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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El apocalipsis según Cormac McCarthy


Recuerdo haber emergido de la lectura de La carretera (Mondadori) de Cormac McCarthy (premio Pulitzer del año 2007) con el ánimo sombrío y sobrecogido ─algo que me ha sucedido con casi toda su obra desde Meridiano de Sangre a No es país para viejos por citar algunas─, debido a la maestría de su autor en el tratamiento del paisaje y la atmósfera en que se mueven los personajes de sus novelas, convertidos uno y otra, en muchas de ellas, en un protagonista más, creando el escenario perfecto de un mundo en pleno proceso de descomposición habitado por seres crepusculares capaces de las mayores heroicidades y/o las mayores atrocidades, que tan del gusto son de este escritor inclasificable, visitador asiduo a través de su obra de casi todos los subgéneros literarios, desde la novela del Oeste, al thriller, o, en el caso que nos ocupa, a la ciencia-ficción, otorgándoles una dimensión nueva, telúrica, de una calidad literaria excepcional que demuestra a las claras que no existen géneros ni subgéneros, sino únicamente buenos y malos escritores.

La carretera no era una excepción a esta querencia de McCarthy por visitar lugares literarios comunes para transfigurarlos y convertirlos en otra cosa. Esta vez no se anduvo con medias tintas y nos plantó directamente en el fin del mundo. No daba razones de cómo había sucedido, tampoco las necesitaba, simplemente había ocurrido; lo que realmente le interesaba era narrar el proceso de supervivencia de un padre y su hijo de pocos años, que en medio de un devastado mundo posnuclear, caminan en busca de un lugar donde poder vivir con un mínimo de seguridad. La recreación de ese universo apocalíptico en el que el peligro acecha en cada vuelta del camino está narrada con esa prosa minuciosa y violenta marca del autor, que te atrapa en la primera página y no te suelta hasta el final y es capaz de hacerte sentir, casi físicamente, todos los miedos, privaciones, recuerdos, peligros que les acechan a través de un camino sin retorno posible.


Llega ahora a nuestras pantallas la versión fílmica que de esta angustiosa y estremecedora novela ha realizado John Hillcoat con un guión de Joe Penhall. Es importante adelantar que, al menos, han sido honestos con el material original de este libro de difícil digestión en su trasposición en imágenes para un espectador convencional más dado a las tracas futuristas de Cameron o Eimerich que a la introspectiva poética de la obra original. Obviando todo sentimentalismo ─hubiera sido muy fácil caer en él dado el contexto de las relaciones entre padre e hijo─ , y ayudada por una puesta en escena sobria e impactante de ese mundo de pesadilla fantástica, la película va a más según avanza el metraje gracias a la pulcritud narrativa de Hillcoat, a su saber hacer en la mezcla de acción e intimidad, todo ello meticulosamente reflejado en la pantalla gracias a la simpar maestría de Aguirresarobe, que crea una luz implacable de tonos cementosos absolutamente aterradora en su unificador cromatismo.

Suceden cosas terribles en la historia que nos cuenta, pero Hillcoat nunca pierde el pulso y va desplegando poco a poco todos los mensajes implícitos en el original literario, desde el mensaje ecológico a su indagación filosófica de la religiosidad. Dura y conmovedora a la vez, la película se ve reforzada por unas interpretaciones sobresalientes de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smit-McPhee, que destilan química por los cuatro costados.

En fin, y en mi modesta opinión, una de las grandes películas del 2009 que los Oscar han obviado, prefiriendo resaltar un cine tecnológico y de fuegos de artificio. Claro que si sus señorías de la academia opinan como la crítica del Washington Post, que «…en última instancia parece una película de zombies con pretensiones literarias», pues uno empieza a entenderlo todo y ganas le dan de enviar a Hollywood unos cuantos pares de gafas polarizadas a ver si se enteran.




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