizmente por la ilusión de la teología de la liberación, por la vocación social latinoamericana, padre MM, de muy buena familia vallisoletana, que nos tocaba –inocentemente, ¿?: se ha desordenado el inciso, ¿ponemos los signos de interrogación donde corresponda o lo dejamos correr?; lo prefiero- la nuez de Adán cuando cantábamos a voz en grito (adolescente) La Marsellesaen francés y nos tenía que vibrar –toca, toca- no sé qué, pero, querido padre MM, me confiaste y me hablaste de AMDG, la novela antijesuita de Pérez de Ayala. Nada del otro mundo, pero estaba prohibida.


De otra clase de jesuitas era el padre A. Garmendia de Otaola, S. J.,  autor del muy célebre y celebrado Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y de la moral, Editorial El Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao, 1949, que encontré una tarde de verano en la biblioteca de mi padre, a la hora de la siesta, cuando no había más ruido que el pasar de las hojas de aquel centón, el primer canon que yo curioseé –dónde estabas Harold Bloom-. Habla Jacques Bonnet, y cita a Alberto Manguel, de las listas de libros, libros que tenemos, libros que quisiéramos leer, libros que nunca tendremos, libros que nunca querríamos tener. Y ahí estaba, encauzándonos, a la luz del dogma, el ése jota Garmendia de Otaola, y uno recorría –a la hora de la siesta- esas páginas de apretada letra, y cómo ponía al pobre Graham Greene, que lo teníamos en casa, si era un escritor católico, borrachín, bueno, pero católico, y un católico británico tenía su punto, Chesterton, claro, el padre Brown, a ver, pero también Graham Greene, el autor –¿Plaza&Janés, Reno?- de El poder y la gloria, sobre un cura católico en el México revolucionario. Y el dictum del padre Otaola: “Novela que puede hacer mucho daño porque está escrita con fino análisis psicológico. Trata caprichosamente temas dogmáticos y morales. Rechazable”. Y la leí. Y cómo no querer leer Inglaterra me ha hecho así, si para el padre Otaola era “Peligrosa. Para personas de mundo”. Cómo no tener la temprana vocación lectora y no querer ser “persona de mundo”.


Mi padre tenía, sí, el vademécum del jesuita –vade retro, Satanás-, pero cuando vio que mis pesquisas lectoras persistían e iba apoderándome de su biblioteca –crisoles, crisolines, novelas y cuentos, colección universal, obras completas de Aguilar, Shakespeare, Galdós, el Sherlock Holmes, de Conan Doyle, dos tomos, La cabaña del tío Tom, sí, La cabaña del tío Tom, y La serie sangrienta, de S.S. Van Dine, inolvidable Van Dine, tiempos aquellos en los que no era necesario justificar nada: inolvidable Van Dine, aquel verano de adolescencia precoz- se agenció y lo puso al alcance de mi mano los tomos del cura belga Charles Moeller, el célebre autor de Literatura del siglo XX y cristianismo, en Gredos, traducción de Valentín García Yebra. ¡Lo que ha hecho la Iglesia por la lectura! El padre Moeller me habló por primera vez de Camus y de Gide. Gracias. 

Dice Jacques Bonnet en este hermosísimo libro para enfermos que la biblioteca de uno “filtra los ruidos del mundo” e incluye el joven poeta Juan Marqués en Abierto (Pre-Textos, 2010) un poema que titula “Biblioteca” y suena así:

            Subo un escalón
            y subo un escalón
            y me detengo.
            No tengo tiempo para tener prisa:
            la lluvia cae mejor entre las páginas
            que sobre la ciudad.

(Páginas, libros, biblioteca. Mi particular torre de babel en horizontal. Sólo me falta ese libro –cuál sea importa poco- que sé que me vas a regalar. Tú.)




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