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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Después de la lluvia

Alicia- Ojalá llueva hoy... Ojalá la lluvia me deje caminar, correr por la calle entre la gente y llorar, llorar sin que se note.


Llueve. Llueve intensamente sobre los campos que beben de ese agua acidificada y la absorben para después hacer brotar de sus entrañas flores envenenadas, flores tóxicas, flores hermosas y misteriosas. Flores nuevas. Nuevas especies de flor. Flores mutantes. Como yo. Yo soy una mutante. Una flor mutada por causa de la lluvia ácida que bebí, que absorbí con facilidad, que procesé con dificultades serias de mi organismo y que finalmente asumí, tuve que asumir, las consecuencias.
Después de la lluvia todo se torna intensamente hermoso. Álgido. Húmedo. Luminoso aunque no haya sol. No hay casi sol, de hecho, no hay casi sol estos días y es estupendo, ya que el sol nos abrasa ahora que la capa de ozono se ha hecho permeable, rompible, frágil. El sol hiere a todos, menos a los mutantes como yo. Todos los mutantes somos capaces de permanecer unos cuantos minutos debajo del sol, sin ser llagados al instante, mientras que el resto, los humanos perfectos, ahora viven en carne propia, la inutilidad de su perfección genética de humanos. El sol los achicharra como pequeñas hojas otoñales, los quema, los destroza en cuestión de segundos... Así que ellos, los perfectos humanos, ahora están escondidos. Y nosotros, yo... los mutantes, la pequeña mutante a la que antes llamaban; vampiro, rara, extraña, loca... Yo, la pequeña flor mutada después de la lluvia, ahora juego con cierta ventaja a ese absurdo juego de la vida, en el cual, en definitiva y como siempre, simplemente se trata de sobrevivir. ¿Y por qué queremos sobrevivir? ¿Para qué? Cuestión de grabaciones genéticas, una sencilla programación para continuar la especie... ¿Y para qué?
Ni idea. No hay respuesta. Pero la verdad es que cuanto más raro es el espécimen, mayores ganas de sobrevivir tiene... Como si el impulso de reivindicar su propia existencia, su forma única, su ser específico, su percepción del mundo... fuese enorme, inmenso... El impulso de dar el grito más grande, el aullido más intenso, la huella genética más profunda.
Después de la lluvia todo son pensamientos, elucubraciones, preguntas lanzadas al vacío, ensoñaciones, visiones, premoniciones.
Después de la lluvia, la belleza es afilada y uno quiere vivir un poco más, un poco más, un poco más... Eternamente. Vivir. Quiero vivir. Aunque me han educado para pensar en la muerte, como si fuese un tránsito. Un mero trámite para transformar una cosa en otra... yo no me lo creo y pienso que la muerte es el fin. El fin de todo. El fin de cualquier conexión con la percepción subjetiva del individuo, el fin de cualquier señal, huella, rastro, resto... de imaginación, intención, atención, acción. El fin de ser. De ser uno mismo. Así que yo quiero vivir. Eternamente. Vivir sin morir. A lo mejor los mutantes tenemos esa capacidad, quién sabe... yo no me atrevo a arriesgarme y probar. Así que me expongo a los posibles peligros, lo justo. Lo justo para sentir, saber, conocer... que estoy viva.
Después de la lluvia, los campos ahora despoblados, se estremecen al contacto con el ligero viento que ahora mece toda la tierra. La tierra que ahora flota suavemente envuelta en el velo luminoso de la radiación tóxica, que es hermosa, hermosa y siniestra como la perfección. La perfección, que yo siempre, aunque fuese secretamente, he sabido que no existe. Tal vez porque aunque no era perfecta, ya que muté muy pronto, casi siendo una niña... aunque no fui una perfecta humana genéticamente, sí que hice, inventé, imaginé, creé, dejé a mi paso cosas, momentos, vivencias, sueños, realidades, encuentros, caricias, besos, recuerdos, instantes... casi perfectos. Pero ahora, después de la lluvia, todo parece una leyenda, una historia que tal vez la nueva especie que surja de nuestros supervivientes, los retoños de esa nueva especie que surgirá tal vez en mis entrañas... contarán, cantarán, invocarán esa leyenda, esa historia... como una mitología, como un símbolo de algo. De algo a lo que hay que temer ligeramente... algo también de lo que hay que tomar, tomar gota a gota para cometer errores distintos e intentar crear una realidad nueva. Perfecta no. Simplemente nueva. Como lo es todo después de la lluvia. Y eso siempre ha sido así. Llovía y después abríamos las ventanas de par en par, para que el fresco oxígeno inundara nuestros pulmones de un impulso vital único, incomparable, certero.

Pequeños Deberes- Acércate a la ventana, abrela y mira fuera... Mira bien, ampliando tu campo de visión. Más... y un poco más aún. ¿Habías visto ya todo lo que ahora ves? Y ahora... Ahora cierra los ojos y deja que todo lo que has deseado, simplemente suceda... te suceda a ti.

Dibujo- Eva Davidova

"Después de la lluvia, la belleza es afilada y uno quiere vivir un poco más, un poco más, un poco más aún... Eternamente. Después de la lluvia todo se torna intensamente hermoso. Álgido. Húmedo. Luminoso aunque no haya sol. Después de la lluvia, todo son pensamientos, elucubraciones, preguntas lanzadas al vacío, premoniciones"...




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