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Pantumaca

Sara Orúe

La nieve


De que ha nevado en Barcelona se han enterado, ¿verdad? Y de los atascos, el caos, las retenciones, los apagones, los semáforos que no funcionaban, las rondas colapsadas… ¿a que se han enterado de todo eso?

La verdad es que en Barcelona no estamos preparados para la nieve, ni las autoridades ni los particulares. Al loro.

Reunión de trabajo con un posible cliente en su despacho el lunes a las 12.00 del mediodía. Yo estoy sentada de espaldas a la ventana explicándole todas las ventajas de contratar nuestros servicios. Él mira por encima de mi hombro. Ante su falta de interés, me vuelvo más agresiva y comienzo a explicarle mi política de precios, mis protocolos de trabajo, los números obtenidos con otros clientes. Me suena el  móvil. Pido perdón y contesto. Es “Mamá Tumaca”.

—(Muy bajito) Mamá, no puedo hablar, estoy en una reunión.
—Que está nevando.
—Luego te llamo
—Vale, vale, pero es que está nevando.

Me giro y, efectivamente, ahí está una nevada incipiente amenazando mis negocios. Cuelgo y sigo a lo mío, que la pela es la pela.

El cada vez menos posible cliente no me hace ni caso, mira a lo lejos, ahora ya con cara de embobado. En un momento, harta de su indiferencia a todo lo que digo le pregunto

—Entonces, ¿cuándo firmamos?
—¿Firmar? Perdona, no te estaba escuchando. ¿Has visto cómo nieva?

Él ya se ha puesto de pie, se ha acercado a la ventana y está llamando por el móvil a su mujer “Cari, que está nevando” Decido dejarlo aquí, me despido de un cincuentón (entusiasmado con la idea de ver nevar por la ventana de su despacho) con la promesa de llamarle de nuevo. Mañana me vuelve a recibir y él mismo me ha dicho “Empezaremos de cero, no tomé ni una nota”. Qué bonita la nieve.

Saliendo de esa oficina suena mi móvil. Es Tío Ra.

—Sobri.
—Dime.
—Que está nevando.
—Ya, ya.
—…
—¿Qué querías?
—Nada, eso que está nevando.
—Vale, luego hablamos.

Me voy a Pilates. Mi monitor es un joven brasileño.

—Que no se entere Madonna que viene a por él.
—No te preocupes, Julieta, que no se lo voy a decir.

No puede concentrarse, no hace más que mirar por la ventana. Cuando la nieve comienza a cuajar casi se pone a dar palmas de alegría. Le suena el teléfono. Nos pide disculpas y sale a hablar con, por lo que deducimos, su novia ¿Qué de qué? Pues de la nieve, ¿de qué va a ser?

Regreso a la oficina y la nevada arrecia. A eso de las 16:00 no hay nadie trabajando, está todo el mundo mirando por la ventana y/o haciéndose fotos en la terraza…

—¿Tenéis terraza en la oficina?
—Sí.
—Qué nivel, Maribel.

… que comienza a parecer el jardín de la casa de Papá Noel.

Entretanto los teléfonos no dejan de sonar,

—¿Ventas?
—Noooooo. Gente que llama a decirnos que está nevando.

Estoy deseando hablar con mi hijo. Es la primera vez que él ve la nieve. Le llamo

—Bombón, ¿has visto la nieve?
—Sí, había por la calle y estaba muy fría y he hecho bolas y la abuela (Mamá Tumaca) me ha reñido porque se las he tirado a ella…
—¿Y en el cole había nieve?
—Mmmmm, no, “a l’escola hi havia neu”

Mi hijo no tiene del todo claro lo del catalán y el castellano todavía. Ya les contaré.

La vuelta a casa caminando bajo y sobre la nieve, literalmente hablando, no tiene precio. La gente en la calle hacía muñecos y se hacía fotos con ellos, los niños se tiraban bolas y no sacamos los trineos porque no tenemos, que si no….

Que yo no es por quitar importancia al tema del caos y la lenta respuesta de las autoridades ¿eh? , pero que, vamos, nuestras mentes también se quedaron en blanco.

Bueno, supongo que si en Laponia amaneciese un día con un sol radiante, 36 grados a la sombra y unas palmeras tropicales mecidas por la dulce brisa del Mediterráneo… pues también se colapsarían, ¿no creen?





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