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El pizarrín

Javier Goñi

Como una trucha escabechada


Déjenme que les hable de Kurt Erich Suckert, aquel mozo de Prato de Toscana, como tituló César González-Ruano, que las bordaba, su necrológica, un día de julio de 1957. Para sus correrías literarias, eligió, aquel hijo de alemán y de madre italiana, un seudónimo contundente, Curzio Malaparte, lo de Curzio se entiende por Kurt, y lo de Malaparte, porque “Napoleón se llamaba Bonaparte y terminó mal”. Y también, porque para elegir Bonaparte ya se le había adelantado el corso.

(Primer paréntesis: Cuenta Ruano en su necrológica en ABC del 21 de julio de 1957 –está recogida en Necrológicas (1925-1965), edición de Miguel Pardeza, director deportivo del Real Madrid, qué cosas, Fundación Mapfre, 2005-, una necrológica nada complaciente, antipática a ratos, escrita a florete a la primera sangre, que estando sentados en un café de Roma, Malaparte y Agustín de Foxá, conde de Foxá, echando ambos un pulso de humos y alcoholes, de recuerdos y melancolías, deslumbrado el italiano por el verbo –florido- y el ingenio –jaleado por los incondicionales de Foxá, uno de ellos, Ruano-, aquel le dijo a éste que si no fuera porque él era Curzio Malaparte, le hubiera gustado ser el mismísimo conde de Foxá, a lo que éste, orondo y rápido, le dio la réplica, con un suave rasgueo de florete: a él, en cambio, de no haber sido conde de Foxá le hubiera gustado ser Napoleón Bonaparte.)

(Segundo paréntesis: Traza Ruano en su Diario íntimo, Taurus, 1970, este perfil al carboncillo del susodicho Malaparte: “Su línea de fidelidad a las ideas políticas y morales es muy sinuosa y con fronteras muy convencionales y elásticas. Yo supongo que en el fondo no creyó nunca en nada y que si su forma parecía apasionada y vehemente, su fondo era frío como el de una trucha escabechada y siempre fue a lo suyo, aunque tampoco lograra poner en claro, en borrador para sí mismo, qué demonio era lo suyo”. Para mí tengo que Ruano escribiendo estas líneas estaba asomándose a su propio espejo, pero en fin, dejémoslo, era tan sólo éste un paréntesis; el segundo.)

¿Es justo haber dejado, hasta ahora, en manos (manicuradas, las de uno, no sé si las del otro) de personajes tan diestros, cuando no siniestros, como Foxá y Ruano, el retrato de Curzio Malaparte, voluntario en la Gran Guerra, fascista hasta las cachas en los años veinte, encarcelado por su admirado Duce, en los años treinta, corresponsal de guerra del avance ruso y del retroceso nazi en los cuarenta, turista bon vivant de una Europa que está a punto de derrumbarse como un castillo de naipes, que regresa a Italia a ponerse al servicio de los americanos, que suben por el sur de la bota, que coquetea con el Partido Comunista de la Italia de Posguerra, que viaja a China en los cincuenta y como se acunó en la década de los futuristas en brazos del Duce ahora lo hace en brazos del Gran Timonel, maoísta-¿dadaísta?, que deja en herencia su famosa casa de Capri a los estudiantes chinos, que se murió un 17 de julio de 1957, convertido al catolicismo, admitido in articulo mortis  como militante comunista?


Lo de los estudiantes o escritores chinos lo encuentro en un recorte de papel, que planea como un avión de la Gran Guerra, al abrir uno de los viejos libros de Malaparte, acaso su célebre Técnica del golpe de Estado, traducción de Julio Gómez de la Serna, en Plaza&Janés, 1960: se trata de un artículo de la escritora y periodista italiana Maria Antonieta Macciocchi, titulado “Malaparte: el archieuropeo” y apareció en El País, el miércoles 2 de septiembre de 1998. Un artículo espléndido, que pone a Malaparte en otras manos y lo acerca, quizás, más a nuestros ojos. Escribe la Macciocchi, que lo trató cuando él era un viejo escéptico y ella una joven izquierdista, que él dispuso que “su villa roja de Capri sea para los escritores chinos, para la civilización más antigua del mundo y no para los avaros de mis parientes”. Pero éstos, con astucia de celebrado zorro, lograron neutralizar el testamento, con el pretexto de que China no tenía relaciones diplomáticas –entonces- con Italia. Porca miseria! O aquella película de Marco Bellocchio, de 1967, La Cina è vicina.

Su villa roja de Capri, esa casa de color rojo oscuro, excepto el solarium, que es blanco, una casa, la Casa Malaparte, una lámina de color en cualquier manual sobre arquitectura (extraña) del siglo XX, “una nave homérica varada en seco”, como la llamó aquel andarín que fue desde La Patagonia a la China, no vicina, sino lejana, que se llamó Bruce Chatwin, que escribió hermosos libros de viajes (en España, en los ochenta, los editaba Muchnik Editores y después El Aleph) y que se murió del mal de finales del siglo, aunque él quiso hacer(se)nos creer que un pueblo nómada y remoto chino le había infectado alguna rara enfermedad. La realidad siempre es más vulgar.


Esa hermosa villa, incrustada en la roca, como quien encuentra un brillante cristal, a la que se accedía por una escalinata que iba a la mar mediterránea, y de la que habla en una de sus novelas, en La piel, y en la que fue tan feliz Malaparte, es objeto de estudio en una pequeña joya bibliográfica que se llama sin más Casa Malaparte y que en 2001 editó (con otros dos títulos más, ignoro si continuó la colección) el Colegio de Arquitectos de Cádiz.

Me he referido a La piel, una de sus novelas más célebres, de 1949, y llevada al cine, por cierto, con aquel estilo suyo tan particular y discutido, o discutible, en 1981 por Liliana Cavani, con Marcello Mastroiani, Burt Lancaster y Claudia Cardinale. Y es que Curzio Malaparte, además de todo un personaje,  era novelista. Es el autor de dos impresionantes novelas sobre la II Guerra Mundial: La piel (manejo una edición de El País, 2003, pero que recoge la vieja traducción de Manuel Bosch Barrett, que habría aparecido, supongo, en las entrañables ediciones de José Janés, y que luego pasaron a Plaza&Janés) y Kaputt, de la que existía una traducción de 1947, de Ed. José Janés, de R. Coll Robert (en aquellos años de posguerra qué vidas, rotas o derrotadas, se agazapaban tras una inicial, me pregunto).


La piel es una impresionante novela sobre el Nápoles del 43 con los americanos instalándose y desalojando nazis, de un tremendismo atroz y que uno –en la medida que es alguien- aconsejaría leerla al alimón con el espléndido reportaje novelado de un periodista que es agente del servicio de inteligencia británico (en este caso, al contrario que en “inteligencia militar” o, como decía Baroja, “pensamiento navarro”, que sólo es o una cosa u otra, pero no las dos a la vez, se acepta lo del agente británico si éste, como solía ocurrir, acababa en escritor) “encamado”· con el Quinto Ejército norteamericano. Se llama Nápoles 1944 el libro (Ed. El Aleph) y el autor Norman Lewis.

De Kaputt, ahora Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores acaba de sacar, en versión –y nota previa- de David Paradela López, una nueva edición, que actualiza y pone al día una novela –muy dura- sobre el horror de la guerra –la Segunda- y que, ahora, recibe elogios –en contracubierta- de Milan Kundera o de la canadiense Margaret Atwood. Esta edición lleva una breve nota del propio Malaparte, a modo de sintética “historia de un manuscrito”, en la que se nos dice que empezó a escribir la novela en Ucrania  en el verano de 1941, siguiendo el avance de los alemanes por la Unión Soviética. Al año siguiente la continuó en Polonia y después en Finlandia, y la acabó en su casa de Capri en septiembre de 1943, pues ese mismo verano, estando todavía en Finlandia, al enterarse de la caída de Mussolini se vino a Italia, a Capri, a esperar a los americanos. En este libro cruel, como lo llama Malaparte, que habla de una Europa kaputt, de un montón de chatarra (él prefería, con todo, esa Europa que la del pasado, prefería una Europa en la que todo estaba por hacer, o rehacer, y no la anclada: “el archieuropeo”, así lo recordaba la Macciocchi en el recorte de papel, al que antes me refería), sale como uno de los protagonistas su amigo el diplomático de la España nacional, Agustín de Foxá. En la página 408 y ss. de esta edición de Galaxia Gutenberg hay una tragi-cómica escena en la que un demudado Foxá conserva los dedos de su mano tras convencer a un militar finlandés, de bravuconerías legionarias, de no jugar a una suerte de ruleta rusa pero digital con un afilado puukko, un puñal, que hay que clavar, rotundamente, en la mesa de madera entre dedo y dedo. En francés, un Foxá blanco como la nieve antártica rehúsa jugar por un problema, un pequeño defecto –se disculpa- que tiene entre los dedos, que le impiden abrirlos del todo. El finlandés, miles gloriosus, se burla: “vous êtes donc un palmipède”, y Foxá: “Un palmipède”… Ce n´est qu´un peu de peau entre les doigts”

En otro libro, Diario de un extranjero en París (Plaza&Janés, 1970), el reencuentro con los amigos en el París de la posguerra, algunos escritores franceses (no se llevó nunca muy bien con sus colegas de idioma: “nunca me perdonan –decía- que yo sea veinte centímetros más altos que la mayoría de los escritores italianos”), en una entrada de diciembre de 1948 comenta con humor y displicencia unas declaraciones del conde de Foxá al ABC en el que éste se atribuía a él todo lo que de gracioso había en Kaputt. Según Malaparte, él había hecho célebre a Foxá convirtiéndole en personaje de su novela, “en Kaputt –anota- he dicho siempre lo que es de Foxá cuando es él quien habla realmente” y pasa a contar, en ese texto, una historia también chusca sobre un grupo de prisioneros soviéticos, que son republicanos españoles. La anécdota es tan graciosa como otra que se cuenta, más adelante, en el mismo Diario de un extranjero en París, en un ambiente mundano para seguir regando la leyenda negra de la Carmen de Merimée, ese humor tan español –pontifican en el salón- en el que cuentan que cuando la guerra civil una pareja de guardias lleva a uno a fusilar –importa poco, aclara Malaparte, de qué bando sea- y van lejos y hace mucho frío y el pobre desgraciado apenas lleva una camisa y caminan los tres muertos de frío y el que va a ser fusilado no hace más que maldecir el frío que hace y los guardias se enfadan: “¿Y tú te quejas? Piensa en nosotros, que tenemos que volvernos…”


Vuelve a recordarle, en su final, César González-Ruano, en un artículo en Arriba, recogido en Obra periodística (1943-1965) (Fundación Mapfre, 2003): “Su vida ha sido una vida de prisa, una impaciencia desaforada y al final estéril por cosas que tal vez no merecían demasiado la pena. Entre balones de oxígeno, cuando la vida se le escapaba del pecho, ayer arrogante y ahora vencido, ¿llegó a pensar Malaparte en aquel “buenaparte” que fue perdiendo todo exactamente allí donde parecía que todo lo ganaba?” En fin, Malaparte.




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