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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Inocencia

"Esto es una parte de aquel jardín preciosísimo del que te hablé. Alicia por fin había conseguido volverse muy pequeña, y pudo atravesar la puertecita. Yo supongo que estaría más o menos tan alta como un ratón puesto en dos patas: así que ya comprendes que ese rosal es muy pequeño, y esos jardineros también".
Lewis Carroll


Alicia: Ella se adentra en la maleza. Ella camina decidida, acelera su paso. Se acelera todo su cuerpo. Ella se acelera y avanza entre la maleza verde. Entre la maleza verde-gris, la maleza turbia y salvaje, la maleza que le araña las rodillas mientras la carrera sigue sin detenerse. Ella avanza más y más hacia adentro aún. Huye. Corre. Está huyendo y parece que no logra dejar atrás aquello que la persigue. El rostro está húmedo y sonrojado. Las mejillas queman y se calientan hasta un extremo insoportable al contacto inesperado e ineludible con las hojas y ramas de los arbustos, que casi es como un golpe, una bofetada seca, estampada en la piel ahora sudorosa, delicada, frágil.
El temor también avanza y se precipita como una masa informe sobre ella. Las rodillas estremecidas sangran y flojean robándole algo de velocidad. Ella intenta quitarse de encima ese temor invasivo, pero no puede hacerle frente y se deja vencer, lo absorbe junto al aire a través de los poros abiertos de su piel-envoltorio.
Moverse ahora, magullada y llena de temor, se hace más pesado, pero ha de continuar, porque aquello que la sigue de cerca, está muy próximo. La amenaza ronda cerca. Sombras, figuras sin definición, imágenes... atraviesan el bosque siguiendo sus pisadas. Mentiras, dudas, confusión... Ella casi los puede oler... y supone, que a su vez, lo que la persigue, debe llevar el olor de ella practicamente en el hocico. Se la van a zampar, seguro... Seguro que le clavarán las garras en cualquier momento. Ante el miedo, la imaginación se desborda y el bosque se hace más denso aún, más impenetrable y parece que donde antes se divisaba una especie de luminosidad muy al fondo, ahora no hay nada más que todavía más ramas, espesor, oscuridad. Pero ella es fuerte y obliga a sus músculos paralizados a seguir moviéndose, aunque sea con esa lentitud pegajosa e inusitada... al menos no se quedará quieta y entregada dócilmente a sus captores. Correrá. Correrá hasta donde pueda.
Además... la indignación, la rabia, la frustración ante esa persecución que ella entiende como totalmente injusta, vuelven a agilizar sus miembros, le dan alimento a su huida y reorganizan sus pensamientos. De nuevo la pequeña luz al fondo. De nuevo. Sólo durante unos segundos, pero la ha visto y ahora sabe hacia dónde ha de moverse. Hacia allí, hacia allí. La culpa que es constante, sin embargo ya está casi encima del cuerpo de ella, la culpa que se ensancha, que se agranda, que se transforma en todo lo que abarca a su paso. La culpa que la devora aunque ella sabe que es inocente.

¿Qué es ser inocente? ¿Acaso es posible iniciar o sostener algún tipo de movimiento, manteniendo constantemente un estado de supuesta inocencia?
¿Qué es ser inocente?
¿Cómo permanecer inocente si se está expuesto a la vida, a la vivencia de lo que es, de lo que será?

Lapidas un sentimiento, una emoción. Liquidas los pensamientos que hacen referencia a esta emoción... Le cortas la cabeza a lo que nace, a lo nuevo... y no quieres ser culpable. No quieres ser culpable de nada. Pero eso no es ser inocente. La inocencia se desgrana de otra manera. La inocencia tiene que ver con el asumir determinados hechos, cosas, vivencias. Asumirlas y asumirse a uno mismo frente a ello.
Caminar con los ojos cerrados al filo de un precipicio, no es ser inocente.
Y entonces...

Pequeños Deberes- Y tú, ¿Eres inocente?

Dibujo- Eva Davidova   




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