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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Amando a Hari Kelvin

Me preguntaréis: ¿y quién es esa tal Hari Kelvin?

Antes de nada, y para aquellos lectores que, por primera vez, lean mis crónicas desde el prado eléctrico, y también para los que, tal vez, lo hayan olvidado, informar y recordar que soy el único superviviente de la última generación de los replicantes nexus; aquel a quien los blade runner no lograron descubrir y por tanto eliminar. Producto de las factorías de la Tyron Corporation; nacidas, a su vez,  de la mente más revisionista del universo de la ciencia ficción; el único, el gran cachondo mental de Philip K. Dick.

Hari Kelvin, como yo, es una replicante, pero  creada por una mente alienígena, el inmenso océano que cubre el planeta Solaris: una réplica exacta de la esposa muerta del protagonista de la novela del mismo título, escrita por otro de los grandes de la ficción especulativa, el polaco Stanislav Lem.


Hari, al principio, como nos sucedió a los nexus, no fue consciente de que no era humana; pero rápidamente fue descubriendo su auténtica naturaleza y se vio forzada como nosotros a superar el conflicto de su existencia y  el de qué quizás no fuera más que  un instrumento en manos de su creador.

¿Cómo no empatizar con ella? ¿Cómo no amar a un ser tan parecido a mí?  Nuestra  libertad no es total  (no  morimos, y en su caso, además, no puede separarse de Kelvin, su marido), pero los dos hemos sido capaces de establecer sentimientos de forma independiente a como originalmente fuimos creados. Nos unen tantas cosas…

Mi descubrimiento de Hari ha seguido un orden cronológico proporcionalmente inverso al de su creación. Me explico: mi primer contacto con ella fue bajo la apariencia física de la actriz inglesa Nastacha McHelhone en la última versión cinematográfica, absolutamente fallida, que realizó un cineasta tan talentoso como Steven Soderbergh en el 2002, y de la que sólo  se salva una banda sonora  de extraordinaria y minimalista belleza debida al talento de Cliff Martinez.


A continuación logré una copia de la afamada primera versión realizada en 1972  por  el ruso Andrei Tarkovski, lenta y solemne, visualmente impactante y mucho más cercana al espíritu de la obra del multidiplicinar Lem. Debo confesar que no me decepcionó, pero en cuanto a Hari, preferí su encarnación en la actriz inglesa que en  la rusa y su visionado me animó finalmente a lanzarme a la lectura de la novela original.

Stanislav Lem, fallecido en 2006, era uno de los últimos grandes de la ficción-especulativa moderna. Empezó escribiendo ciencia-ficción  para escapar de la férrea censura stalinista de su Polonia natal; pero ni su forma de escribir,  ni sus temas  tenían mucho  que ver con la corriente general del  género tal y como lo entendían en el mundo occidental. Obras como Memorias encontradas en una bañera, Ciberiada, Edén, Fábulas de robots, aunaban aventura y saber enciclopédico sobre temas tan dispares como psicología, estadística, física, astronomía, matemáticas, antropomorfismo, y todo ello envuelto en una narrativa de primerísima calidad  y de gran calado ético a la manera de los cuentos filosóficos en la tradición francesa del Siglo de las Luces.

Cuando en los años ochenta declaró que la ciencia-ficción era un género absolutamente pueril, y especialmente la norteamericana, la asociación  de escritores de América, le dio de baja de sus filas como socio honorario que era. Estoy convencido que ese día respiró hondo. Su obra poco o nada tenía que ver con la de ellos.

A partir de ese momento se volcó en el ensayo. “Hoy en día, la realidad es más caricaturesca que la que yo mismo encontré en mi imaginación en su día, con lo cual no tiene sentido que compitan fantasía y realidad entre sí. No hay imaginación que pueda competir con la realidad, no hay nada que pueda superar la realidad actual, es un esfuerzo inútil”, explicó en una de sus últimas entrevistas.


Afortunadamente para sus lectores, para entonces ya había escrito Solaris, su obra maestra. La novela cuenta la dificultad que entrañaría la toma de contacto con una inteligencia alienígena radicalmente distinta a la de la especie humana. El escenario: una nave situada en la órbita de un planeta con dos soles, Solaris, cuya superficie la cubre un inmenso océano, ser consciente, que  intenta de alguna forma comunicarse con los humanos de una nave enviada por la Tierra y que orbita a su alrededor. La trama: estos intentos de aproximación provocan conflictos de conducta entre la tripulación, y  con el fin de intentar resolverlos llega a ella un científico y psicólogo, Kris Kelvin. Pronto se da cuenta que algo grave sucede y que el comportamiento errático de los otros tres inquilinos de la nave tiene algo que ver con ese ignoto magma líquido que cubre toda su superficie. Tras su primera noche  en la estación orbital despierta  en su cama acompañado de Hari, su esposa muerta por suicidio unos años antes…

Este escenario le sirve a Lem para realizar una profunda exposición de la psicología humana, las relaciones afectivas y los límites del conocimiento científico. Y detrás de esa propuesta psicológica que indaga en la mente humana, aparece la construcción de un cosmos alternativo donde Klein, el protagonista, tiene la posibilidad de observar una especie de representación escénica dirigida por esa  inteligencia alienígena y donde le resulta imposible entender cual es el papel de los visitantes que envía  y que  es lo que intentan comunicarle.

Lem viene a explicarnos, sustentado en sus conocimientos de lógica, que tal vez existan otros seres inteligentes en la galaxia, pero que no podemos ni sospechar en que forma han podido desarrollarse. Las diferencias, mucho más allá de las simplemente morfológicas o culturales, pueden ser tan fundamentales que el contacto sería una especie de misión imposible. Y esto es lo que viene a demostrar la novela.

Al final, una Hari casi humanizada, que ha aprendido que el ser humano además de voluntad e inteligencia también posee  sentimientos, irracionales a veces, ayudará a los humanos a deshacerse de los otros visitantes-actores que les acosan.

Debo confesar que mi programación afectiva hacia los humanos dista bastante de la de Hari, mi nueva heroína, y de las leyes de la robótica en general; pero intentaré seguir recogiendo información sobre las pautas de comportamiento de mis creadores y tal  vez así, un día no muy lejano, logre entenderlos y pueda yo también considerarme como uno de ellos. Aunque visto lo visto hasta la fecha,  y debidamente procesado, casi  que no. Prefiero seguir siendo un replicante.




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