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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Pelín desafinada


Una perfecta fusión entre música e imágenes convierten a El concierto en un filme más que apreciable, a pesar de tocar muchos puntos y no profundizar en casi ninguno y de combinar, con desiguales resultados, la sátira social, la comedia coral, el drama intimista y la reflexión histórica.

Después del éxito de Vete y vive, Radu Mihaileanu vuelve a hurgar en la historia del continente europeo y en las atrocidades cometidas contra el pueblo judío. Desde la no tan lejana Unión Soviética hasta la Francia de hoy, seguimos los pasos de Andrei Filipov, un director de orquesta atormentado que, con ayuda de una singular troupe de músicos, busca desquitarse de los fantasmas del ayer dando el concierto de su vida. De nuevo la Historia con mayúsculas y las historias con minúsculas chocan y se determinan.

Los lastres de El concierto son tanto un guión algo enrevesado como la desigual fortuna del realizador al arremeter contra los males de la burocracia comunista y los intereses de la sociedad capitalista. Así, algunos personajes secundarios brillan con luz propia frente a otros retratados con brocha gorda, sin eludir el maniqueísmo, el humor grueso y los mecanismos más viejos del melodrama. Éste es un filme que busca la armonía pero no la encuentra del todo porque, a pesar del ágil montaje y de la vibrante fuerza de sus imágenes y sonidos, sus criaturas no acaban de alcanzar la entidad necesaria y el director se decanta por una mezcla entre el estilo artístico de tono elevado y la comedieta ligera algo estridente.

Con todo, y si obviamos algunos puntos argumentales imposibles y algunos chistes fallidos, no cabe duda de que estamos ante una ópera social construida con brío y resuelta con cierta astucia. En el reparto coral destaca la vitalidad de Melanie Laurent mientras que el protagonista masculino, Aleksei Guskov, aun logrando cierta intensidad no convence del todo. Mihaileanu es un hábil narrador y un más que solvente constructor de espacios fílmicos, pero nuevamente se revela como un artífice algo tramposo en la construcción dramática de su relato, llevándonos de una manera forzada a situaciones de clímax que dan como resultado una solvente representación con un trasfondo algo endeble.




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