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Errata

Evaristo Aguirre

Que no te enteras...

No sé si ha utilizado mucho en literatura, pero la verdad es que la figura de Poncio Pilatos da mucho juego. Es de suponer que no llegó al cargo político al que llegó, el de representante del Imperio romano en aquel rincón del mundo, de casualidad, todos sabemos lo que hay que currarse un puesto de esa categoría (ahora y también entonces). Resulta poco decoroso, por lo tanto, que cuando alguien de ese nivel profesional tiene que tomar una decisión (mojarse, en términos actuales) se le ocurra aquello de lavarse las manos. Es verdad que son millares los gobernantes, gerentes, responsables de toda clase que a lo largo de la historia se han lavado las manos, han mirado para otro lado o estaban de vacaciones cuando algo gordo pasó, pero hombre Poncio Pilatos, es que tú lo hiciste en un momento que está en el Top Five de los momentos históricos de todos los tiempos. También es verdad que eso el bueno de Pilatos no lo podía saber del todo. Así que le podemos declarar inocente en cuanto a vista (que no te enteras…) para el hecho histórico, pero culpable de no hacer su trabajo de funcionario (de alto funcionario) imperial como es debido.

Una nueva editorial, Contraseña (de Zaragoza), ha echado a andar con la publicación de un relato del escritor Anatole France que tiene como centro a Poncio Pilatos, El Procurador de Judea. Atención a la ficha del pequeño volumen: traducción de María Teresa Gallego Urrutia; prólogo de Ignacio Martínez de Pisón; posfacio de Leonardo Sciascia; ilustraciones de Eugène Grasset (las originales de la primera edición, de 1902). Y todo esto para 25 páginas de relato y 60 del libro con todos los extras citados.


Anatole France, en 1923

Anatole France (París, 1844-Saint-Cyr-sur-Loire, 1924) fue un escritor francés de mucho éxito, que gozó de todos los oropeles (la Académie, el Nobel, la Legión de Honor, el favor de los lectores…). Fue, además, un tipo comprometido que se rebeló contra la injusticia antisemita del asunto Dreyfus, que se mojó en la defensa de los derechos sindicales, que protestó por las imposiciones con las que el Tratado de Versalles humillaba a Alemania. No es de extrañar que Poncio Pilatos le llamara la atención, tanto como para decidirse a contar una historia tan buena, tan redonda, tan contundente como El procurador de Judea.


La cosa es así: un noble romano que fue expatriado por asuntos de faldas, ya en su edad madura está en Sicilia, donde se encuentra con un anciano Poncio Pilatos con el que había coincidido años atrás cuando éste era el representante del Imperio en Judea. Los dos viejos conocidos hablan de aquellos tiempos y Pilatos se marca un discurso antisemita de no te menees: que si estaba harto de las diferentes sectas hebreas; que si no se soportaban ni entre ellos; que si estaban incordiando todo el día a los estupendos romanos que se habían instalado allí casi para hacerles un favor; que si habría que destruirlos… Vaya, Poncio Pilatos, eso al cabo de los siglos se llamó Solución Final… Aparece el nombre de Jesús, claro, pero eso forma parte del intríngulis del relato y me voy a parar aquí. Solo diré que Poncio Pilatos no se enteró de la magnitud de lo que ocurrió delante de sus narices.

eaguirre@divertinajes.com




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