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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Letoon - Kas - Myra - Olimpos... y Santa Claus


Teatro romano de Letoon

 OTROS DESTINOS

 

Nuestro primer objetivo del día, Letoon, nos sorprende por lo abandonado. En medio de una aldea agrícola, entre invernaderos, está comido por la hierba. Nos cuesta creer que sea Patrimonio de la Humanidad. Lo rodeamos con el coche: el teatro se ve perfectamente desde la carretera; hace demasiado calor como para aventurarse entre ruinas tan ruinosas, o al menos eso nos parece.

Xantos se presentó en el camino mucho antes de lo que esperábamos y, una vez más, hubimos de entrar y salir del pueblo nuevo tres o cuatro veces antes de dar con el acceso a las ruinas, cosa que logramos tras preguntar a un padre de familia que estaba lavando el coche con su hija, el cual no conforme con regarnos el coche (cosa que agradecimos porque el calor era realmente abrasador) dirigió la manguera a la ventana abierta y no la apartó a pesar de ver que nos mojaba a nosotras, los papeles que manejábamos (guía y mapa de carreteras) y la cámara de fotos. En general, son graciosillos, qué se le va a hacer.

Las ruinas, situadas en un alto, están divididas en dos zonas de visita: a un lado del camino, el teatro y las tumbas licias; al otro, el ágora y la Basílica (entrada: 3 YL). Los visitantes no sumábamos la docena.


Tumba y mosaicos en Xantos

En la Basílica, estábamos contemplando la muestra de mosaico que han dejado al aire después de tapar todo el suelo con trapos y gravilla, cuando se nos acercó un señor y nos preguntó que si queríamos ver el conejo, como no entendíamos lo que nos decía, abrió la barandilla y no invitó a entrar: el conejo era un mosaico del suelo del ábside. Al salir nos pidió una propina (2 YL).

Muertas de calor y ansiosas por conocer los orígenes de Santa Claus, nos dirigimos a la playa de Patara. Una vez más subimos entre pinos para bajar al aparcamiento de pago de la playa, en este caso también hay que pagar para entrar en la zona de costa porque hay ruinas (entrada: 3 YL).

 

San Nicolás, Papa Noel, Santa Claus, Father Christmas, Kris Kringle, Noel Baba… son algunos de los nombres del personaje más entrañable de las fiestas navideñas en todo el mundo.

Lo imaginamos viviendo en el polo norte rodeado de elfos y renos, pero en realidad el verdadero San Nicolás vivió en un cálido y soleado pueblo de la costa mediterránea de Turquía.

San Nicolás nació en Patara en el año 245 después de Cristo en el seno de una familia acomodada y se quedó huérfano de padre cuando era muy joven. Heredó una gran fortuna y, por su bondad y generosidad, la repartió a la gente necesitada, sobre todo para ayudar los niños.

A los 19 años decidió dedicarse al sacerdocio y Nicolás se convirtió en el obispo de Myra (hoy en día Demre, en Turquía). Allí realizó varios milagros tales como salvar marineros a punto de morir en una tempestad o resucitar a tres niños asesinados por un terrible carnicero.

San Nicolás es el santo protector de los niños, marineros, profesores, estudiantes y comerciantes.

El origen de su fama de repartidor de obsequios nació por un gesto de bondad: un noble de su pueblo que vivía con sus tres hijas empezó a pasar apuros y las hijas no tenían oportunidad de casarse porque su padre no podía darles la dote.

Una noche San Nicolás tiró una bolsa lleno de oro a la ventana del ruinoso castillo del noble. Este oro era suficiente para la boda de la primera hija. La noche siguiente echó otro saco desde la ventana para la boda de la segunda hija. Pero la tercera noche la ventana estaba cerrada, así que San Nicolás subió al tejado y dejó caer la bolsa desde la chimenea. Por la mañana, las hijas encontraron el oro en las medias que habían tendido al lado de la chimenea para que se secaran.

De allí viene la costumbre de colgar calcetines la noche de Navidad a la espera de la visita de San Nicolás.

Fuente: Oficina de Turismo de Turquía


Playa de Patara

La playa de Patara, enorme, con dunas (al estilo Fuerteventura), es la primera que vimos de arena, pero apenas la pudimos pisar porque ardía, no nos salimos de los caminos de madera más que para ir al agua, y eso a carreras. Cogimos una sombrilla y dos tumbonas (11 YL) y nos entretuvimos observando a la variada concurrencia (extranjeras y locales en bikini, mujeres vestidas sobre kilims preparando comida y bebida, teletubis…).

Comimos en el chiringuito: calamares fritos, finísimas hamburguesas y sandía, con cerveza.


Playa de Patara

A la entrada de la playa hay un puesto explicativo sobre el programa de protección de las tortugas y los lugares donde se supone que han puesto huevos están marcados con una cesta de alambre. Un cartel avisa de los turnos de uso de la playa: de 8:30 a 19:00, humanos; el resto del tiempo, tortugas.


Playa de Kajputas

Después de otro par de baños y un par de fotos, nos cambiamos en el aparcamiento (bastante alejado de la arena por un pasillo de madera) y continuamos camino.

La ruta ofrece vistas extraordinarias de la accidentada costa de esta zona del Mediterráneo y sorpresas continuas, en casi todas las bahías, a las que se ciñen las curvas de la carretera, hay pequeñas playas abarrotadas de gente u ocupadas por una sola familia. Posiblemente la más sorprendente sea la de Kajputas.

A media tarde ya habíamos llegado a nuestro destino: Kas. Teníamos reservado un bungalow en un camping (el único que había respondido a nuestro correo cuando sondeábamos desde España), bungalow que era como una canadiense de madera, y los baños aunque decentes no estaban precisamente al lado. El glamour que desprendían sus fotos de Internet apenas tenía algo que ver con la realidad. El bar poco apetecible, los cojines y colchonetas con vistas al mar bastante destrozados, las escaleras del embarcadero roñosísimas… nos dimos un buen baño en la “piscina” salada de cientos de metros ligada al suave acantilado en el que nos encontrábamos, lavamos algo de ropa, nos duchamos y nos fuimos al pueblo.


Kas

Kas resultó un lugar de veraneo de lo más coqueto. Todas las casas de la plaza que se abre al puerto y las de alguna que otra bocacalle restauradas al estilo otomano son tiendas o restaurantes. El pueblo está en cuesta, así que las terrazas a diferentes alturas de los restaurantes multiplican un espacio de por si no tan reducido.

Paseamos antes de sentarnos a cenar y probamos una de las delicias ofrecidas por los carritos ambulantes: almendras frías. Qué digo frías, heladas. Un curioso y refrescante tentempié.


Puesto de almendras frías en Kas

Aquí volvimos a oír hablar español.

Decenas de barcos anunciaban excursiones de un día a diferentes lugares de la costa.

Cenamos más o menos lo de siempre (pincho moruno y carne picada) en un bar de nombre Kalamar mientras contemplábamos, inevitablemente, alguna de las muchas pantallas que desde los distintos locales ofrecía el partido del día: Fenerbahçe-Besiktas.

También, como en todas partes, el canto del muecín llamando a la oración irrumpió en el ambiente un par de veces sin demasiado éxito aparente.

Al día siguiente, nos levantamos temprano y, cómo no, nos dimos un buen baño. Recogimos y nos fuimos (con 2.349 km en el cuentakilómetros) a desayunar a la plaza que, como suele ocurrir, desperezándose parecía otra. Desayunamos lo de siempre, en el bar Lola, y descargamos los correos aprovechando el Internet del local.


La carretera vista desde la carretera, al salir de Kas

 


Üçagiz

Camino del pintoresco pueblo de Üçagiz, cogimos a dos francesas reventadas que habíamos visto la noche anterior en el camping y que habían emprendido una marcha por el camino de la costa. El sol quemaba y no se veía una sombra en muchos kilómetros a la redonda. Las dejamos a la entrada de una pista de tierra que, según ellas, debía llevarlas a la costa que deseaban perfilar. Tocamos chufa en la aldea de Üçagiz, de donde también salín barcos de excursión, sobre todo a la isla de Kekova.

No conseguimos encontrar Simena (muy recomendada por las guías) y aunque Kekova nos tentaba acabamos olvidándonos de sus ruinas sumergidas.

Enseguida llegamos a Demre, a la Iglesia de San Nicolás (entrada: 10 YL), lugar de peregrinación para los rusos ortodoxos, que hacen cola para posar sobre la que se supone fue tumba del santo las medallas e iconos recién comprados con aparente verdadera devoción.


San Nicolás en Demre

¡El símbolo navideño del capitalismo y el patrón de la Iglesia ortodoxa rusa, un turco, el mismo turco! ¡Quién da más!

Las ruinas, que conservan interesantes frescos, están rodeadas de inmensos almacenes de iconos. A la salida (o entrada, según se mire), las dos folclóricas estatuas de San Nicolás esperan a los visitantes para ilustrar sus fotografías.

Desde Demre, también con una par de vueltas de más, nos acercamos a Myra (entrada: 10 YL), el verdadero hogar de San Nicolás. Aparcamos un poco antes de llegar, dirigidas por el dueño del bar en el que luego tomaríamos una coca-cola (demasiado sucio para comer algo).


Ruinas de Myra

Tiendas de camisetas, iconos y llaveros, y puestos de zumos forman un pasillo hasta la taquilla de entrada, desde la que se ve prácticamente todo el conjunto: es interesante el teatro vecindado por tumbas licias esculpidas en las rocas.

Los frisos con máscaras amontonados en el suelo sirven de asiento y tarima a los visitantes que, de seguir así, en pocos años acabarán con este singular patrimonio.

A la altura de Finike, separada del mar por la autovía, empezó a entrarnos el hambre de mediodía, pero los restaurantes de su larga y solitaria playa estaban vacíos y no nos decidimos por ninguno. Avanzamos siguiendo la costa y bordeamos un entrante de agua estancada en cuyo centro se eleva un observatorio de pájaros. El reclamo de los restaurantes de la zona son los cangrejos azules.

Cuando la carretera empezaba a ascender y a alejarse de la zona poblada, temimos adentrarnos en una nada gastronómica que podía durar varias horas, así que en una curva abierta dimos la vuelta y paramos en la primera terraza colgante que encontramos. El dueño, vigilado por tres mujeres cubiertas sentadas en corro, dejó la hamaca en la que sesteaba, y nos ofreció cangrejos azules y dorada a la plancha, que aceptamos con cerveza y ayran, y ensalada, que rechazamos (la enorme terraza de madera, cubierta de cojines y polvo, con varias televisiones estratégicamente colocadas, no ofrecía grandes garantías sanitarias). Nos trajo los cangrejos a la plancha, con dos tablas de madera y los correspondientes martillos, un niño de unos diez años que a continuación nos ofreció una ensalada regalo de la casa. Los cangrejos, de tenazas realmente azules, estaban muy carnosos. Terminamos con un te y unas fotos de los cangrejos adormilados en una cubeta que en tiempos había sido nevera.

 


Cangrejos azules en un restaurante de Finike

Tras dejar numerosos puestos de frutas con estufas que calentaban potas con maíz, teteras y cafeteras en los arcenes, descendimos hacia Olimpos por una carretera estrecha pero bien pavimentada hasta alcanzar, a nivel del mar, una amalgama de caserones de madera con enormes patios, a la sazón hoteles y restaurantes, que sobre terreno sin asfaltar, incluso salvando el cauce de un río seco, formaban una especie de campamento base, la mayor concentración de mochileros que vimos en todo el país. Dejamos el coche cuando aún faltaba un buen trecho para llegar a las ruinas de esta ciudad que se extendía hasta el agua. El trasiego de gente y vehículos era incesante en todas direcciones.

Pasado el control de acceso a las ruinas (entrada: 5 YL), numerosos carteles nos invitaban a perdernos entre la maleza en pos de unos u otros vestigios de la ciudad. Nos aventuramos hacia unas casas con restos de mosaicos pisados por todos. Volvimos al camino principal y avanzamos hacia el mar. Justo a la entrada de la playa, junto a la desembocadura del río que milagrosamente vuelve a tener agua, hay unas interesantes tumbas. La playa, de piedras, está sorprendentemente llena de gente, muchos grupos de jóvenes y parejas pero también familias. Nos hubiéramos bañado de buena gana, pero no llevamos traje de baño y el tiempo se nos estaba echando encima si queríamos visitar Phaselis. De vuelta al coche, hicimos fotos a tres generaciones haciendo gozlemes y compramos agua.


Tumbas portuarias, playa y gozlemes en Olimpos


Phaselis - Puerta de Adriano

Llegamos a Phaselis a media hora del cierre. El guarda nos adviertió de que cierran a las 19:00 (ya será a las 19:30) y nos deja pasar (entrada: 16 YL). Vimos a toda prisa los restos de esta interesante ciudad donde Alejandro Magno pasó el invierno del 333 a.C. y en la que queda poco del acueducto y nada de la puerta de mármol. Lo más atractivo: su calle principal, abierta al mar por ambos extremos. En la bahía fondeaba, dispuesto a pasar la noche a resguardo, algún que otro yate particular. De nuevo nos gustaría bañarnos pero no hay tiempo, ni siquiera para visitar el anunciado WC.

De vuelta a la carretera principal vemos el indicador a un teleférico, que nos elevaría algunos miles de metros, pero ya está cerrado.

Seguimos a Antalia, y un error de lectura nos hace seguir los indicadores de Alanya creyendo que aún llegaremos a tiempo de darnos un chapuzón en la playa de Cleopatra. Ya anochecido y pasado el aeropuerto, nos dicen que faltan para Alanya unos 22 km (en realidad, más de 100) y decidimos dar la vuelta. No funciona la luz del interior del coche así que sólo podemos guiarnos por los confusos indicadores de Centro ciudad y algo que nos suena a playa. Así es como avanzamos durante minutos y minutos, casi una hora, hacia Lara Playa. Cuando por fin damos con ella, todo está a oscuras. Volvemos a una calle adyacente y comenzamos el peregrinaje de recepción en recepción. Lara Beach está tomada por los rusos. Encontramos habitación en un hotelucho llamado Paris cuya terminal de tarjetas no funciona (aunque quieren hacernos creer que son nuestras tarjetas las que no funcionan).

Salimos a cenar y paramos en el primer local luminoso que vemos. Los ayranes están pasados (eso lo sabremos después cuando comprobemos que realmente no hay ayranes fuertes y suaves, son todos más o menos iguales), y mis albóndigas con tomate y queso llegan cuando Eva ya ha hecho la digestión de su tortilla de queso. Nos invitan al te y nos vamos a dormir.

La mayoría de las fotos las hizo Eva Orúe; el resto, yo misma.

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