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El pizarrín

Javier Goñi

Viejo álbum de sombras


Déjenme que les diga que a José Carlos Llop le hubiera gustado ser práctico del puerto de su ciudad sumergida, o de su ciudad invisible, de haber podido elegir qué ser. Que la literatura no la eliges, te elige ella a ti, afortunado tú.

Desde la Castilla profunda –estábamos con Miguel Delibes en el pizarrín de la semana pasada-, para uno la Bahía de Palma era una canción, melódica, o popula(che)r(a): “Me lo dijo Pérez”, una película, ¿Elke Sommer, el primer bikini del cine español?, una imagen, la familia del verdugo, espléndido Pepe Isbert y compañía conciliando trabajo y ocio vacacional con dietas del Ministerio de Justicia, genial Berlanga, auténtica la pareja de guardiasciviles en barquita buscando discretamente al verdugo en mitad del espectáculo turístico de luz y sonido de las cuevas del Drach.


Fotografía de F. Catalá Roca

Si es necesario se pasa del barco de la Transmediterránea, por donde desembarca la familia (con bebé) del verdugo, tantos peninsulares, turistas como extraterrestres y toma uno el “Mallorca”, un barco, que acaba de salir del puerto de Barcelona y va a atracar, cuando toque, en el de Palma. No, José Carlos Llop no es –ni en sueños infantiles- práctico del puerto de su ciudad sumergida, de su ciudad invisible, de la ciudad desvanecida (como la llamó el menorquín Mario Verdaguer), o de la ciudad perdida (como la llamó el escritor mallorquín Eduardo Jordá).

No, José Carlos Llop (Palma, 1956), como Eduardo Jordá (Palma, 1956), no ha nacido todavía y, menos aún, ha fantaseado con la idea de ser –o haber sido, ay, cautivo como está con la literatura, que le ha elegido- práctico. No. Sí dice José Pla, cuándo embarcó en el “Mallorca”, que esa fue la primera vez que realizó una travesía marítima y que llegó a Palma, a su bahía. Lo cuenta, Pla, el viejo Pla, en un libro que a mí me gusta mucho, Las ciudades del mar, un maravilloso viaje por las ciudades (algunas) del mar Mediterráneo, Librería Editorial Argos, Barcelona, 1942, y que me encontré un día en una cibertravesía por librerías de lance. Son unas páginas, breves, las dedicadas a Palma, pero espléndidas, como siempre en Pla: tiene prisa, cómo no, le queda todo el viejo Mediterráneo hasta Estambul, pasando por Rávena que huele a mar cerrado (Marina de Rávena, aquel verano), Dubrovnik (ahora un tópico, un destino de papel couché de agencia de viajes), y así.


Fotografía de F. Catalá Roca

Las ciudades del mar, qué hermoso título, de Pla. De Pla, también, qué espléndido volumen, Mallorca, Menorca e Ibiza, tercera edición, mayo de 1970, una mañana de domingo en la Cuesta de Moyano, en Madrid, regateo zoco de Marrakech, con precio de primera edición, febrero 1950, con unas magníficas fotografías en un estupendo blanco y negro de Françesc Catalá Roca –algunas de ellas prestigian, al aparecer en este pizarrín, estas líneas-. También encontré en la Cuesta de Moyano –aunque no, en mi biblioteca, esta tarde de domingo, primero de primavera, suena Adagio for Strings, de Samuel Barber, 19 de marzo 1942, en el Carnegie Hall de NY y la batuta de Arturo Toscanini, abro la botella de Hendrick´s que me ha regalado el viernes mi hija, liga bien con las cortezas de lima, que le echo y que estaba utilizando de balón por el pasillo mi hijo pequeño- un libro de cuentos –encontré, digo- de Juan Bonet, un escritor (balear), periodista(falangista), padre de María del Mar Bonet, la cantante, al que cita José Carlos Llop, pero éste –abusando del afecto personal y como escritor que le tengo- todavía anda, me temo, a estas alturas del pizarrín como práctico del puerto de su ciudad natal, sumergida, invisible, perdida, desvanecida. Palma.


Fotografía de F. Catalá Roca

Cuando leía, de pasada, de refilón, a Juan Bonet, uno era joven e iconoclasta, y al grupo en el que me movía nos hacía mucha gracia –burla cruel, injusta: ésta es la primera y única ocasión en que tengo, y no la desaprovecho, para desagraviar al agraviado: tonterías de juventud, esa enfermedad que se cura con los años- llamarse, y escribir como, Juan Bonet cuando se podía –y se debía, entonces, entonces, entonces, perdón, perdón, perdón- llamarse, y escribir como, Juan Benet. ¡Ay, benetines y benetones!, que escribía, ad maiorem dei gloriam, Eduardo Chamorro en Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas, el título se las trae, Ed. Península, 2001.

Samuel Barber ha dejado de salir de la batuta de Toscanini y me descargo en mi memoria cualquier canción, muy hermosa y mediterránea de la Bonet, para sacar en este viejo álbum de sombras a Monserrat Roig, una muy atractiva escritora y periodista catalana, que murió injustamente joven, atravesada por el rayo de un cáncer, y que tenía unas largas piernas o usaba unas cortas minifaldas –la memoria se ofusca y confunde los términos: me sirvo un poco más de Hendrick´s, algo de raspaduras de lima pateadas por mi hijo flotan sobre la copa de balón: profesional que uno es me he preguntado en voz alta, ¿vaso de sidra o copa de balón?, vaso alto ya no se pregunta-.


Rodoreda fotografiada por Pilar Aymerich

Uno, en esos años, era de la península profunda y le debo a Monserrat Roig –entrevistas originales, la de Llorenç Villalonga y Mercè Rodoreda en  la revista Triunfo, seguro, que leí en la semana correspondiente, de la de José Pla, “Conversación con Josep Pla en un día frío de finales de enero”, no estoy tan seguro: dicen las leyendas que la Roig apareció por la masía del señor Pla con tanta minifalda tan mínima que la tramontana sonó hasta bien entrada la madrugada, y que el señor Pla, q.e.p.d., socarrón e impresionado, todavía lo cuenta allá donde siga escribiendo- que me diera varias cosas. Una, un libro estupendo de entrevistas, Los hechiceros de la palabra, Ediciones Martínez Roca (1975): otro que me hiciera conocer a esos dos monstruos de la literatura catalana, la Rodoreda (cuando veo la película de Betriu La plaza del diamante, el baile de La Colometa. Silvia Munt, actriz, todavía disimulo las lágrimas; descubrí una mañana de un último verano una plaza en el barrio de Gracia que se llama así), y Llorenç Villalonga.


Monserrat Roig

A Monserrat Roig, cuando se murió, le hice una necrológica en Diario 16, un periódico que hubo, y le dediqué buen espacio a su largas piernas, o a sus célebres minifaldas, no sé, y recordaba cómo una vez que la entrevisté le conté, contrito, arrepentido, cómo en una ocasión, en una discusión estival y conyugal, voló por la ventana –ventana abierta tiene que ver con estival, se entiende- por mano femenina un libro suyo, Tiempo de cerezas, Argos Vergara, 1978, y cómo mi amor por los libros zanjó la discusión, conyugal y estival, y cómo me lancé, desesperado, a la calle, a buscarlo, el libro, y cómo no lo hallé nunca, y ella, mujer solidaria, algo le habrías hecho, y yo, pues algo, sería, y al regreso de Barcelona me envió otro ejemplar, éste, para que lo conservéis, firmaba. De aquello, sí, he conservado el libro, éste, de lo otro, una hija, ésa, la de la botella de Hendrick´s. El otro día, Día del Padre. 19 de marzo. Ya es primavera en El Corte Inglés.


Villalonga fotografiado por Pilar Aymerich

Por Monserrat Roig –gracias, Montse, donde estés- me aficioné, y cómo, a Llorenç Villalonga, tantas novelas suyas, y sobre todo Bearn o La sala de las muñecas, tres veces leída, en Seix-Barral, en BBB, o sea Biblioteca Breve de Bolsillo, en Cátedra, anotada, como un clásico de la literatura catalana, aunque se debió escribir –primero- en castellano, y este verano último en Ediciones Alfabia, con prólogos –como los ha hecho para ediciones anteriores de otros libros de Villalonga en Mondadori, Pre-Textos Anagrama- de José Carlos Llop, quien ha escrito, ahora, un espléndido libro, En la ciudad sumergida (RBA), que es un viejo álbum de sombras de su ciudad, Palma, de sus fantasmas (Cristóbal Serra, ese lujo de la isla, le puso en la pista), de sus gentes, de sus casas, de sus escritores, “escribanos de agua”, los llama, en una acertada imagen, de las gentes –extranjeros, exiliados, trasterrados, errantes- que por allí han pasado, de sus calles, de sus iglesias, de sus piedras: esos baños árabes que, al parecer, son hebreos: en mi último viaje reciente a Palma me desorienté en torno a la catedral, ví el cartel de los baños árabes pero acabé encontrando una estupenda librería que tiene al fondo unas mesas donde tomar una copa mientras, goloso, ojeas tus rapiñas: una nueva edición, por ejemplo, de Mosquitos, de Faulkner, publicado por la misma editora de Bearn, Ediciones Alfabia, en traducción del joven escritor aragonés Daniel Gascón, que es hijo –ay- de un amigo, Antón Castro, el responsable del suplemento de cultura de los jueves de El Heraldo de Aragón.

José Carlos Llop, un estupendo narrador, poeta, ensayista, dietarista y observador de las cosas –es un gran andarín de su ciudad-, creía que a cierta edad –la que ya tiene- uno no sólo adquiere el rostro que se merece, sino que le debe a su ciudad un libro. Llop ha cumplido con su parte, ha escrito un hermosísimo cuaderno de viaje de su propia ciudad, Palma, no ha rehuido el delicado –o no- cometido de destripar el oso de peluche de uno mismo, su vida y la de su familia –es tan hermosa la dedicatoria a su madre, ésta puede, supongo, leer tan orgullosamente este libro y al fondo, en la sombra, pero con mucha fuerza el padre, tan cálido, tan próximo, tan atrayente-, y dejo de escribir, que todavía me quedan ochenta páginas. Qué placer.

(Por cierto, cuenta Pla en Las ciudades del mar, que al llegar a la Bahía de Palma oye, en cubierta, a alguien interesarse: Tomeu, que t ´has maretxat? Con José Carlos Llop de práctico del puerto de Palma, qué va.)




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