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El pizarrín

Javier Goñi

Por impulso soberano


Déjenme que les hable de un puñado de poetas que se fueron jóvenes, como se van los elegidos por los dioses, con una maleta de hojas en blanco, y se fueron por impulso soberano, por propia decisión. Tal vez tenía razón José Luis Gallero, el autor de la Antología de poetas suicidas (1770-1985) (Ed. Fugaz, 1989: hay nombres de editoriales tan apropiados): “La poesía es uno de los muchos caminos por los que un hombre arriesga su vida”.  De unos pocos de éstos, que arriesgaron su vida, y la perdieron o la ganaron –en esto que cada cual elija su juego-, quiero hablar.

De Félix Francisco Casanova (1956-1976), por ejemplo, que tenía 19 años cuando murió, en la bañera de su casa, en Santa Cruz de Tenerife, por un escape de gas –accidental o no-. Agua, Félix Francisco Casanova. Aire, Justo Alejo. Se verá. Félix Francisco era hijo del poeta canario y postista Félix Casanova de Ayala, quien vio cómo en su casa le crecía una planta llena de hallazgos poéticos –en esa casa, acaso, la poesía, como el amor, estaba en el aire-. A los ocho años, ese niño, Félix Francisco, ya sorprendía con palabras prestadas que tenían una inquietante turbación poética, acaso proveniente de ese polvillo poético que acumulaban los libros de la biblioteca familiar. A los doce años, ese niño, Félix Francisco, ya se sentía poeta, y además músico, escribía letras de canciones en inglés de bachillerato –evocó su padre en 1990-, a lo Bob Dylan, o los Rolling. De esas letras, en inglés rudimentario, salieron poemas. Uno de ellos, el primero, se publicó en una revista de Pamplona, Disco Express.


Félix Francisco Casanova

No renunció a ninguna de sus dos vocaciones, y como poeta adolescente –apenas le dio tiempo a ser algo más- obtuvo en 1973, a los 17 años, el Premio Julio Tovar de Poesía, el más importante galardón que se concedía entonces en Canarias, por El invernadero. Anota en su diario, pues llevaba un diario adolescente, taller de rodaje de sus poemas, prisión de sus desasosiegos, joyero de sus primeros despertares eróticos; anota el 8-5-74: “Hoy ha salido en la Feria mi Invernadero (…). Está limpio, bonito y tal. Estoy contento. Firmo unos 18 ejemplares en media hora. (…) Vale, macho. Es mi primer libro y que me ahorquen si lo entiendo.”

En aquel diario de su mesilla de noche, “…aquel cuaderno de tapas amarillas y lomo de espiral, casi pulcramente caligrafiado con bolígrafos de dos y tres colores”, escribe su padre, que lo encontró. Amarillo, aquel diario. Amarillo se llama el libro de Félix Romeo dedicado a su amigo escritor y compañero de piso en la Barcelona del 92 –Freddie Mercury y la Caballé-, Chusé Izuel (1968-1992). Se verá.

Seguimos con Félix Francisco. En 1974 le conceden el Premio Pérez Armas de novela por El don de Vorace, escrita en 44 días de un verano a los 17 años. En ella, el protagonista, Bernardo Vorace, tiende al suicidio con rara insistencia, aunque el suyo, el de la novela, acabe frustrándose. Aquella novela, como su primer libro de poemas, apareció, entonces, en editoriales canarias inencontrables. Ahora, la editorial Demipage, de Madrid, la ha puesto de nuevo en circulación, y con ella el nombre de Félix Francisco Casanova, que dejó un diario inédito, Yo hubiera o hubiese amado, y que Demipage recuperará próximamente. También dejó un libro inédito, La memoria olvidada, sus poemas entre 1973 y 1976, los poemas de sus tres últimos años de vida, atrás quedaron algunos puñados de poemas ¡juveniles!: con éstos, padre e hijo, poetas, publicaron juntos algunas plaquettes: el hijo encendía la llama y el padre la conservaba, del hijo brotaba el impulso y el padre, con el duende del postismo –aquel movimiento, raro, de posguerra-, trabajaba, pulía, completaba el poema.

Ahora se habla –en estos días iniciales de 2010- algo de Félix Francisco, porque Demipage acaba de sacar la novela y anuncia otras cosas, porque el escritor vasco Fernando Aramburu prologa el libro y le saca un cierto parecido con Rimbaud. Pero a Félix Francisco ya le hicimos duelo en 1990 cuando la editorial Hiperion, de Jesús Munárriz, publicó La memoria olvidada, con un valioso prólogo de padre y de poeta, las dos cosas era Félix Casanova de Ayala, poeta postista y médico en la vida civil. Y es el padre el que escribe que “Félix Francisco escribía a borbotones, manaba como una fuente y, de pronto, se cerraba”. Y es el padre el que escribe que “Félix Francisco se nos fue, con una maleta de hojas en blanco y su enorme poder de creación poética”.

Y repasamos sus poemas, en esa edición de Hiperión y nos encontramos cómo el agua está siempre tan presente en su obra, no sólo, acaso, por su condición de insular, tal vez porque el agua también era la vida que le ahogaba o era el líquido amniótico que le protegía. Escribió en su diario, en 1974: “Cada vez  estoy más cerca del agua”. O en un poema del 25-5-74, “…la sombra de mi cuerpo/ flota como un cadáver”. Murió en julio de 1976, con la bañera llena de agua. Por un escape de gas, acaso, o tal vez buscó ese gas. En otro poema de 1974, surgido a las 3,30 de la madrugada, hora insular:

“Y ahora fuera de broma:
No tengo nada más que daros,
Tampoco tenéis qué darme,
Acaso nunca nos hemos dado nada,
¿entonces qué hacemos aquí?
Intercambiando palabras
Inútilmente”.

Y también el último verso de su último poema escrito, 14-12-75, y dedicado a María José: “Eres un buen momento para morirme”.

En la bañera de su casa, a los 19 años. Félix Francisco, agua, Justo Alejo, aire. De Justo Alejo conozco –uno no es profesional de nada y menos perito en poesías- El aroma del viento, Editorial Ayuso, 1980, libro de homenaje al poeta caído, con prólogo de Francisco Pino, y textos de otros amigos. Pues Justo Alejo, había nacido en Formariz de Sayago (Zamora) el 18 de diciembre de 1936 y “decidió dejarnos el 11 de enero de 1979” (“decidió dejarnos” se dice con respetuoso pudor en este libro). Como los poetas de antaño dejó establecido su testamento en un poema que escribió para sus muchos amigos –los tuvo- y sus hipotéticos lectores –los que fuesen, además de los allegados:

“(…) No digáis nada
Cuando me muera.
¡Llevadme al campo!”


Justo Alejo

Y le llevaron, a campo zamorano, cerca de su pueblo. Dejó siete libros de poesía -¿lo eran?, se pregunta un amigo-, anónimos o enmascarados tras seudónimos imposibles: Alejo Oceanía, Alejo Azar, Alejo en Absoluto, etc. Le gustaba mucho la poesía visual, experimental, le gustaba dar sus poemas en pliegos provinciales, en separatas imposibles depositadas en manos de imprentas de poca monta. Era brigada –no soy ducho en estas lides uniformadas, pero nunca quiso ser oficial, le parecía como rebajarse- del Ejército del Aire –Agua, Félix Francisco, Aire, Justo Alejo-. Era psicólogo y tenía un despacho en el Ministerio del Aire –entonces-, en Moncloa, en el Departamento de Psicología. El jueves 11 de enero de 1979 se puso traje de gala –qué sabe uno cómo era, es, el traje de gala de un brigada-, abrió una ventana de la cuarto planta del Ministerio del Aire –Aire, Justo Alejo, Agua, Félix Francisco-, y se tiró.

En el periódico de Valladolid, donde tenía los amigos, en El Norte de Castilla, uno de estos amigos, mal o bien llamado Blas Pajarero, poeta local y librero de polvo y papel, colocó su necrológica (14-1-79): “… nos ha dejado su fraternal estar entre nosotros, abriendo una ventana al aire de su “Ministerio de Aire” en vuelo hasta posarse en el suelo de su personal decisión, lugar donde aún llegó a verlo caído un compañero zamorano y cuenta que le dijo: ¿Paisano, qué haces ahí caído) y él JUSTAmente respondió: ¡Ya ves, Serafín!”

¿Sic? Sic. Lo dijo Blas (y Justo Alejo JUSTAmente era muy amigo, poeta visual, de las mayúsculas y de las minúsculas, del juego de las versales y versalitas).

Y otra necrológica, ésta de Francisco Rivas, Quico Rivas (que ya no está tampoco: no hace tanto, unos hicieron su despedida y otros la leímos): “… Alas, sí, cualquier tipo de alas nos hubiera gustado ver crecer en la espalda de Justo Alejo cuando el pasado jueves 11 decidió saltar vestido con uniforme de gala desde una ventana del Ministerio del Aire”…, un artículo de adiós precioso, muy hermoso, pura poesía sentida, cuando los periódicos todavía se hacían, letra a letra, con moldes de plomo, cuando las linotipias existían y no se confundían con las lipotimias, cuando entonces…. (en diario Pueblo, enero 1979).

Cuando el Ministerio de Cultura, Editora Nacional, Secretaría General Técnica, permitía hacer revistas como Poesía, revista ilustrada de información poética, y se la dejaba hacer (… 1978, 1979, 1980…) a gente como Gonzalo Armero (q.e.p.d.) o Diego Lara (q.e.p.d.) y son números muy perseguidos por los cibercoleccionistas: vean, vean que precios alcanzan cada ejemplar: a mí sólo me faltan el 2, el 3 y el 4, el resto los tengo: considero ofertas, pago al contado, absoluta discreción.


Pues bien en el número 9, otoño de 1980, de Poesía, se dedican unas páginas a Justo Alejo: se reproduce una conferencia de Rosa Chacel, pronunciada en los locales de El Norte de Castilla, en la primavera de ese mismo año, y se incluye una separata facsímil de uno sus folletos poéticos, monuMENTALES REBAJAS –cómo perjudican a la salud poética estos correctores automáticos de hoy en día, pues no escribo monuMENTALES  y no me deja, hasta que por fin-, un –vamos a ver si hay suerte— subMINIFIESTO NORMAL –vale, ha pasado—, aparecido en Valladolid en 1971, un pliego de cordel que no tiene desperdicio y es muy Justo Alejo. Por cierto, la conferencia de Rosa Chacel acababa citando al propio Alejo que ya se había ALEJado: “Sólo HUELLA que VAMOS DEJANDO EN EL AIRE…”

Huella dejó, y optó por el aire, el amigo de Félix Romeo, Chusé Izuel (Zaragoza, 18-1-1968/Barcelona, 27-2-1992), y muchos años después, Félix escribió en Amarillo (Plot, 2008) una estremecedora elegía laica –a modo del amigo Ramón Sijé: “… que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compañero del alma, compañero”- sobre el suicidio de su amigo, compañero de vida, de literaturas, de excesos adolescentes, de piso en Barcelona. A Chusé le recogieron póstumamente sus amigos un puñado de cuentos, los escribía y también hacía crítica literaria, y tenía una rara lucidez: “Sé que nunca alcanzaré la cima de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aun, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada”.

Otro amigo se volcó evocándolo en  un diario de su tierra aragonesa: “Se tiró por una ventana de Barcelona hace un par de años con aquella melena de generación atormentada. Genio enamorado.” Tenía 24 años, y se tiró por una ventana. El libro de Félix Romeo es muy hermoso, porque no lo ha escrito para entender por qué se suicidó su amigo de sueños y literatura Chusé Izuel, sino por qué no se dio cuenta él, Félix, los demás, de que Chusé se iba a tirar por una ventana. Y esa culpa la ha arrastrado toda la vida, y acaso la ha purgado mínimamente con este libro, o escribiéndolo nos la ha hecho compartir.


Pero yo querría seguir escribiendo, hablarles de F., que a los 35 años le comunicó a un amigo en un café de Reus –un sitio como otro cualquiera para tomar una decisión tal- que se iba a suicidar antes de los 50 años, y lo hizo veinte días antes de cumplirlos. O de A.P., que le envió un libro dedicado a Julio y a Aurora con pluma de tinta roja y un recortable donde simulaba que aparecía la pareja y ella como A. a los 50 años. No llegó. Una sobredosis de seconal la dejó un lunes en Buenos Aires en los 36 años. Y de éstos, y de otros, querría seguir hablando la próxima semana, si me lo permiten.

Lean la segunda entrega »




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