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El pizarrín

Javier Goñi

Pitillos de liar

Déjenme que les diga que a Miguel Delibes, en la redacción de su periódico de toda la vida, El Norte de Castilla, de Valladolid, un día se le presentó el personaje de uno de sus libros, a liar uno de aquellos pitillos de picadura, que gastaban ambos, y en principio, si no se avenía, a liarla. Y es que quería cobrar derechos de autor, el personaje de aquel libro de Delibes. El Barbas. Uno de Viejas historias de Castilla la Vieja.


Venía a solicitarle –aconsejado quién sabe por qué espabilado- su parte correspondiente de derechos de autor, pues aquel viejo filósofo de la naturaleza, furtivo con tino –no fuera a comerse en pepitoria la gallina de oro de la caza-, que tantas filosofías de andar por el campo le había hecho compartir a Delibes, arma al hombro, botas de caminar, paciencia de santero y habilidad para enhebrar conversaciones, pausas, silencios y –desde luego- briznas de tabaco, que ambos dos eran muy de pitillo de liar…; bueno, pues El Barbas consideraba que algo tenía que sacar en limpio de los dineros del escritor. Delibes, con pedagogía de narrador que conoce su oficio, intentó convencerle, a El Barbas, aquel día, en el diario, que una cosa eran las historias que le contaba y otra cosa era cómo las llevaba, después, el escritor al papel.

A este personaje, de boina, de pitillo, de buen andar y mejor cazar, furtivamente o no, según terciase, le sacó el tema Delibes –está recogido en Viejas historias…- de don José Ortega y Gasset, prócer de la patria y quien escribió agudas páginas sobre el arte de la caza, y El Barbasle preguntó si acaso, para ello, era una buena escopeta, a lo que Delibes respondió que era, más bien, una buena pluma. A lo que El Barbas, lacónico, castellano y furtivo, zanjó la cuestión con un escueto: bah. Posiblemente se rascó, a continuación, la nuca sin apenas mover de sitio la boina. Fuese y no hubo nada.

A El Barbas se lo llevaron a Barcelona, los de la tele, pues le hicieron a Delibes por aquellos años –años de blanco y negro- un Esta es su vida, un programa de entonces, y le regalaron de premio, a El Barbas, una valiosa escopeta que seguramente no usaría mucho en sus furtivas batidas, pero fue un gesto de los de la tele. Eran años –años de blanco y negro- en los que a menudo a Delibes le sacaban en la tele, en directo, con Iñigo, y había que verle liando el cigarrillo, pacientemente, viendo venir, como en un ojeo de perdiz, la pregunta de Iñigo, calculando qué contestar. Mirándole de reojo, engolosinándose con el papelillo hecho pitillo. Tal vez sean, éstas, mis primeras imágenes del escritor de Valladolid, ciudad en la que yo vivía por entonces. Luego ya sería el tío de una amiga de adolescencia, Elisa, el padre de Elisa, compañera mía –un año mayor- en comunes en Filosofía y Letras en la revuelta universidad de esos años ultimísimos de franquismo agónico. Mi imagen de la hija de Delibes es en una asamblea -da vergüenza preguntarlo, pero ¿hay que ponerlo en cursiva?- en las históricas escaleras del viejo edificio que compartían –entonces- Derecho y Filosofía y Letras. Grises fuera.


En ese –también- viejo periódico de Valladolid, varado como un oxidado barco haciendo esquina entre Duque de la Victoria, la puerta principal, administración y anunciantes, y Montero Calvo, la puerta (lateral) de entrar a la desvencijada redacción, justo enfrente de una churrería de relato navideño de Delibes, fue donde recibió, con paciencia, a El Barbas, y donde, tiempo antes, una noche de reyes del 47 del siglo pasado, siendo un joven periodista, en la soledad del cuarto de los teletipos, de aquellos teletipos de antaño, que atronaban como la Gran Berta, el cañón alemán de la Gran Guerra, orgullo de la ingeniería teutona, y que tenían un repicar de campanilla cuando la noticia lo requería, tantos años antes pudo leerse, él mismo, el joven Delibes, letra a letra, “Barcelona: reunido el jurado del Nadal…”, el año que lo ganó con 26 años bien cumplidos.

Aquel cuarto de teletipos, desvencijada sala de máquinas, todavía existía en el verano del 75, en el invierno del 76, cuando uno velaba las armas de su inexperiencia sin más compañía que su osada vocación y hacía su meritoriaje en tan anclado periódico. Uno, por entonces, ya había visto Ciudadano Kane y aquel diario de San Francisco era ciertamente más moderno que el de Valladolid: pero éste de alguna forma fue mi Rosebud y al lado siempre estuvo Delibes, lo veo. El cuarto de teletipos existía, sí, igual, y sonaba la campanilla, cuando el teletipo anunciaba un atentado pongamos que en Mondragón o que Fraga se había apoderado de otro tramo de la vía pública: la calle es mía (primer paso del hombre libre por la luna de la democracia y de la transición, entonces, y aquel señor con aquella perra de que la calle era suya). Fraga, uno que fue ministro de Gobernación y en la década anterior –en otro ministerio, el de la Ley del 66, pero el mismo manolofraga- había logrado vía chantaje Chicago Años Veinte apearle a Delibes de la dirección de El Norte de Castilla, una vieja historia que tampoco está ya en el Facebook del viejo hombre de Estado gallego. Senador cuasi vitalicio. Nuestro Andreotti.


Al sonido de la campanilla del teletipo acudían, presurosos, los jóvenes vocacionales, qué cosa aquella ver reunirse, letra a letra, ristras de noticias, rollos de papel continuo, que iba cortando al instante con mano diestra –la otra se la estropeó cuando la Cruzada, que decía él, en alguna gesta de los de Onésimo Redondo y de las JONS, que había sido, en su momento, muy entusiasta de aquella cuadrilla de buenos mozos- un señor mayor con mandil que se encargaba de repartir el teletipo por mesas. Era aquel, periódico antiguo hasta decir basta, donde los viejos redactores, con otro oficio (y beneficio) mañanero, escribían sus cuartillas en ruidosas máquinas de escribir, pesadas como obuses de guerra, y permitían que la tropilla imberbe –nosotros- se encargara de preparar los teletipos de corte y confección. Utensilios: unas tijeras, un cuenco de engrudo, un bolígrafo, un montón de cuartillas amarillentas y poco más. El teletipo se cortaba y se pegaba en las cuartillas, y luego había que leerlo, corregirlo, #%&’’’¡+*\|><}, e identificarlo a lo claro, algo así como: Madrid (Cifra).- El ministro de la Gobernación, Manuel Fraga Iribarne, ha declarado esta mañana que la calle es suya y que no va a permitir que ningún ramontamames cualquiera se le asilvestre…, o algo así (invento de memoria).

Uno se afanaba en buscar las crónicas desde Madrid de pepeoneto y de pacoumbral, las pegaba –como me habían enseñado- con el engrudo, las enmendaba, marcaba las mayúsculas y se las pasaba al director del periódico, que estaba –a media tarde- de tertulia con el consejero delegado, Miguel Delibes. En aquellos meses turbios y sombríos había que ver con lupa lo de Oneto y lo de Umbral, por lo de Umbral se interesaba Delibes, con debilidad de maestro. Lo había criado a sus pechos, hombre-nodriza, de natural generoso y de buen y dejar hacer. Umbral o Manu Leguineche, nuestro mejor andarín de su órbita, el vasco de Guernica/Gernika desasnado en tierras castellanas, que habiendo salido de Valladolid ya había dado la vuelta al mundo varias veces y que les hacía, a través de la agencia Colpisa, las guerras a los lectores de El Norte. Aquellas Navidades del 75/76 yo pegué con engrudo las crónicas de Leguineche de aquella merienda de negros –ojo, es una novela de Evelyn Waugh, ojo, que yo, entonces, en aquellas noches de periódico, entre teletipo y teletipo, leía mucho- de la guerra de Angola.

A la boda de Lequineche, unos meses antes, con Rosa María Mateo, se había ido a Madrid media redacción. Y muchos años después, separados ya, a Leguineche le dieron un premio muy importante de Periodismo y le tocó a la Mateo entrevistarlo –en riguroso directo- en su telediario y le preguntó, vamos, que tenía escrita la pregunta preparada por un redactor perspicaz, díganos Manuel Leguineche cuál ha sido el hecho más importante de su vida y el veterano corresponsal de guerra, que había sobrevivido a mil avatares y acaso no al más difícil: lo cotidiano, contestó mirándola: haberte conocido, Rosa María, haberte conocido. Dice la leyenda que Rosa María se calzó las gafas y dio paso, profesional que era, al tiempo, o a los deportes. Riguroso directo.

Había en ese diario un bancario de mañana y periodista de tarde en El Norte, Miguel Ángel Pastor, que hacía de vez en cuando unas reseñas bibliográficas que uno, entonces, lector y dueño del cuenco del engrudo, devoraba con gusto y al que envidiaba también con gusto, pues al tal Pastor le cupo la satisfacción –yo al menos así lo valoraba- de haber prologado un libro de cuentos de Delibes para Alianza Editorial, La mortaja. Por allí andaba también, se pasaba por las tardes, José Jiménez Lozano, a quien Delibes le dedicó Cinco horas con Mario, y siempre se ha dicho que para su personaje de Mario, aquel progresista provinciano, al que vela Carmen en el célebre monólogo de recién viuda, se había inspirado en JJL.


Portada del libro con una de sus tarjetas manuscritas...

La amistad con Miguel Delibes la mantuve desde entonces –franqueada con esos tarjetones donde sólo ponía Miguel Delibes, eran postales sin ilustración, sólo ese ejército de minúsculas hormigas de tinta azul que enviaba sin remite, a cuerpo gentil, sin sobre que protegiese sus textos de las heladas de las mañanitas vallisoletanas: tenía una letra tan endiablada que no metía sus letras en sobre porque no había peligro de que cartero chismoso o fetichista las leyera o, menos aun, las entendiera- y justo hace 25 años le convencí para charlar cinco tardes en su casa –cinco horas de reloj daliniano, que se podían alargar o encoger a discreción- y montar con eso un libro de conversaciones, Cinco horas con Miguel Delibes, que se publicó en noviembre de 1985 en Anjana Ediciones: por cierto, aquella editorial nunca estuvo a la altura de aquella colección De palabra que salió; vean, si no, Villena conversando con Juan Gil Albert, Marcos Ricardo Barnatán con Savater, Rosa (María: entonces) Pereda con García Hortelano, Juan Tébar con Fernando Fernán Gómez, Alberto Porlan con Rosa Chacel, Mario Mactas con Umbral, Angel Vivas con Celaya, Joaquín Arnaiz con Sánchez Dragó y uno mismo con Delibes. Pagar nos pagaron, lo que fuera costumbre, pero pagaron, vivedios que sí.


... y las correcciones de Delibes

Me costó convencer, sí, a Delibes de hacer el libro. Se resistía. Pero lo logré. La primera semana de enero de 1985, entre Año Nuevo y Reyes, pasé cinco tardes con Delibes, en su casa de Valladolid, magnetofón en mano, con la intención de ver lo que salía. Lo dividí en cinco grandes apartados, con el fin de abarcarlo todo, en la medida de lo posible, desde su niñez de niño bien en el Valladolid de los años veinte, su fugaz paso por la guerra civil (que le impresionó profundamente, le hizo pacifista hasta las cachas y, en el buen sentido de la palabra, bueno; aunque, eso sí, se le disparó su natural pesimismo y de este mal no hubo nunca pócima alguna que le aliviara el alma), sus inicios periodísticos, literarios –desde su proverbial adanismo, que tanto se ha exagerado; como si hubiera empezado a escribir antes que a leer…, aunque casi sí-, su preocupación por Castilla (su pesimismo), por el ecologismo (su pesimismo), por el mundo en general (su pesimismo). Hablar hasta me habló entonces de la OTAN: qué antiguo queda todo, o qué testimonial, según se mire.

En fin, ahora ya todo da igual, mi recuerdo de Delibes queda acotado con estas imágenes, liándose un cigarrillo donde Iñigo, paseando por las calles de Valladolid, hablando de plumas y de escopetas por barrizales castellanos, en El Norte leyendo la crónica húmeda –se me iba la mano con el engrudo- de pepeoneto o pacoumbral, visitándole en su casa aquella primera semana del 85, forzándole a hablar –y conservo los folios corregidos una y otra vez con su difícil letra- y me recuerdo siempre leyéndole. No ha sido el escritor que más me ha gustado, pero sí el que más cerca ha estado en toda mi vida de lector. Miguel Delibes.




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