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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Esto no es un thriller (aunque lo parezca)


«Quiero que sepas desde ahora que te voy a matar», le espeta un amigo a otro tras un reencuentro después de años de separación. Antiguos integrantes de un conjunto pop de los noventa; el uno, Juan Cáceres, que regenta ahora una tienda de animales en un centro comercial, está casado, tiene hijos y lleva una vida dentro de los parámetros de la normalidad social; el otro, Valle, músico frustrado y de existencia marginada, llega con esta amenaza directa y terrible a turbar, la hasta ese momento, pacifica existencia de su amigo.

Así de contundente, y de cinematográfica manera (J. P. Melville no lo hubiera hecho mejor) comienza Los asesinos lentos (Editorial Siruela), segunda novela de Rafael G. Balanzá y ganadora del último premio Café Gijón.

A partir de ahí el autor, con pericia narrativa y trepidante acción, nos hace navegar por esas aguas procelosas que existen entre la realidad y la irrealidad, en una aventura que se organiza en torno a esta amenaza inesperada, absurda, de un amigo a otro y el tratamiento de la agonía que sufre el amenazado a la espera de su ejecución.

Con un estilo rotundo, que hunde sus raíces en Kafka y el surrealismo, y una construcción que se proyecta a partir del punto de vista de la angustia que siente el protagonista, la novela avanza a través de una intriga que va enrocándose y llega a ser asfixiante logrando, a su vez, transmitirnos la locura de su protagonista y hacernos partícipes de ella, de su pérdida progresiva de la realidad, y de su hundimiento en los más recónditos y cotidianos terrores.

«Soy un escritor más bien clásico y no me gustan los experimentalismos», ha dicho Balanzá. Y ha añadido: «aunque quiero dejar claro que mi libro no se trata de una novela negra. Me gusta el género pero no tiene nada que ver con un policíaco al estilo de Agatha Christie».

Efectivamente no lo es, aunque lo parezca, porque el autor, que maneja los mimbres del género con absoluta destreza y conoce perfectamente sus convenciones, no usa éstas con el único propósito de mantener la tensión del lector, lo suyo va más allá. Lo que realmente le interesa es materializar el terror de una situación que transgrede las fronteras de lo aleatorio, y esto lo hace con la precisión de un cirujano ayudado de un enorme dominio del potencial sugerente del lenguaje. Lo que Balanzá cuenta, lo cuenta perfectamente y eso produce un deleitoso efecto en el atrapado lector.

Una novela en suma para leer y disfrutar.




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