Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Con su implacable lucidez

« Lean la primera entrega

 

Déjenme que les tararee aquel viejo estribillo de Procol Harum, de aquella vieja canción, Con su blanca palidez, aquel estribillo, aquel, y tu rostro tan sereno,/ con tu blanca palidez. Pero, bueno, ¿es con tu blanca palidez o con su blanca palidez? Me meto, un lunes de lluvia tras los cristales, que ya son ganas de meterse, hasta en Redkaraoke, y oscila la cosa entre con tu blanca palidez o con su blanca palidez. Será lo que sea.


Pablo del Águila

Pero yo quería –déjenme- hablarles de Pablo del Águila. Sí, les pasa lo mismo que a mí: Pablo de qué. Les leo, y si ustedes quieren, ya saben, copiar y pegar: “Pablo del Águila nació en Granada el 2 de diciembre de 1946. Cursó sus primeros estudios en los Salesianos de su ciudad natal, y el bachillerato en el colegio de San Estanislao en Miraflores del Palo (Málaga). En 1964 inició sus estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada. Se traslada a Madrid en 1966 con el objetivo de seguir la especialidad de Filosofía Pura. Durante su estancia en la capital reside en el colegio Mayor San Juan Evangelista. Transcurrido un año, regresa a Granada. Su facilidad para los idiomas le lleva a conocer el árabe, inglés, italiano y francés, además del latín, lo que le permite colmar su avidez de lector infatigable con obras entonces aún no traducidas en España. Su fino humor, entre irónico y generoso, no disimula su profunda angustia existencial. Portador de una solidaria inquietud social, nada humano le es ajeno. En la cima de su implacable lucidez, muere en Granada el 23 de diciembre de 1968”.

Esto no está tomado de Wikipedia, que conste. Me interesa esa frase, en la cima de su implacable lucidez, que me ha llevado esta tarde pasada de lunes –está diluviando, ¿oyen?- a recordar a Procol Harum, …con su blanca palidez, Pablo del Águila, … con su implacable lucidez. De este poeta suicida escribió el poeta Félix Grande en un artículo de periódico: “… la fatalidad, tras ayudarle a escribir una obra breve y alta, le acercó unas pastillas para convidarlo a morir. Sospecho que mientras se tragó las pastillas le rodaron por la cara unas lágrimas, y quiero creer que antes de desamarrarse de la realidad…”

           … Convidarlo a morir.
           … Desamarrarse de la realidad.

Cómo son los poetas cuando hablan de otros poetas. Cómo era –es- Félix Grande, y el artículo fúnebre, El País, 27 de enero 1991, muy hermoso, y sentido. A la Poesía reunida (1964-1968) (Silene, Granada, 1989) de Pablo del Águila le puso un prólogo, como poeta que era entonces –es-, Justo Navarro, novelista granadino, traductor del catalán de los libros de poemas de Pere Ginferrer, y autor hace unos años de F. (el punto también en negrita: en Anagrama, 2003, novela o lo que fuese).


Gabriel Ferrater

F. comienza así: “Hubo una vez un hombre que a los 35 años prometió no vivir más de cincuenta. Se llamaba Gabriel Ferrater”. Estaba, al hacer esa promesa, con un amigo, en Reus, su pueblo, esperando un tren que le dejase en Madrid, al amigo, a Jaime Salinas, y bebían ginebra, Salinas tal vez no, Salinas, hijo del poeta del 27, cosmopolita y viajero, que había regresado del extranjero trayendo como novedad el hábito de la ginebra: Gin Giró, seguro que no, pero Gin Giró es la que había en ese pueblo, esa noche, Gin Giró, “etiqueta azul y plata en la botella redonda”, escribe tantos años después Justo Navarro en F., novela (corta), relato (real), biografía (ajustada), y parece como si estuviera retratando el físico de perfil del aire de aquel que una noche de 1957, en Reus –no conozco Reus, por eso le doy tanta importancia al dónde-, despide a su amigo, y se lo comenta.

Esas cosas que se dicen en una noche oscura iluminada por el mucho alcohol trajinado, o tra-gin-ado, y mucho tabaco, y muchos libros, y mujeres, y las amó, a las mujeres, de forma desaforada, a tumba abierta, desbordando pasiones, mezclándolas, pasión para –y por- beber fumar leer escribir amar sufrir vivir: él, F., Gabriel Ferrater.

Esas cosas: le comenta al amigo que él no cumplirá 50 años, que se matará. Tenía, esa noche, 35 años, y lo cumplió Ferrater (Reus, 1922-Sant Cugat, Barcelona, 1972), Ferrater –se añadió la “erre” última por capricho: su hermano era Joan Ferraté, poeta, traductor, otro gran nombre de la cultura catalana-, agitador cultural de posguerra, letraherido de calidad, lector editorial, crítico de arte, de libros, traductor, poeta, lingüista, profesor de universidad (sin papeles, sin titulación, con sueldo, decían, de jardinero o poco más), con una curiosidad insaciable por las mujeres (“… en el fondo el único tema que me interesan son las mujeres”, le confesó a Federico Campbell en un célebre libro de entrevistas, Infame turba, anduvo por Lumen, con unas extraordinarias fotos de cuando todos ellos eran jóvenes, algunas, ¿todas?, de Colita).

Debió ser fascinante el personaje (la profesora María Ángeles Cabré le dedicó una muy interesante monografía, que se lee con la misma atención puesta en el F., de Navarro, en la colección “Vidas de escritores”, que dirigió Nuria Amat, para la editorial Omega, Barcelona, 2002: eran unos libros, algunos, extraordinarios; todos, eso sí, muy caros: como me compré muchos, todos los que tengo, me veo con fuerzas para decirlo: muy caros, espléndidos, algunos, ¿algunos?, el Baroja, de Mendoza, el Pla, de Arcadi Espada, el Pizarnik, de César Aira, el Fray Luis de León, de Jiménez Lozano, el Cortázar, de Cristina Peri Rossi);   un personaje que podía llegar a ser cruel con los pelmas y los fatuos, e incómodo cuando bebía y se diluía en su extravagante genialidad. Fue siempre un seductor, un encantador de serpientes y un explorador incansable del misterio de la mujer, ese ser inalcanzable –al parecer o tengo entendido, que cada cual tache lo que crea que no procede-. Las mujeres, siempre presentes en su vida, en sus libros: reúne todos sus poemas en Les donnes i els dies (en castellano, en Seix Barral). A la última, Marta, la conoce en 1967, Ferrater tiene 45 años: ¿cuándo uno se enamora se recuerdan las promesas hechas? ¿Tiene sentido cumplir 50 años? Creo recordar que de Marta no habla Navarro; la profesora Cabré sí, y por extenso, “… se prendó del encanto de ese hombre semiderrotado y rodeado por un halo de malditismo”, Marta, Marta Pessarrodona, escritora y traductora, experta en Virginia Woolf y en la (exquisita) cuadrilla de Bloomsbury: del grupo habló Pessarrodona el martes 23 de febrero en Madrid, en la Fundación Juan March. Estuve oyéndola.

Dice Navarro que en abril del 72 nevó en las montañas que rodean Barcelona. Y F. eligió para suicidarse el 27 de abril (en mayo hubiera cumplido los 50 años, pero F. no quiso oler a viejo, lo dejó escrito, lo dijo, lo recuerda Cabré: no querer oler a viejo, qué soberbia, qué lucidez o que qué), eligió el 27 de abril porque ese día Marta no estaba en casa: F. sabía que había ido a casa de su madre a celebrar el santo de ella, que se llamaba Monserrat, y lo hizo, F., lo de suicidarse, de forma contundente. Lector compulsivo había leído que la asfixia era un método rápido y efectivo, así que –anota María Ángeles Cabré con precisión casi forense- “bebió, se tomó un montón de pastillas y se ahogó con una bolsa de basura.” Las pastillas, a puñados, tremendo lo de la bolsa de basura.

F. había escrito mucho antes: “Me gusta la ginebra con hielo, la pintura de Rembrandt, los tobillos jóvenes y el silencio. Detesto las casas donde hace frío y las ideologías.” Eso había escrito Ferrater, y de su gran amigo Gil de Biedma son estas palabras, a modo de epitafio: “Una de esas personas –yo me tengo por otra- que con los mismos defectos pero con menos cualidades hubiera funcionado mucho mejor”.

Qué epitafio tan hermoso para F. Qué sabe uno –ni nadie- de las razones que le llevan a uno –a los demás- a caer en la tentación. De decir basta por su propia mano. Para Félix Grande la fatalidad le acercó unas pastillas para convidarlo a morir, a Pablo del Águila, a los 22 años. Pero ¿y a F., a los 50? ¿Nada le disuadió? Ni la ginebra con hielo, ni Rembrandt, ni unos tobillos jóvenes -los tuyos lo son…-, ni siquiera el silencio. En fin. Qué sabe uno. Nada.


Ese mismo año de 1972, a miles de kilómetros de la última decisión cumplida de F. -ese no querer reconocerse con 50 años-, en Buenos Aires, Alejandra Pizarnik, que empezó llamándose Flora, cuando nació en Avellaneda, cerca de Buenos Aires, hija de inmigrantes judíos rusos, un 29 de abril de 1936, tampoco quiso cumplir los 50; se le agotó la voluntad a los 36 años, un 25 de septiembre. El domingo anterior fue a visitarla, a su casa de la calle Montevideo 980, la escritora argentina Ana Becciu, con quien, ese domingo, estuvo despachando asuntos de edición de uno de sus libros, que estaba preparando Becciu, quien muchos años después, en Barcelona, preparó para Lumen (2003) una amplia selección de sus Diarios (en Lumen se han publicado también su Poesía completa y su Prosa completa).

Pizarnik , sus Diarios. Empezamos por el final, página 502, o 503, no hay más. Pobres lectores, nosotros, que nos protegemos de nuestros propios miedos, porque nos detenemos en esas palabras –que son propias porque son ajenas-. Alejandra, 13 de febrero de 1971, “aparentemente es el final. Quiero morir. Lo quiero con seriedad, con vocación íntegra”, Alejandra, 9 de octubre, “van cuatro meses que estoy internada en el Pirovano. Hace cuatro meses intenté morir ingiriendo pastillas. Hace un mes, quise envenenarme con gas”, Alejandra, 21 de noviembre, domingo, “el domingo pasado traté de ahorcarme”.

Alejandra , escribiste que en cuanto al escribir, sabías que escribías bien y que eso era todo; escribiste que todo esto –saber que escribías bien- no te servía –cómo no encomillar tus palabras, que son absolutamente tuyas- “para que me quieran”. Quisiste –te fuiste antes- haber escrito un libro Casa de citas y pusiste una, del checo Kafka, detrás de tu grito: “no me sirve para que me quieran” -¿quién fue ella?-: “Decir que me abandonaste sería muy injusto; pero que me abandonaron, y a veces me abandonaron terriblemente, es cierto”.


No te abandonaron tus amigos Julio y Aurora, Julio Cortázar y Aurora Bernárdez. La biblioteca personal de Cortázar, la que tenía el escritor belga-argentino-francés en su casa de París de la rue Martel, cuando murió en febrero de 1984, se conserva –secreta, accesible- en la Fundación Juan March, por voluntad de Aurora Bernárdez. En www.march.es puede engolosinarse uno, si es de facción cortaziana -¿y cómo no buscar siempre a la Maga?- y aquí puede hacerse –de la mano de Jesús Marchamalo- un paseo virtual por la biblioteca, o ver de primera mano –si se tiene esa suerte, yo sí- esos libros dedicados a Cortázar, que se conservan y que, él mismo, guardo toda su vida. Y ahí están libros, folletos, separatas, plaquettes, que Alejandra iba enviando a sus amigos.

Cómo no estremecerse con esa dedicatoria –tinta roja, estilográfica, enero de 1967- en el libro Noche compartida donde –infantilizándose hasta el final- manda “besos infinitos a mis amiguitos Julio y Aurora y Aurora y Julio de su Alejandra.” Y una P.S.: “¿Quién le teme al complejo de …? (ilegible a mis ojos). Y acompaña esa dedicatoria deliberadamente infantil con una pegatina totalmente infantil donde aparecen abrazados un niño –Julio- y una niña –Aurora- y sostienen ambos un bebé o un muñecote y una flecha en rojo, identificándose, o renunciando a ser, quién sabe: “Alejandra a los 50 años”

Alejandra no llegó a cumplirlos nunca. Se lo impidió, a los 36 años, un día de septiembre de 1972, una sobredosis de barbitúricos, seconal, si es necesaria la precisión, y esta otra que he subrayado de ahora no sé dónde: “que se tomó por su propia mano”. Tal vez, no sé, de ese excelente ensayo –breve como son todas las del prolífico argentino- que le dedicó César Aira en la ya valorada y apreciada colección “Vidas Literarias” de Omega. O quizás del libro de la Pizarnik, Semblanzas (ed. de Frank Graziano, en Fondo de Cultura Económica, México, 1992), donde aparece esto de su amigo el escritor Enrique Molina: “La letra de Alejandra era pequeñita, como un camino de hormigas o un minúsculo collar de granos de arena. Pero ese hilo, con toda su levedad, no se borrará nunca, es uno de los hilos luminosos para entrar y salir del laberinto.”

Sí, su letra era como un camino de hormigas o un collar de granos de arena que, una y otra vez, deshacía la espuma del mar del vivir diario, que es algo que le debió costar mucho a Alejandra, vivir. Se conserva en esta Biblioteca Cortázar una separata (ej. nº 14, de un total de 50) de “Papeles de Son Armadans”, diciembre 1970, la revista de Cela, que contiene un poema “La pájara en el ojo ajeno” y una errata, “parajito” en lugar de “pajarito” (corrige a pluma Alejandra). En esta separata, en la página en blanco Alejandra le envía a Julio varios mensajes de náufrago desesperado, escritos a bolígrafo, con algo menos de ímpetu que cuando –años antes- había utilizado el rojo de estilográfica. Se ven ahora esos mensajes y parecen, sí, hileras de hormigas, pero hormigas aventadas con un palito, el de la existencia. Y se puede leer, por ejemplo, en ese mapa de confusión y de desesperación que es la página, cosas como “…solamente vos sabés que el más mínimo chiste se crea en momentos en que la vida est à l´auteur de la muerte” y “Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo, Julio, creo que no tolero más las perras palabras, la locura, la muerte” y, a modo de PS, “me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tuvo tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio!) de la locura y de la muerte. Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio –que fracasó, hélas.” Y otra PS: “En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo. Empecé a leer diarios. Te aprovecho mucho políticamente. Tu poema de Panorama es grande porque me hizo bien (lo leí en el hospital)”.

¿Qué añadir más? ¿Mis palabras acaso contienen las mismas letras que las suyas, su mismo color, su mismo dolor? Dejo de escribir y copio este breve poema suyo –se lo picoteo a César Aira-:

“No poder querer más vivir sin saber qué vive en lugar mío ni escribir si para herirme la vida toma formas tan extrañas”.





Archivo histórico