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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Como si fuera propio


El mal ajeno, el desafortunado debut en el largometraje de Oskar Santos, es un alambicado y truculento thriller hospitalario que nos acerca a la compleja aventura de Diego (Eduardo Noriega), un médico de una unidad de enfermos terminales que, recién separado de su mujer, es asaltado por la pareja de uno de sus pacientes y ve cómo cobran vida algunos de sus fantasmas personales.

El gran problema del filme de Santos es, sin duda, el relato en sí: una historia morbosa y gratuita, en que sólo podemos rescatar el esfuerzo de Noriega por dar cierta entidad dramática al mundo interior del maltratado protagonista y algunos detalles de humor negro atribuibles a la pluma de Sánchez Arévalo. No obstante, ni los médicos ni los enfermos ni los padres ni los hijos ni las parejas deshechas ni los múltiples giros de un argumento abominable hacen mella alguna en el público.

La reflexión filosófica que esconde el filme se ve enterrada por sentencias solemnes y empalidecida por secundarios que no alcanzan ninguna entidad dramática. Ni el melodrama familiar, ni el suspense, ni las abundantes lágrimas y la sangre que surcan las imágenes sombrías de El mal ajeno logran conmovernos. El realizador no dibuja a sus personajes sino que enlaza secuencias de dolor, desapego y angustia vital llenas de clichés.

El mal ajeno es una historia sobre el fracaso vital en que la estridencia de la puesta en escena y las excesivas pretensiones del guión lleva el filme desde el drama familiar a la santería y el ocultismo ahogando cualquier atisbo de emoción. Santos no deja casi espacio a la sutileza en aras de una historia de miedo a la muerte y a la vida producida con muchos medios, pero sin demasiada sensibilidad.

Un relato prescindible contado de forma aparatosa que pretende acercar —de la mano de Amenábar como productor— el cine español al cine de Hollywood sin preocuparse demasiado deque ni personajes ni acciones tengan sentido para el espectador. Podemos rescatar la belleza visual de algunas secuencias intimistas pero, en su conjunto, ésta es una película tan llena de dolor y altisonancia como falta de verdadera emoción e intensidad.




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