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Los viajes

de Sara Gutiérrez

No hay destino malo

Decía mi abuela que la fe te la quitan los curas, opinión que comparto cada día con más devoción y para la que continuamente, sin buscarlos, hallo equivalentes. Por ejemplo: las ganas de viajar te las quitan los promotores de turismo. ¿O sólo me pasa a mí eso de pertrecharme de información oficial y oficiosa para emprender con entusiasmo una ruta perfectamente establecida por el organismo competente de turismo, y cuando voy por el punto cuarto de los recomendados ya me he hartado de hacer kilómetros por carreteras mal señalizadas para llegar a enclaves carentes de interés?


Y al decir enclaves carentes de interés me refiero tanto a miradores anunciados como únicos en el universo, desde los que tal vez alguien haya visto algo asombroso un día inusualmente despejado, pero desde los que tú no alcanzas más allá de una mata de arbustos difuminados por la niebla perenne, como a iglesias de indiscutible valor artístico cuya llave tiene no sé quién que no se sabe dónde está, es decir, que no puedes visitar.

Sería muy de agradecer que cada uno aceptara el entorno que le ha tocado promocionar y lo ofreciera en su justo valor: «tenemos unos paisajes excepcionales pero sólo lucen en todo su esplendor cuando brilla el sol, esto es, generalmente, un par de semanas allá por el mes de septiembre»; «diseminadas por la comarca, contamos con numerosas iglesias del siglo XII, pero están cerradas y sólo dos de ellas (en tal y cual lugar) se mantienen en pie sin remodelación alguna»; «en lo que a gastronomía se refiere, lo más típico es la carne de caza y el queso de leche fresca, pero debido a diferentes normativas es imposible degustar productos autóctonos en ningún establecimiento aunque algunos los anuncien en sus cartas, lo más recomendable de la zona es la carne de cerdo»... Pues vale. ¡Si todo es susceptible de aparecer como interesante al viajero! Pero que sea él quien decida en qué gasta los kilómetros de su camino.

Y digo todo esto sin querer meter el dedo en la llaga del despilfarro de dinero público (es decir, de todos y cada uno de nosotros), un patrimonio que estaría bastante mejor empleado en optimizar, por ejemplo, la sanidad y la educación de esos lugares plagados de señales vanas, tapizados de folletos vacuos y promocionados con fiestas absurdas cerca y lejos de la nada turística, donde una ambulancia tardaría horas en atender una urgencia y la gente apenas alcanza a expresarse con un mínimo de corrección.

Dicho lo cual, y dejándolo ahí como un deseo de felices viajes para este 2008 que acaba de empezar, hago punto y aparte para contaros mi última escapada.

Por un cúmulo de circunstancias que no vienen al caso, empecé el año en tierras gallegas, concretamente en el Balneario de Augas Santas; un enclave a todas luces ideal para disfrutar de unos días de absoluta tranquilidad y visitar la Ribeira Sacra. Para no caer en lo que yo misma acabo de criticar, remarcaré lo que a mi juicio resulta realmente interesante y haré una relación de lo que, no obstante, aseguran que hay en la zona.

HOTEL BALNEARIO AUGAS SANTAS


Augassantas.es

Construido, según consta en una de las placas que saludan al visitante, al menos en parte con dinero europeo, Augas Santas ofrece unas instalaciones extraordinarias (campo de golf con cancha de prácticas y 18 hoyos perfectamente integrados en el paisaje, sencillos pero no por ello carentes de interés, a un precio razonable —15 € los días laborables y 25 € los festivos—; y un amplio y relajante spa —dos plantas de circuitos de agua y saunas en una de las alas del hotel—, del que destacaría las camas de burbujas bitermales, la piscina exterior climatizada y las camas de calor seco; además de confortables salones y habitaciones) nefastamente gestionadas (la cafetería, fuera del limitadísimo horario de funcionamiento del restaurante, sólo despacha bocadillos fríos —algo que se hace especialmente intolerable cuando al hotel va ligado un campo de golf de más de 5 kilómetros de recorrido y se ubica aislado en un entorno en el que durante un montón de meses comer caliente es casi cuestión de salud—, por ejemplo; y en lugar de mantener la máquina de bolas de la cancha de prácticas bien surtida te piden que las cojas directamente de la cancha, otro detalle). Similar a un gran albergue subvencionado, necesita un toque de atención porque quien hasta allí se desplaza no busca un régimen de campamento sino unos días de descanso pleno trufado de golf y spa.

La mayoría de los directores de hotel se quejan de que la gente sólo se queda en su establecimiento para dormir, y que la mayoría se va sin incrementar la cuenta en un solo céntimo por encima de lo ajustado al hacer la reserva. En Augas Santas, la mayoría multiplicarían con gusto el importe de su cuenta a base de green fees, masajes, comidas, cenas, copas… pero nada invita a ello, más bien todo lo contrario. Si no rectifican, cuando ya no sean una novedad para los habitantes de la comarca tendrán dificultades para atraer a la que sería su clientela natural, porque esa clientela está acostumbrada a establecimientos más acogedores, que los hay. Un ejemplo: El Rompido Golf.

Nuestra primera salida, a comprar los periódicos, fue a la localidad más importante de cuantas teníamos cerca: Monforte de Lemos.

MONFORTE DE LEMOS

Es de esos lugares en los que realmente todo lo que reluce es oro, aunque sólo sea por la falta de atractivo de cuanto lo rodea. No es difícil pues localizar las piezas dignas de ser visitadas, si bien completar la visita no siempre sea fácil. Me explico.


En un alto destaca el Conjunto Monumental de San Vicente do Pino formado por la torre del homenaje, restos del antiguo castillo, y el otrora monasterio benedictino, hoy Parador Nacional. Como a cualquier Parador, la entrada es libre y gratuita. Sin embargo, a la torre sólo puede accederse en visita guiada dos veces al día (a las 11:00 y a las 16:00), eso de lunes a sábado, porque el domingo hay únicamente la visita de la mañana. Y, como nos insistieron amablemente en la Oficina de Turismo de la localidad, «son visitas puntuales. A veces la gente llega diez minutos tarde y se cabrea porque ya no estamos allí. Pues eso ocurre siempre, porque o bien ya estamos dentro con la visita que correspondía o bien nos fuimos porque a la hora indicada no había nadie esperando para entrar». Cosa que también ocurre en el Museo de Arte sacro del Monasterio de Las Clarisas (cuatro visitas por semana, tres los domingos) y en el Colegio de Nuestra Señora de Antigua, también conocido como los Escolapios (dos visitas de lunes a sábado y una los domingos).

Si la falta de tiempo obliga a decidirse por una sola, mi recomendación es clara: Los escolapios. Al lado hay un gran aparcamiento y allí mismo está la oficina de Turismo que es de visita obligada para enterarse de los horarios y comprar las entradas.


El de los Escolapios es el más antiguo de los colegios gallegos y no ha dejado de funcionar como tal desde principios del siglo XVII. Promovido por el Cardenal Rodrigo de Castro —monfortino de nacimiento— en 1593, fue regentado por los Jesuitas hasta que fueron expulsados de España. Si vuestro guía resulta ser el mismo que me tocó a mí (uno cortado por el patrón utilizado para Juan Manuel de Prada) contad con hora y media de halagos al Cardenal de Castro y toda su familia, reproches a la Casa de Alba (actuales patronos de la institución —desentendidos de sus obligaciones para con ella— como titulares del condado de Lemos que son) y a los responsables de Patrimonio (por el abandono constatable que sufren el edificio y las obras que alberga) y lecciones de historia y arte.


Resumiendo, además de la fachada, vale la pena pararse a contemplar la escalera de la entrada (cuatro tramos con un solo punto de apoyo); el claustro, sobre el que destacan la gran cúpula de media naranja y las dos torres que fueron en su día una gran innovación arquitectónica; el extraordinario retablo de nogal sin policromar que luce en el altar mayor del templo en el que reina la Virgen de la Antigua y del que fue arrancado el escudo de los franciscanos tras su salida de España; un Cristo tallado por un maestro italiano de renombre, rechazado por el rey que lo había encargado y aceptado como regalo por el Cardenal; y un par de lienzos, con las representaciones de San Lorenzo y San Francisco, firmados por El Greco.

RIBEIRA SACRA


Iglesias románicas, monasterios, pazos y enclaves de singular belleza son algunas de las maravillas que ofrece la Ribeira Sacra, esa que bordea los últimos tramos en solitario del río Miño y su afluente, el Sil. Al Miño bajan desde la altura terrazas pobladas de viñas, pequeñas casas, cabañas para aperos y bodegas que conforman una singular estampa. Del Sil ascienden paredes de granito que lo encañonan. Uno y otro pueden recorrerse en catamarán; el primero desde Belesar, el segundo desde Santo Estevo, poblaciones que cuentan con embalse y embarcadero. Una vez más, si el tiempo apremia, hay que tener en cuenta que bajar hasta Belesar por una carretera y subir por otra regala un espectacular paisaje labrado.

No sé si todos los caminos llevarán a Roma lo que sé es que muchos van, vienen, vuelven y se retuercen por la Ribeira Sacra con un orden y concierto sólo apto para iniciados. Los planos resultan únicamente orientativos, la intuición falla más que una escopeta de feria y los lugareños son escasos, así pues, paciencia, que llegar a donde uno quiere se llega, aunque haya que entrar y salir mil veces del mismo pueblo.


De los muchos monasterios que en la zona se levantaron, dos merecen especial visita. El de San Salvador de Ferreira, que brillara con el Císter en el siglo XII, continúa siendo el hogar de clausura de monjas Bernardas; su claustro, del siglo XV, sólo puede visitarse de 12 a 13 y de 16:30 a 18:00. Y el de Santo Estevo de Ribas de Sil, reconvertido en Parador. Un alojamiento apropiado para el senderismo y el descanso. El único restaurante que encontramos abierto en toda la ruta. Llegar no es fácil, y ha de hacerse por carretera privadas (propiedad de las centrales hidroeléctricas), pero vale la pena.

En cuanto a las iglesias románicas, que también parecen milagrosamente excesivas en número (por algo estamos en la Ribeira Sacra o, lo que es lo mismo, Ribera Sagrada), me permito destacar la de Cova por su localización y la de San Miguel de Eiré por su factura. Pero los amantes del arte no despreciarán piedra alguna de las colocadas y precisarán por ello de varios días para contemplar y disfrutar todo lo que el románico allí ha dejado.

No, no podía despedirme sin hablar de la comida. El pan, delicioso (lo sé de siempre, porque siempre se comió en mi casa); el pulpo con cachelos y grelos... para repetir hasta aborrecerlo (si ello se consigue).

 



Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez

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