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El pizarrín

Javier Goñi

Cuatro por cinco son doce

Déjenme que les diga que dice Alicia, en un momento de momentánea ofuscación o de insólita lucidez, que “cuatro por cinco son doce, cuatro por seis son trece…”. Déjenme que les diga que me encontré el otro día, en la parada del bus, un anuncio convenientemente encelado: un ingeniero se ofrecía, 10 euros la hora, para clases de matemáticas, “resultados garantizados, ambiente agradable”. ¿Ambiente agradable? ¿Matemáticas?

Alicia canta alegre “cuatro por cinco son doce, cuatro por seis son trece…”.

Hector Hugo Munro, nacido en Birmania, 1870, Imperio Británico, quiso ser policía militar en su Birmania natal, pero no pudo colmar su vocación a causa de la malaria y acabó, en la Metrópoli, como escritor, que para serlo quizás no se necesitan estudios, acaso talento y de tenerlo tal vez uno se inmuniza contra la malaria. Murió, eso sí, en 1916, en Francia, en una batalla sonada y terrible, cuando la Gran Guerra. A Hector Hugo Munro, más conocido en literatura como Saki (tiene casi nombre escueto de bebida tibia japo: ya excusarán pero estoy enganchado, los lunes por la noche, en Canal + a The Pacific, y salen muchos japos) le conocía por un librito suyo aparecido en la Biblioteca de Babel, una colección de lecturas fantásticas que dirigió Jorge Luis Borges para el exquisito editor italiano Franco María Ricci y que en España publicó en los años ochenta Jacobo Siruela, cuando tenía su editorial en un pabellón de esgrima que hay –o había- en la madrileña plaza de Manuel Becerra, disimulado entre bingos y cañas y tapas.


Aquel libro de Saki se titulaba La reticencia de lady Anne (Siruela, 1986) y recuerdo  -bueno, me levanto, cojo el libro, y copio- el comienzo del prólogo de Borges: “Como Thackeray, como Kipling y como tantos otros ingleses ilustres, Hector Hugo Munro nació en el Oriente y conoció en Inglaterra el desamparo de una niñez vivida lejos de los padres y, en su caso, severamente vigilado por dos rígidas tías…”

Añado por mi cuenta: esto es lo que les pasa(ba) a los británicos: o se dan a la literatura, a la ginebra o dan y/o reciben contundentes y consentidos azotes nalgatorios: aquel perverso ensayo sobre el mal inglés del irlandés Ian Gibson en Planeta, pudo ser.


De Saki conocía pues aquel librito de FMR y del Conde de Siruela y también, en 2005, en la editorial Alpha Decay sus Cuentos completos, pero no ésta Alicia en Westminster, en traducción, prólogo y notas de Juan Gabriel López Guix, que ha sacado, este pasado otoño, la misma editorial Alpha Decay. Se trata de un breve y divertido opúsculo de sátira política –la del momento, cambio de siglo XIX-XX-, que sigue los pasos imposibles de otra muy popular Alicia, que lleva, la de Saki, unos ingeniosos dibujos de Francis C. Gould, que homenajea, parafrasea (¿se parafrasean las ilustraciones?, va a ser que no, pero vaya), las muy célebres y repetidas tantas veces de John Tenniel, que acompaña, desde entonces, toda edición de la auténtica Alicia, o casi, pues conozco una edición de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores de 1994, con traducción de Ramón Buckley (también aparecía en una edición anotada anterior de 1992 en Clásicos Cátedra), epílogo de Ana María Moix y –lo que ahora importa- dibujos del artista alemán Gerhard Hofmann (hay en el mercado, me consta, (re)aparecidas al son de la flauta hameliana de Tim Burton, otras alicias que llevan ilustraciones de artistas contemporáneos a nosotros, y eso está bien).


Lewis Carroll

La Aliciade Saki nos muestra lo muy popular que ya entonces era la Alicia del clérigo Charles Lutwidge Dodgson, que además de sabio matemático era fotógrafo contumaz y admirador sin freno –corramos un (es)túpido velo- de las niñas, nínfulas, pre-púberes. Toda interpretación que vaya más allá –en estos tiempos de hedionda pedofilia- quede a criterio del (in)discreto lector, que esa malévola insinuación ya causaba irritación al diplomático español Jaime de Ojeda, traductor y prologuista de la primera Alicia que tuve –y leí en su momento-, la edición de Alianza Editorial, con la cubierta plateada original de Daniel Gil, aquel añorado portadista de la benemérita –para mi generación, al menos- colección de bolsillo de Alianza Editorial, y que ahora, en estos días, ante el poderío hameliano de Tim Burton, reedita en estuche: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Mi Alicia, 2ª ed., es de 1972.

Es divertido, por cierto, comparar sin ninguna intención de valoración artística las ilustraciones originales de sir John Tenniel con las de Francis C. Gould, de la Aliciade Saki. Si esto fuera un programa de riguroso directo televisivo, igual que Jesús Javier Vázquez pediría a su realizador que dividiera la pantalla en dos con la nariz de Belén Esteban antes y después de pasar por quirófano, igual invito yo, ahora, al lector curioso y complaciente a que compare la ilustración del capítulo titulado “el anciano” realizada por uno y por otro. Por ejemplo.


Las Alicias de Francis C. Gould (izda.) y John Tenniel

Por cierto (también), husmeando en mi biblioteca he encontrado otro texto del rvdo, El paraguas de la rectoría / Cajón de sastre, una edición muy bonita de Ediciones del Cotal, una editorial catalana que fue (1980). Las ilustraciones son del propio Lewis Carroll y la edición de Carlos Miguel Sánchez-Rodrigo: a veces los libros descatalogados como éste contienen nombres como ése que nos sobresaltan cubiertos de maleza como lápidas olvidadas en cementerios descuidados, y no desearía faltar al respeto a Carlos Miguel Sánchez-Rodrigo en el improbable caso de que estuviera –en este momento- leyendo este blog…

Más por cierto, en este libro de Ediciones del Cotal se incluye al final dentro de “Romances de misterio, imaginación y humor” el número 5, que se titula “La miseria de Bloggs”. Bloggs, allí, un personaje que echaba tripa. Blog, ahora, un lugar común, éste y cualquiera.

Sigamos con las alicias. Hay –me consta- quien las colecciona, no es mi caso, ni tampoco me sobra erudición; en todo caso una biblioteca, ésta, la mía, ordenada y saltan de ella, como naipes alterados de una baraja en mano hábil de un tamariz, saltan, digo, otras alicias. Una versión, por ejemplo, de Mauro Armiño, de 1983, en bolsillo, en Edaf, manejable, tanto que veo que mi hija, de niña, pintó de naranja al conejo de…

… dejo de escribir esto un lunes soleado por la tarde porque suena el teléfono, Seguros Santa Lucía, a ver si tengo seguro de entierro, pues no, y no me interesa, muchas gracias, muy amable, buenas tardes, buenas tardes…

…pintó de naranja el conejo de chaleco y reloj en el bolsillo. A Alicia le pintó la cara de azul y gastó paleta de colores con la baraja. En formato adulto, años después, Mauro Armiño sacó en Valdemar otra Alicia en limpio.


Busco más, y me topo con Luis Maristany, quien en los años ochenta preparó una edición con las dos Alicias y La caza de Snack, todo en un solo volumen de bolsillo. La edición de Plaza&Janés, 1986, se ha quedado amarillenta por el cansancio del tiempo y por el mal papel. Ahora esta misma edición de Maristany, febrero 2010, la repesca Random House Mondadori en DeBolsillo. Bonita edición. Veremos dónde estaremos –amarilleando malvas- dentro de 24 años.

Menos manejable, en cuanto a tamaño, el contenido insuperable, es la célebre Alicia anotada (las dos) de Martin Gardner (traducción española, y van…, de Francisco Torres Oliver y la publicó Akal en 1984). Este matemático norteamericano, divulgador bien conocido, que intenta hacer divertidas y accesibles lo que ignorantes como el arriba firmante supone que son, las matemáticas, digo, anotó a conciencia las dos alicias y se acercó con detalle al asexuado –leo- solterón amig(uit)o de las niñas, que no –nunca- de los niños, que le horrorizaban, reverendo profesor de matemáticas en el Christ Church College, de Oxford: recuerdo que en un lejan(ísim)o viaje a la vieja ciudad universitaria, antes de unas o después de otras pintas de cerveza, curioseé sin mucho interés –esa es la impresión que me ha quedado- en una especie de casa, tienda de souvenirs     o santuario consagrado al recuerdo de Alicia y el reverendo.

Ojeo ahora con algo más de gana, un par de biografías, la de Jean Gattégno (Fondo de Cultura Económica, 1991), quien duda en si prestarle más atención a Charles Dodgson o a Lewis Carroll; y también la de Morton N. Cohen, Lewis Carroll (así se titula también la anterior: una cosa es la duda metodológica y otra el titular), que publicó Anagrama en 1998. Cohen tiene la tozudez erudita de los biógrafos anglosajones, y se nota, y es además el editor en inglés de varios volúmenes de cartas, pues el rvdo matemático, fotógrafo de objetivo femenino-infantil, se calificaba asimismo de “animal epistolar” (debió escribir unas cien mil cartas, tantas, aventuro, como fotografías artísticas hizo: bueno, esto es faltar a la verdad: al parecer hizo unas tres mil y de ellas se conservan un millar) y a una amiga se le quejaba, en 1887, de que se le iba la vida en escribir cartas.


Me detengo un buen rato en un hermoso libro entelado azul, de cierto tamaño, Cartas a niñas (las fotografías, abundantes, qué quieren que les diga, de cierta e inquietante desasosegada turbación). El libro apareció en 1987, fuera de colección, en Plaza&Janés, de la mano del ya citado Luis Maristany. Cartas y fotos –(per)turbadoras- que también se encuentran en otra inquietante obra, de indudable hermosura: Niñas (el título no puede ser más más), en Lumen, 1998, en traducción de J. L. Jiménez Frontín, Alex Pérez y Marta Pessarrodona y un prólogo muy interesante –no diría yo que no fuera en origen esta edición francesa: en el país vecino estas cosas gustan, hay tradición, fraternité y así- del fotógrafo de origen húngaro Brassaï.

Pero, en fin, no pretendía hablar tanto de las alicias (que Tim Burton  estrena qué), y sí de estas Cartas inéditas a Mabel Amy Burton, que acaba de poner en las librerías, con traducción de Mª Eugenia Frutos y epílogo de Mª Teresa Gallego Urrutia, la joven editorial Nocturna Ediciones (este otoño último se lanzaron con el muy interesante Diario de un viaje a Rusia, del mismo Carroll).


Mabel Amy Burton

Mabel. Pues ocurrió que C. L. Dodgson, nuestro Carroll, había conocido a la pequeña Mabel, ocho años, paseando por la playa y sin más reflexión que su propio impulso se dispuso a mantener con ella una cierta correspondencia epistolar, empezando, eso sí, por escribir, tanteando el terreno, a su padre, Mr. Burton (no confundir con que Tim Burton estrena qué), al que solicita permiso para enviarle como obsequio, como a tantas “otras amiguitas” (suyas, del rvdo) su “librito”, su Alicia.

Pero, en fin, ya digo, en realidad no quería hablar –demasiado- de las alicias, sino intentar entender –y no he podido- el libro de Lewis Carroll, Un cuento enmarañado y otros problemas de almohada (RBA, 2010), que –parece ser- es un libro muy ingenioso y entretenido sobre matemáticas, digo al parecer, pues apenas he entendido algo, por no decir nada. Me quedo, pues, con esas páginas iniciales de nuestra Alicia, donde se dice que “cuatro por cinco son doce, cuatro por seis son trece…”, y estaba ojeando con buena voluntad el libro de matemáticas de Carroll de RBA, esperando un autobús en una parada un poco más arriba de la sede del PP, acera de enfrente, en dirección a Alonso Martínez -¿se sitúan?, y el profesor Iván no me dejará en evidencia-, cuando levanto la vista –estas cosas sólo se pueden contar porque ocurren- y reparo en un anuncio pegado –concienzudamente– con cello:

“Ingeniero con estudios de magisterio y 15 años de experiencia docente se ofrece para clases de Matemáticas cualquier nivel de ESO y bachillerato. Resultados garantizados, ambiente agradable. Precio: 10 euros hora. Interesados contactarme por los números 91521**** y 63816****. Prof. Iván.·

¿Ambiente agradable? ¿Matemáticas? La realidad siempre se esconde en el país de las maravillas. Querida Alicia.




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