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El pizarrín

Javier Goñi

El silbo del dale


Déjenme que les diga que tiembla la tierra allá, en ese estrecho brazo chileno, y las palabras del español común, uno y diverso, que estaban colocadas en montón como una bandeja de bombones de anuncio televisivo, se desparraman, una y todas. Y la biblioteca de uno se estremece y caen como inofensivos cascotes, libros y libros, de poesía, por ejemplo, o para empezar.

Y cómo no recordar, estos días pasados, al gran Pablo Neruda, voraz, bocazas, procaz, proteico, proteínico, protídico, vocinglero, verboso, verborreico, el de las Odas elementales (Cátedra, 1982), y ahí están sus odas –tantas- a la alcachofa, a la cebolla, al cobre, a una castaña en el suelo, al pan, al tomate, incluso, sí, al caldillo de congrio (ya recuerdan, sí: “… vive el rosado congrio,/ gigante anguila/ de nevada carne…”), hasta llegar a la “Oda a Valparaiso” (“Valparaíso / qué disparate / eres, / qué loco / puerto loco, / qué cabeza / con cerros, / desgreñada…”), larga, como una tira desde el desierto de Atacama hasta Puerto Montt.


Y se me alborotan, inquietos, dos, tres libros de Miguel Sánchez-Ostiz, quien dedica buena parte de su último diario, Sin tiempo que perder (Dietario 2007-2008), ed. Alberdania, 2009, a Valparaíso, esa ciudad en la que nunca acabará de situar una novela –tuvo el proyecto-; y ahí está, derrumbada, su novela, La calavera de Robinson (en Alberdania también, 2006), situada en la isla de Juan Fernández, en el Mar de Chile, tocada en estos días por la cólera de los dioses, la isla literaria y real de Robinson Crusoe, aquel caballero británico, y así se llamaba, La isla de Juan Fernández, su libro de viajes en Ediciones B, 2005.

Y recojo, también de Neruda, Estravagario (Losada, 1971), y me encuentro –los libros en las ficciones se abren al azar, siempre- ese poema, cuasi zoológico, donde están todos, incluso el gato, aunque no sepa, al final, cómo se llama. Es un poema largo, de rima y músicas acaso fáciles, a la manera nerudiana, y se llama –sin más, tan solo- “Bestiario”, ese poema que comienza: “Si yo pudiera hablar/ con pájaros, con ostras y con lagartijas…”.


Lagartijas. Culebras. “Culebra” se llama un poema de Miguel Hernández, ahora que estamos en el centenario, y suena Serrat –de nuevo- por las radios. El otro día, donde SER Francino, los tertulianos –reconocí a Joaquín Estefanía al cerrar el grifo, confieso, nerudianamente, que me estaba duchando- hablaban del poeta de las Nanas de la cebolla, y a) las nanas las cantó Alberto Cortez, y b) no todo en Miguel Hernández es bueno. Será, si lo dicen en tertulia, pero a mí me gusta –porque me viene a cuento- ese silbo que se titula “El silbo del dale”, que tan sonoramente suena, ése que dice: “Dale al aspa, molino, / hasta nevar el trigo…”, y me lo encuentro con todo lo demás, con las “Nanas…” (“La cebolla es escarcha / cerrada y pobre: / escarcha de tus días/ y de mis noches”) y con la “Culebra” (no sé si pasarían los filtros pertinentes ese comienzo: “Aunque / se horroricen / los gitanos…”), en Obra poética completa (Alianza Tres, 1982, en edición como ven de padre e hijo, Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia).

Ha temblado allí la tierra, se han caído las palabras del Congreso de la Lengua, se han venido abajo los palés con las obras (poéticas y conmemorativas) de Neruda y la Mistral, los nobeles chilenos, y uno quisiera dedicar el resto del pizarrín a las cosas elementales, las que cantan los poetas, pan, tijera, pelo, o –ya puestos- a los bestiarios que se agazapan tras un amor contrariado. Pan, Viñals, tijera, Morábito, pelo, Pauls, bestiario, Josan, bichografías, Krahn.


Aunque de pronto –y por razones que no son para airearlas en plaza pública- me ha interesado mucho ese espléndido libro de Josan Hatero, que ha dormido un largo invierno literario y ha parido, de pronto, La piel afilada (Un bestiario de amantes), Alfaguara, 2010, y aquí me estoy entreteniendo, y me detengo, como quien no quiere la cosa, en “Los que esperan”, quizás porque lo he abierto al azar –al azar de la ficción- y me he encontrado subrayada esta frase fragmentada: “… donde ya no esperarán más, donde se acaban las horas muertas y las ilusiones y comienza, justo entonces, lo que ya sabían”. Y qué hermoso índice de amantes. Picoteo: cenicientas por la última frase de la pág. 13; erróneos, del inicio de la pág. 22; o los funambulistas –ellos, ellas, tú-, de la pág. 31; o esa carga de profundidad de la página 33. Son inquietantes –pienso- los amantes sin remedio, la pág. 95, y también los que olvidan, de la pág. 109,  y también –quién sabe- los que prometen, de la pág. 149. Y así.


Me tranquilizan más las “bichografías”, del dibujante chileno Fernando Krahn, que acaba de publicar Seix Barral en su colección de Únicos. Krahn pinta y dibuja su particular bestiario, a pie de campo, un centón de bichos e insectos, los más repelentes, feos, como para cruzar de acera si se encuentra uno con ellos, pero todos ellos están atravesados por una suerte de melancólico saber estar, de molestar lo mínimo: ¿cabe más humildad en ese pobre bicho, que no tiene nombre, ni menos nombre científico, que el día que Krahn lo atrapó –dibujándolo- en su cuaderno se llamaba Abdón, pero ese día fue el 2 julio de 08, quién sabe cómo se llamará hoy, en esta tarde, en la que escribo estas líneas, cómo se llamará mañana, el día en que usted –lector— las lea?

Usted, aquel libro de poemas –niña, no se señala con el dedo- de Almudena Guzmán, finalista del Premio de Poesía Hiperión 1986, y dedicado “A Usted, en obediencia”, que se dijo –entonces— que usted era alguien, usted, aquel, a quien Almudena Guzmán le advertía: “Esto va a venirse abajo/ de un momento a otro/ y usted lo sabe…” Qué soberbia, saberlo. Pero volvamos a Abdón, que así se llamaba ese día. Hoy, mañana 4 de marzo, qué importa. El nombre no importa, la última novela de Paula Izquierdo, que acaba de aparecer, en estos días, en Alianza Editorial, y sí el nombre importa, Ele, Ene, importa.


Como importa titular bien, a veces un título, seco como un trallazo, estimula, activa la circulación poética. El Usted fue de Almudena Guzmán, Pan lo es ahora –lo fue, entonces, del noruego filonazi Knut Hamsun– del hispano-argentino José Viñals, que aparece en Pre-Textos, hay palabras humildes que tienen fuerza poética, coscurrito, por ejemplo, “corto un coscurrito”, escribe Viñals, y añade: “¡qué bonita palabra coscurrito!”, y que lo digas, Viñals, y que lo digas, que cuando los poetas os ponéis sencillos, lo sois hasta la muerte, ni un paso más allá, pues no titulas un poema en prosa “Caganer” y te brotan las palabras: “Bien se sabe que el que come cerebros de golondrina no halla letrina”, o ese otro –que me gusta mucho– que titulas, Viñals, “Equivalencias”, y dice así, que se decía antes: “Damasco o albaricoque; durazno o melocotón; frutilla o fresa; arveja o guisante. Mi lengua y mi lengua. Acabo de ver un alcaucil o sea una alcachofa. Pero a ti, amigo mío, te lloro muerto o muerto.”

Frutilla, y que yo juraría habértelo oído de tu boca esquiva –ahora– no hace tanto tiempo. Frutilla, sí, lo juraría.


Al mexicano Fabio Morábito creo haberle entrevistado el siglo pasado en Casa de América, en una cosa –desembarcada– de México en España. De Morábito se me quedaron dos palabras: nopal y curador (que lo era, entonces, de pintura mexicana, de Rufino Tamayo, acaso). Y ahora me llega, en este revoltillo de libros, unos recientes, y otros desparramados, caídos por el temblor, su libro Caja de herramientas (Pre-Textos, 2010), y que qué contiene esta caja de herramientas, ese conjunto de prosas con aromas poéticos, pues qué va a contener, lo habitual, a saber: lima/lija, esponja, aceite, tubo, cuchillo, cuerda, bolsa, tornillo, tijeras, resorte, trapo y martillo. Martillo, la última herramienta, “es –escribe Morábito– la herramienta más fácil y la más profunda. Ninguna otra nos llena la mano tanto como ella”.


Otro de la otra orilla, el argentino Alan Pauls, quien ya nos dio hace un tiempo todo un bestiario borgeano en El factor Borges, Anagrama –lo borgeano, lo bórgico, lo borgesco, lo borgeril, lo borgeriano, lo borgísimo son todas vueltas que se dan como en un tiovivo en ese subgénero de la literatura argentina que es Borges, y sus preposiciones: a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, so, sobre, tras, se centra en esta ocasión en el pelo, está todavía húmedo, como recién aclarado tras el corte. Se trata de un libro bien curioso, Historia del pelo (Anagrama, 2010) y uno se pregunta a dónde va el pelo que se derrama, como nieve o carbón, sol o fuego, en las peluquerías. Recuerda Pauls, con contagiosa aprensión que uno se pone –o le invitan a ponerse– boca arriba para que te lo laven, el pelo, y de espaldas al manipulador, o a la manipuladora –una vez que ya sabéis mutuamente a dónde vais o no vais a ir de vacaciones o de puente, de qué hablar–, dejas al descubierto, con insensato descuido, el cuello, a punto de ser –de poder ser– degollado. Han cambiado tanto las posturas en las peluquerías y en el dentista. En el dentista pareces un astronauta sin glamour al que van a encapsular, en las peluquerías ofreces el cuello en el lavado a la probable degollina, aunque te convencen enseguida de que lo que te están haciendo es un masaje del cuero cabelludo. Qué gusto. Sí.

En fin, regresemos a El silbo del dale, de Miguel Hernández: “Dale al aspa, molino, / hasta nevar el trigo”. Son palabras bonitas, tal vez no vengan a cuento, pero allá en Chile la tierra ha temblado y las palabras del español, uno y vario, se han desparramado y con ellas, con una torpe mano de pintura, uno ha encontrado estas prosas y poesías hechas de sencilleces y de odas elementales. Pan, cebolla, tijeras, martillo, culebras, ausencias, y hasta caldillo de congrio, querido gran Pablo Neruda.




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