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El pizarrín

Javier Goñi

Natalia tiene novio paraguayo


Déjenme que les diga  que el fin de semana que el Barça empató en Almería y el Madrí remontó con un holandés, de los Tercios de Flandes, rubio como la cerveza, yo me lo pasé con Manolo V El Empecinado. Gozosamente lo del Empecinado, que lo del holandés, rubio como la cerveza, qué quieren que les diga, si quieren que les diga algo: uno es —perdónenme, si ha lugar— del Barça. Como Manolo V El Empecinado.


Por Manolo me enteré que tiene novio –tenía, 30 de septiembre de 1960— paraguayo, Natalia, y que se llama como el Cid, ¿Díaz?, sí, Díaz de Vivar, y cristianado, Gustavo –no hay nada como un buen hisopo, un buchito de agua, para sulfatar el guaraní—. Natalia, Natalia Figueroa, “una muchacha en busca de sí misma”, en Solidaridad Nacional, un vespertino catalán, falangista, incautado a las hordas cenetistas, septiembre de 1960, donde un periodista, pipiolo, necesitado de trabajar, coqueteando ya con el PSUC, los comunistas catalanes, madre mía, hace 50 años, vela sus primeras armas.

Manolo V el Empecinado. Sixto Cámara. Luis Dávila, o Luis de Ávila, su primer seudónimo. O Jack el Decorador. Seudónimos no lo faltaron. A él, querido maestro, querido Manuel Vázquez Montalbán.

En la editorial Debate acaba de aparecer el primer tomo, 1960—1973. La construcción del columnista, de su Obra periodística, que tendrá tres, creo, y que ha preparado Francesc Salgado.


Y déjame, querido maestro MVM, lo fuiste, querido maestro escéptico, de algunas generaciones de periodistas, de la mía al menos, que nos robustecimos con el biberón de la revista Triunfo, tú te ensanchaste con queso americano norteamericano de posguerra, mi generación con leche en polvo (de izquierdas, irónica, culta, heterodoxa) de la revista Triunfo (¿que no la conocen?, está colgada en la red, palabra), déjame, querido MVM, que me autoplagie (todo queda en casa) con lo que escribí –las primeras líneas tan sólo— recientemente en otra trinchera de papel, en la revista Mercurio de la Fundación José Manuel Lara, aquel editor, tu editor. Qué risa, tía Felisa, aquellos premios Planeta cuando el gran Lara, Solidaridad Nacional, febrero 1961, qué bien que me lo adjetivas, de tres en tres, joven MVM al gran Lara, “editor, andaluz y pelirrojo”, decía aquello, pisándole la gracieta a Salvador Dalí, Avida Dollars, MVM, tú, es comunista, yo tampoco. Qué risa, tía Felisa.

Déjame, sí, querido MVM, que me autoplagie –me lo he bajado de mi propio ordenador—, algo así como:


“En el Introito (sic) de Autobiografía del general Franco (Planeta, 1992), el escritor que narra la novela hace un somero repaso a algunos críticos literarios del momento (allá por el jurásico), y le cabe el honor al arriba firmante [sigo siendo yo] –En cambio el joven Goñi me obsequió en Cambio16 [una revista que hubo, que hay; la que hubo hizo mucho ruido en las primeras transiciones] con una crítica dicharachera, fluida, espirituosa, veinte líneas suficientes para resumir la solapa del libro y añadir algún chiste distanciador pero cariñoso en el fondo— de haber tenido un breve cameo junto a Conte y García Posada. MVM, maestro de periodistas para muchos plumillas, que lo tuvimos de referente moral y lo leímos con gusto siempre, en este caso se equivoca en una cosa: nunca he resumido la solapa de un libro, y le traté lo suficiente como para decírselo varias veces”.

A MVM, y que lo sepa Ángel Basanta, Presidente de la Asociación Española de Críticos Literarios. Y que sepas, querido MVM, que ya no estás entre nosotros, que a mediados de abril nos reuniremos, los críticos literarios, en Barcelona, para fallar los Premios correspondientes a 2009. Madrid. Barcelona. MVM. Tomás Salvador. Llegaremos. Por si no llegamos. En el reportaje del Premio Planeta de este año, Tomás Salvador, flamante ganador 1960, crítico literario también, pinche de cocina de los Premios de la Crítica de entonces se queja con bonhomía de que “los de Madrid dicen que todo nos los guisábamos los de Barcelona”. Lo digo, por si no llegamos.


www.danielvazquezsalles.com

Y que sepas, querido MVM, que tu hijo, Daniel Vázquez Sallés, escribe de fútbol, a favor del Barça, en El Mundo, y que escribe buenas novelas, como ésta en la que ando, Flores negras para Roddick (de la Serie Negrade RBA), y quiero que sepas, también, que los de Planeta –ahora está el hijo del viejo Lara, no tanto el joven Lara, sino el gran Lara, hay tema, Lara, hay tema, MVM—, te sacaron hace unos pocos meses una nueva edición conmemorativa de Los mares del Sur, la novela de Pepe Carvalho con la que obtuviste, hace 30 años –y pico: octubre de 1979— el Premio Planeta. Tú también, Bruto, hijo mío. Y Marsé. Y Benet (finalista: fue una apuesta con Eduardo Chamorro). Y Federico Sánchez, o Jorge Semprún. ¿Recuerdas al viejo Lara: MVM ¿comunista?, yo tampoco? Una edición conmemorativa, que lleva un puñado de fotos –nunca fuiste muy fotogénico, feo, acaso, pero entrañable, querido maestro—, un prólogo de Quim Aranda y una entrevista que te hizo el propio Aranda, y en la que te desangras –un poco, déjame que te lo diga— por un reconocimiento —¡a ti!— que no te llega, por una crítica —¡a ti!— adversa, por un puesto en el escalafón que no te es propicio —¡a ti!—.

Déjame que te diga, querido MVM, que Juan Cruz te hace un perfil de fotomatón muy preciso en Egos revueltos (Tusquets, 2010), que parecías, hombre sudoroso en Guadalajara (México), u hombre dubitativo siempre, alguien que siempre recelabas del lugar que ocupabas, de lo que el porvenir –profesionalmente— te deparaba. Te recuerdo, querido MVM, en una Feria del Libro de Madrid, en una caseta, de Planeta, o donde fuera, firmando, tú, preguntándome a mí —colaborador a pie de página— por nuestro porvenir porque habían cambiado de director en El País, porque ya no era Joaquín Estefanía, sino Jesús Ceberio. Y tú me preguntabas —¡a mi!— que qué iba a pasar con nosotros –conmigo, nada malo, pero contigo ¡pordiós!, si eras, fuiste, lo serás: maestro MVM—.

Estoy disfrutando, mucho, querido MVM, con tu obra periodística, que te están recopilando en Debate. Yo te descubrí en 1969 –diosdiosdios— en la revista Triunfo, cuando aquella serie de artículos, que tanta fama te dieron, sobre la crónica sentimental de España. Hubo que esperar tanto, tal vez 1976, para ver la película de Basilio Martín Patino y ese chulesco –seco como un puñetazo, hay puñetazos con los que sangras, y con éste sangramos todos, más los que lo recibieron, claro— “ya hemos pasao”, de la Célia Gámez, y de su padrino, el miles gloriosus demediado Millán Astray. Yo te descubrí, MVM, en 1969, en Triunfo.


Pero tú empezaste hace exactamente 50 años y me está gustando mucho, MVM, este primer tomo de tu Obra periodística, que ha puesto en marcha Debate. No me sorprende nada que debutaras, hace 50 años, en la prensa falangista –lo que había—, en Solidaridad Nacional –ese periódico incautado— y en el semanario El Español, de Madrid. ¡Tú si que fuiste un AVE de ida y vuelta, querido MVM! De dónde sacaste tanta información sobre Kennedy, tú que entonces te manejabas con el inglés, lo justo, y con Google y Wikipedia hace 50 años, lo mínimo. Tú que hiciste confesar a tu Pepe Carvalho, que lo había matado, a Kennedy, macho, a Kennedy. Déjame, MVM, que te recomiende un libro, y con el que estoy también en estos días, Habanos en Camelot. Crónicas personales, de William Styron (Ed. La otra orilla, 2009; no te digo más, MVM, para mí que en aquel encuentro, en 1962, en la Casa Blanca, entre Kennedy y la Primera Dama con un grupo de escritores, entre ellos Styron, estuvo entre el Servicio Secreto tu Pepe Carvalho; no te lo puedo asegurar, pero acaso: te van a gustar, de periodista a periodista, estas crónicas: se fuma, MVM, se fuma, mucho, y habanos, en Camelot, lo cuenta Styron).

Antes citaba a Natalia Figueroa, y que no se me olvide, por cierto, aludir a Tomás Salvador, escritor, crítico literario, padre de familia numerosa, Premio Planeta 1960, e inspector de policía de profesión. Una bellísima persona, al parecer –a pesar de serlo de profesión; entonces—, un escritor olvidado, aunque yo tengo –herencia paterna que valoro en lo que se merece— un libro suyo –un momento, me levanto y lo compruebo; efectivamente, son dos—, o dos, División 250 (sobre la División Azul, aquello, ya saben), Ediciones Domus, 1954, y Cuerda de Presos,  Luis de Caralt, 1954. Les tengo cariño, sí.

En este tomo de Debate aparece una impagable entrevista a vuelapluma —muy de la época, Manuel del Arco hacía época— con Natalia Figueroa, nieta de Romanones, hija del marqués de Santo Floro, que luego matrimoniaría hasta los restos, creo que en Venecia fue la romántica ceremonia, creo recordar la foto nupcial en una apañada góndola –no lo encuentro en You Tube, palabra—, con Raphael Yo soy aquel. Una niña bien, madrileña, que no sabe nada –entonces, septiembre de 1960— de Fabiola de Mora y Aragón, y que quiere escribir, Natalia, además de lo del novio paraguayo, ay. Ay, sí, MVM, pues no vas y le preguntas a Natalia, y copio, literal…

—¿Para quién escribes, Natalia? ¿Has pensado que esos seres anónimos que sierran madera, fabrican tornillos o amontonan ladrillos, también necesitan una poesía?
—Me gustaría mucho escribir para ellos. Yo creo que me entienden. He recibido cartas de personas muy humildes a quienes les han gustado mis poemas. Un soldado raso entre ellos…

Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic. Sic.

Quisiera, ya para ir acabando –estoy todavía leyendo este primer volumen, gozando de él—, subrayar varias crónicas más. Una, espléndida, la crónica, al detalle y al minuto, ya no hay periodistas así, maestro MVM, del Premio Planeta 1960, donde el run—run decía que lo iba a ganar alguien –espléndido el escritor y traductor Andrés Bosch, hace unas cuantas semanas de pizarrín salía, guapo y airoso, en las memorias de esa estupenda vieja dama indigna Esther Tusquets, en Bruguera, sembrando pistas falsas o precipitadas como un travieso Garbancito— con el seudónimo de Julio Mandarino. Luego resultó ser nuestro simpático y olvidado Tomás Salvador, por El atentado. Duro país, ahora y siempre, dura época, ésta y siempre, en la que un periodista como Manuel Vázquez Montalbán –se ve que estoy acabando en cómo despliego del todo nombre y apellidos, no me digan que no— debe escribir una crónica como ésta –espléndida, espléndida, espléndida, 1960, 1960, 1960— digna en otro país más anglosajón –ay— del Pulitzer, o lo que suene.

Pero no quisiera acabar esta carta inacabable al viejo y entrañable maestro MVM, sin encarecerles vivamente que dejen ya la lectura de estas líneas y vayan a lo que importa, a este estupendo volumen y lean la entrevista con Lara —cómo solucionaría el problema, entonces y siempre, de la lectura en este país, y cómo, por cierto, solucionaría el problema de la crítica literaria en este país— y también, desde luego, esa charla, magnífica, con ese “joyero hasta las tres de la tarde, novelista de tres a nueve”, que el 2 de diciembre de 1960 se llamaba Juan Marsé.

Pero lean, lean, por su cuenta y riesgo.

Salud, maestro MVM.




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