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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Malditos y no tan hermosos

A medio camino entre la crónica social y la ficción, Luis Antonio de Villena mira hacia atrás sin ira ─aunque tal vez con cierta autocomplacencia─ y nos traslada a la segunda mitad de los años setenta del pasado siglo para presentarnos la peripecia cultural y vital de un grupo de jóvenes personajes y su entorno en aquellos oscuros, y para ellos fundamentales, años del final del franquismo, en los que su empeño principal era cambiar el sistema de valores de aquel triste, oscuro y mojigato país que era España, y subvertir sus caducos códigos morales dinamitándolas a base de sexo, drogas y rock´n roll.


De todo eso, y de la búsqueda de una libertad individual por encima de cualquier otra cosa, trata Malditos (Bruguera), que se articula en torno a un personaje central ─Emilio Jordán─ un replicante ficcional del poeta, periodista, y otras muchas cosas, Eduardo Haro Ibars ─como el mismo narrador, Luis de Lastra, lo es del novelista, Luis Antonio de Villena─, y que le sirve al autor de hilo conductor para dibujar un sector del paisaje urbano y de quienes lo habitaban en los años inmediatamente anteriores a la famosa “movida” de la que fueron semilla y humus.

Villena entra en esa historia que vivió, y recuerda el mundo y el submundo por donde pululaba Haro Ibars con un estilo que, en mi opinión, esta más cerca del que utilizó Isherwood en sus Crónicas berlinesas o en Soy una cámara, que al espejo sthendaliano al que alude el propio autor en la nota final del libro, porque lo que hace Villena no es reflejar aquella realidad, si no entrar en ella captándola como si se tratara de una cámara subjetiva ─por utilizar su equivalente cinematográfico─ que va filmando ¿testimonialmente? su entorno, a la vez que convierte en autoficción todo aquello que ignora o no recuerda exactamente ─cosa que a muchos de los amigos del poeta recreados en la novela les sonará, como poco, a traición─. Pero, el autor está en su perfecto derecho como novelista de contar su versión de una realidad que, obviamente, no es la única: Haro Ibars era un personaje poliédrico y todos los que fueron amigos suyos ─bastantes menos de los que últimamente parece haber tenido─ estoy convencido de que tendrán su propia visión de él a veces visceralmente diferente de la de los otros. Posiblemente ese intento de dramatizar, de crear una personalidad a medida de cada personaje resulte incómodo para los representados ─de éstos algunos aparecen con su propio nombre y otras con uno inventado, decisión que no acabo de entender del todo─ porque siempre se verán distorsionados cuando no absolutamente falseados en el retrato que de ellos hace el autor. Pero esa es una decisión que Villena asume y lleva hasta sus últimas consecuencias, y a veces logra que algunos personajes sean más interesantes que la persona real.

Escrita con la prosa culta, refinada, preciosista que es inherente a toda la obra de Luis A. de Villena, Malditos se convierte en una crónica descarnada de un tiempo en el que un cierto sector de intelectuales intentó vivir la vida por su lado más salvaje experimentando con la heroína, el LSD, el alcohol o el sexo en todas sus variantes, paseándose por el borde de un abismo en el que muchos cayeron y que otros lograron eludir. Y cada uno hizo su elección de acuerdo a sus propias reglas, porque, a pesar de todo, aquella fue una época en la que aún se podía elegir.




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